El día en que un artista cayó del cielo en Rodeo del Medio
Es 1910 y Antonio cae. Cae desde lo alto, como si volara. ¿Cuánto hay hasta el suelo? ¿Diez metros, quince...? Quizás más. Cae y piensa que todavía no ha terminado de pintar.
¿Morirá ahora? Sería absurdo. Todavía tiene mucho por hacer. Acá mismo, en Rodeo del Medio, aún debe terminar de pintar el Santuario de María Auxiliadora. Pero también sabe, lo intuye al menos, que tendrá que hacer varios vitrales para el Café Tortoni, de Avenida de Mayo, y también debe completar algunos más para el Café Las Violetas, en la esquina de la Avenida Rivadavia y Medrano, también en la ciudad de Buenos Aires.
No puede morir ahora, aún tiene mucho por hacer. Además, es joven. Recién ha pasado los 40.
Es cierto que ha andado mucho, pero todavía le falta. De aquella Cataluña donde nació en 1873, de su Sabadell, los recuerdos ya están rodeados por una bruma. Allí, en el Museo de Arte de Sabadell, está el cuadro que considera su mejor obra. "Manifestación obrera" lo llamó cuando lo pintó, en 1907. Cree haber logrado mostrar lo que se vivía en las calles de España en 1873, en esa huelga revolucionaria, en la manifestación que logró retratar, presidida por la bandera tricolor de la República que ya casi nadie recuerda.
Cae. Recién el andamio donde estaba parado a ¿15 metros de altura? se descalzó y él comenzó a caer. Recién, ahora, en este instante. Cae, y toda la vida es un instante. Su vida, la suya, la de Antonio Estruch Bros.
Es cierto que todos alaban sus pinturas religiosas y sus vitrales, pero él prefiere Manifestación obrera.
Y ahora, en ese lugar en que todo retumba, cae. De esa construcción, de la que se encargó el padre Ernesto Vespignani, que era arquitecto. Dicen que los salesianos llegaron en 1898 y que una señora elegante del pueblo, Lucila Barrionuevo de Bombal, les dio los terrenos y bastantes fondos como para que levantaran la iglesia. Una joya de líneas arquitectónicas románicas-lombardas.
Ahí está el órgano donado por el general Rufino Ortega, importado de la casa Ibach de Alemania. Son 1214 tubos, 2 teclados, 28 registros, 5 combinaciones fijas y una libre. Tremendo.
Y está el reloj de cuatro caras donado por Domingo Bombal que, en coordinación con las seis campanas, tocan las horas y recuerdan al pueblo la presencia de María.
Pero Estruch cae. ¿Morirá en la caída, cuando golpee contra el suelo? Si es así, quizá este no sea un mal lugar para morir. Tal vez sea mejor que si hubiera muerto en Palestina. De allí regresó siendo una mezcla rara de republicano católico, que pocos entienden.
Y todavía no sabe, pero lo presiente, que su hijo seguirá sus pasos y su nieto también. Que los vitrales más vistosos del país serán hechos por algún Estruch. Que tendrán un taller en Solís al 200, a poca distancia del Congreso de la Nación y que se mantendrán así por años, por muchos años, hasta 2012. Que habrá vitrales suyos en la Casa Rosada, en el Teatro Colón, en bancos, en teatros, en hoteles, en los lugares más elegantes del país.
Cae. Fue bueno llegar a la Argentina en 1910. Fue excelente ser director de la escuela de Bellas Artes. Fue bueno estar aquí, en Rodeo del Medio, donde está cayendo desde 10 metros de altura, desde 15 metros.
Cae. Y, de pronto, ya no. No hay sangre, no hay muerte. Golpeó casi suave contra el suelo. Apenas un desmayo breve y luego nada más. Cayó sobre trapos que cubrían el suelo.
Ahora, justo en ese instante, ha hecho nacer una leyenda, un mito, un milagro. El relato dirá que Antonio Estruch Bros no murió ese día, cuando cayó accidentalmente desde tan alto. Dirán que la Virgen lo sujetó con su manto.
Un ayudante suyo, el mismo que concluirá con el trabajo en la iglesia, pintará un mural en la entrada a la sacristía, recordando la caída y la salvación.
Antonio Estruch morirá de viejo el 16 de septiembre de 1957 en Buenos Aires, dejando una descendencia de artistas.