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HISTORIAS DE POR ACÁ

El mágico vórtice de la ciudad de General San Martín

Cada vez que hay tormenta, queda un hueco (¿despejado?) sobre la ciudad de San Martín. ¿Un vórtice mágico o apenas una falla del radar?

vórtice 1-historias de por acá

Primavera y verano son temporadas de tormentas en Mendoza. El cielo se tapiza de nubes densas, los rayos tantean la superficie de las fincas y los núcleos de granizo, detectados por el sistema de radares, se desplazan como enjambres. Es un paisaje que los mendocinos conocen de memoria: la amenaza, la alerta, la vigilancia.

En el mapa satelital, los radares —ubicados estratégicamente— dibujan la coreografía secreta de cada frente. Entre ellos, está el ubicado en pleno casco urbano de San Martín. Su sistema debería barrer el horizonte como si leyera un libro de vapor de agua.

Y, sin embargo, desde hace años, hay un detalle que no deja de inquietar a quienes observan con detenimiento: cada vez que se forma una tormenta, cuando el Este entero aparece cubierto de manchas rojas, amarillas y verdes, en el corazón de San Martín surge un hueco. Un círculo improbable, casi perfecto, supuestamente libre de nubes. Un claro donde la violencia eléctrica parece detenerse, como si el clima —o algo que se esconde detrás de él— suspendiera su propio pulso.

Con tres amigos, empezamos a llamar a ese hueco “el vórtice”. El nombre nació como una broma meteorológica, pero con el tiempo adquirió un espesor propio. Porque “vórtice” no sólo es torbellino o remolino: también es un punto de alta energía, un centro donde lo espiritual se condensa. Algunos creen que en esos lugares la energía universal fluye de manera más nítida, como si la Tierra respirara hondo y, al hacerlo, permitiera que algo secreto ascendiera. Lugares para la sanación, la meditación, el crecimiento interior.

No es difícil imaginar que el vórtice de San Martín —si es que existe— podría haberse abierto justo allí, entre acequias, calles y viñas sobrevivientes. Pero la idea, más que una hipótesis, es una invitación: la posibilidad de que ese hueco en los mapas sea un guiño, un llamado, un ojo que mira desde otro lado.

Quizás por eso, inevitablemente, terminamos evocando a Borges. No al Borges solemne, sino al que se obsesionaba con las simetrías secretas del mundo, con la idea de un punto capaz de contener todos los puntos. El Aleph. Ese objeto imposible que permite ver el universo entero sin desplazarse, sin parpadear, sin disminuirlo.

“Ahora vemos por espejo, oscuramente...”, escribió San Pablo. Videmus nunc per speculum in aenigmate. Conocemos por espejos, por reflejos, por especulación —palabra que, no sin ironía, comparte raíz con speculum. Sabemos a medias, intuimos el resto. Pero entonces, dice la frase bíblica, “veremos cara a cara”. Conoceremos como somos conocidos.

Esa sentencia, repetida por Borges en más de un texto, resuena extrañamente cuando se piensa en el vórtice. Porque, ¿qué es un claro absoluto en medio de la tormenta, sino una forma de mirada? ¿Y qué es un radar sino un espejo moderno, uno que nos devuelve lo que el cielo trama, aunque lo haga oscuramente?

vórtice 2-historias de por acá
 

Una tarde de enero, mientras afuera el aire denso anunciaba descargas inminentes, decidimos acercarnos al radar. Queríamos comprobar si en ese punto exacto —el centro geométrico del hueco— se percibía algo distinto. Comenzamos a caminar cuando las primeras gotas empezaban a caer. Pero apenas cruzamos el boulevard, el aguacero disminuyó. No se detuvo: simplemente pareció quedarse fuera, como si la lluvia dudara en avanzar.

No pasó nada sobrenatural. No hubo luces, ni zumbidos, ni revelaciones. Pero sí sentimos una extraña sensación de nitidez, como si el mundo alrededor se afilara. El aire, de repente, era más claro. Caminamos en silencio. Uno de mis amigos dijo que allí, justo en ese rectángulo urbano sin tormenta, tenía la impresión de que alguien —o algo— nos observaba, con la misma paciencia con que el radar observa las nubes.

No supimos qué responderle. De regreso a casa, revisamos nuevamente los mapas. El hueco seguía ahí, perfecto, intacto, como si la tormenta se desplegara alrededor de un centro secreto. Entonces pensé en Borges, en los espejos, en el Aleph, en la posibilidad de un punto donde la totalidad del cielo se recogiera. Y pensé también en la última frase del versículo: “conoceré como soy conocido”. No es una promesa de revelación, sino de reciprocidad. Tal vez eso es el vórtice.

Un lugar donde no se ve más, sino donde se es más visto. Un claro en la tormenta donde el mundo —o lo que lo excede— decide mirarnos cara a cara.

Otros, más escépticos, o más desilusionados, pueden decir que el radar simplemente no funciona, o lo hace de forma incorrecta. A veces es mejor no saber.
 

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