Un pescador mendocino, uno de tantos, escuchó atrás suyo que una voz le preguntaba:
─¿Hay pique?
El pescador giró la cabeza y lo vio. Estaba casi pegado a él. No lo había escuchado llegar. Era un hombre alto, quizás de un metro ochenta o más. Tenía puesta una especie de capa de lluvia con capucha. Estaba oscuro y era lo único que se veía de él. Ni siquiera se perfilaba rostro, pese a que estaba muy cerca.
Otros pescadores ya habían hecho el mismo relato: un desconocido, una silueta, que se acercaba y les preguntaba sobre su suerte en la pesca. La mayoría coincidía en que, al mirar al desconocido con detenimiento, descubrían que debajo de la capucha no había nada, que la capa no cubría nada visible, que flotaba. Ni rostro, ni cabeza allí, ni cuerpo. Nada.
Siempre la aparición insistía, dicen que aún insiste porque sigue vagando por ahí, en si había pique y luego hacía alguna recomendación sobre la utilización de alguna carnada.
─Ponga mojarrita ─, dice y después desaparece, se diluye.
La aparición es mencionada como la del “Pescador de El Carrizal”. No hay muchos detalles sobre ella, pero se sostiene que sería un alma en pena que todavía recorre las orillas del lago en donde murió ahogado alguna vez y, cada tanto, decide trabar un breve e impersonal diálogo con algún otro apasionado de la pesca.
Son muchos los que dicen haberlo visto y hablado con él. Lo describen siempre igual. Como un curioso espectro del que no se sabe procedencia, que no hace milagros ni ejecuta maldiciones. Solo está ahí, como parte del paisaje.
Dicen que es el espíritu de un pescador muerto en ese embalse, pero nadie da precisiones sobre su posible identidad. Es que (quizás) hay demasiados cadáveres en ese lago.

─Yo lo vi. Era el atardecer y ya había poca luz. Esa es mi hora preferida porque es cuando hay más pique─, dice Arturo, un maipucino de 54 años.
─Fue hace unos 3 años, un día de semana del mes de febrero. Había poca gente y yo estaba en la orilla, en la costa de Rivadavia ─, recuerda el hombre, que es herrero.
─Escuché que alguien me preguntaba por el pique. Entonces giré la cabeza hacia la izquierda y lo vi, casi al lado mío. Casi me muero del susto, no tanto porque me haya causado miedo sino por la sorpresa. Le contesté que venía más o menos y me dijo que probara con otra carnada. Entonces yo sentí un pique y empecé a recoger y cuando volví a girar la cabeza este tipo o lo que haya sido ya no estaba más ─, sostiene Arturo.
Así son todos los relatos, con mínimas diferencias. Una figura con una capa negra de lluvia, con capucha, en la que no se alcanza a ver el rostro.
Como en todos estos relatos sobrenaturales, por lo general quien cuenta la experiencia no es quien la vivió. Casi siempre es un amigo, el primo, un cuñado, el sobrino o un entenado. Pero el relator defiende la veracidad de la experiencia como si en ello le fuera su propia honra. “¡Te lo juro!”, dicen casi siempre.
Luis “el Chino” Gomes (con S) es uno de esos relatores de experiencias ajenas, con la virtud de que es un muchacho de mucha fe, que cree fervientemente en todo este tipo de fenómenos y es medio curandero… o algo así.
El Chino me relató media docena de apariciones de este pescador fantasma. Lo hizo con tanto detalle y pasión que sería una injusticia desconfiarle.
El Chino es de esos tipos que “cortan” una tormenta con cuchillo y sal de mesa. Yo lo he visto hacerlo. ¡Que tanto lucha antigranizo, radares, aviones, Contingencias Climáticas y mapas satelitales! ¡El Chino Gomes, con S, te corta una tormenta machaza haciendo una crucecita en el suelo con un salero de mesa!
Yo lo vi una noche que estábamos haciendo unas costillitas arqueadas, a las que les faltaban como 40 minutos de cocción cuando se nos quiso venir una tormenta de viento, lluvia y piedra. Ahí nomás el Chino pidió un salero e hizo la cruz junto a la churrasquera. ¡Y listo, se terminó el problema!
Entonces… ¿por qué le voy a desconfiar al Chino cuando cuenta del fantasma de El Carrizal, eh? Capaz que él no haya visto al pescador ese, pero seguro que cuenta algo que es cierto o, en todo caso, que merece serlo.



