"Todo se termina," dijo Marta Olivera. Fue como un resumen de lo que significaba para ella ese Año Nuevo, la última como jefa de guardia del hospital. La última de todas, antes de su jubilación.
Para mí la frase significaba otra cosa, pero no se lo dije. Había elegido estar ahí para no quedarme solo en casa. Mi mujer se había ido el día anterior. Juntó sus cosas, agarró a la nena y se fue. "No nos esperes, no volveremos," me dijo.
No quise pasar el Año Nuevo en casa. Por eso en la redacción le dije a mi jefe que la noche del 24 me iba a instalar en la guardia del hospital. Hacer esa crónica iba a ser más duradero que una borrachera.
"Todo se termina," repitió Marta Olivera.

El hospital era el único en esa ciudad. La guardia estaba en uno de los extremos del edificio. Sala de espera con bancos de madera contra las paredes; una puerta vaivén de doble hoja que daba a un pasillo con una mesa y cuatro sillas. Al fondo, dos consultorios con camillas, azulejos hasta el techo que reflejaban la luz amarillenta de los focos que colgaban sin pantallas, oxígeno, desfibriladores, monitores, instrumental.
Me acerqué a la mesa que estaba frente a los consultorios y miré la caja de cartón que había arriba. Tenía panes dulces, turrones, botellas de sidra y vino.
"Cada uno compra algo y lo pone acá. Después hacemos la apuesta: el que acierte la hora en que ingresa la primera emergencia," (señaló un reloj de pared justo sobre la mesa), "se lleva la caja," contó la doctora.
"Comemos temprano, como a las diez, porque después no paramos hasta la mañana. Tenés que probar el cordero asado que hace Armando," me dijo.
Todo olía a desinfectante, el lugar, la caja navideña y Marta Olivera. Era morena (“la Negra Olivera,” le decían), con lentes, delgada, canosa. Nunca había sido bella y seguiría sin serlo después de que cobrara la primera jubilación. Todo el mundo alguna vez había sido atendido por ella, en la guardia o en algún consultorio, pero nadie sabía mucho de su vida.
Sobre la mesa, justo debajo del reloj, habían pegado un papel, una lista escrita con fibrón negro, con los nombres de los que estaban esa noche en la guardia y la hora que presagiaban sería la de la primera emergencia.
Juan, el médico residente, había escrito 12:20. Omar, uno de los enfermeros, había arriesgado 12:13 y Esteban, el otro enfermero, 12:11. El camillero, Armando, el del cordero, había escrito 12:09. Olivera había anotado 12:06.
"¿Tan temprano?" le pregunté.
"A las doce enciende el petardo, le explota en la mano o le revienta un ojo. La familia lo sube al auto. No hay tráfico a esa hora. A las 12:06 tiene que estar acá."
No sonrió. No hizo ningún gesto. No bromeaba.
"Puede tardar un poquito más. Puede vivir más lejos, la familia puede atolondrarse y reaccionar más lento. Si no tiene auto, llaman al vecino. Esa es la hora, más o menos. ¿Con qué horario te anoto, nene?" me preguntó.
"12:07 es una buena hora, entonces," le contesté.

A las 22:15 llegó la ordenanza empujando un carrito de acero inoxidable. Las ruedas chirreaban. Traía el cordero asado, dos ensaladas y algunas botellas de jugo. Despejaron la mesa, la ordenanza puso sobre ella los platos de chapa y los cubiertos doblados que usaban los pacientes internados, y dejó el carrito con la comida.
Hablamos de cualquier cosa, pero la conversación se concentró en mí cuando se enteraron que era periodista de policiales. Como cualquiera, también a ellos se les despertó una curiosidad morbosa por conocer detalles de mi trabajo. Marta recordaba algunos homicidios. Ella había atendido a los moribundos y firmado los certificados de defunción. En medio de la conversación, en mi mente aparecían mi casa vacía, la bicicleta que le habíamos comprado a Lucía las fiestas pasadas.
A las 23:15 la ordenanza regresó para llevarse todo, a las 23:30 trajo café, a las 23:40 volvió con seis vasos y dos botellas de sidra, que Omar descorchó a las 23:45. Noté que se generaba cierto clima de tensión, pero la conversación aún parecía distendida, entre recuerdos y chanzas.
A las 23:58, cuando Omar estaba terminando de servir la sidra, se sintió un auto llegando acelerado al máximo y una frenada brusca. Las puertas del pasillo se abrieron con un golpe violento. Tres mujeres y dos hombres cargaban a un tipo que estaba desvanecido. Gritaban cosas, una mezcla de insultos, de órdenes y ruegos, como "¡rápido!", "¡apurate!" y "¡Dios mío!"
Alguien se llevó por delante la mesa y un vaso con sidra se estrelló en el suelo. En algún momento, no pude ver ese instante pero debió ser entre la frenada y la puesta del paciente sobre la camilla, Marta Olivera se había puesto unos guantes de látex.
"¿Qué pasó?" preguntó.
"¡El pollo, doña, el pollo!" respondió una mujer.
Un enfermero, o el camillero, sacó a la familia casi a los empujones, mientras la médica se trepaba a la camilla y presionaba el pecho del paciente y el residente le hurgaba en la boca y la garganta.
"No reacciona, no respira," dijo.
Marta Olivera desmontó, agarró un bisturí y le cortó la garganta de un solo tajo, debajo de la nuez. Hubo un borbotón de sangre, un quejido profundo, algo que salió de la garganta y cayó al suelo. Después el pecho se infló.
"Llévalo al quirófano y coselo, este se salvó," ordenó la doctora Olivera. Un enfermero y el camillero desaparecieron por un pasillo interno con el hombre, mientras el residente le presionaba el cuello para tratar de reducir la hemorragia.
Con sus manos enguantadas y ensangrentadas, Marta Olivera agarró dos vasos con sidra, me pasó uno y miró el reloj de pared.
"12:02. Alguna vez me tenía que equivocar. Vamos a tener que repartir la caja entre todos. Feliz Año Nuevo, nene."



