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Historias de por acá

Los días después del fuego

Ocurrió hace tiempo atrás, pero el paisaje se repite cada tanto acá, en Mendoza, pero podría ser también en cualquier sitio.

Paisaje luego del fuego

Arde la tierra. Por el sol, por el fuego. Arena y cenizas. Los pies se entierran en las cuevas de los peludos y los quirquinchos, que se han enterrado aún más adentro para escaparse del fuego.
─ ¿Habrán sobrevivido esos bichos?
─ Sí, seguro que sí. Son duros ─, dice.

Los jotes se paran de a diez, de a veinte en el cuerpo de la vaca hinchada, dura como si fuera de plástico duro, deforme por el calor. Es difícil saber cuánto ganado ha muerto en este campo arrasado. Quizás sean más de cincuenta. La mayoría murieron en los esquineros, donde se juntan los alambrados. Quedaron ahí, atropelladas una contra otra mientras el fuego les pasaba por arriba. Algunas estaban preñadas.

Paisaje luego del fuego
Paisaje luego del fuego, los jotes parte de la tragedia 

Los algarrobos, los alpatacos y las jarillas están ahí, negros pero en pie, como un recuerdo. Los pastizales ya no existen, pero reverdecerán después de las primeras lluvias.
─ Si cae una buena lluvia recupera rápido ─, dice el hombre, peón de campo, que ha perdido su nombre en el arenal. Todos son médanos. Ahora, sin nada que los cubra, se los ve claramente. Estaban consolidados por la vegetación autóctona pero, apenas esta desapareció, queda al descubierto el terreno arenoso. Los vientos erosionarán ahora el suelo pelado, pero los lugareños dicen que una lluvia urgente puede hacer brotar pastura fresca.

Las liebres, los pumas, algunos jabalíes y las perdices consiguieron escapar. Quizás no todos, pero la mayoría. Esa migración forzada afectará los campos cercanos en donde el fuego no llegó.
─ Ya hay muchos pumas, desde que están protegidos, y los crianceros ya teníamos problemas. Ahora eso se va a agravar en los campos cercanos ─, dice.

Quirquincho
Quirquincho

Los quirquinchos y los peludos no se fueron, pero se enterraron más adentro en sus cuevas y esperarán ahí un par de noches hasta que el rocío enfríe la tierra. Pasarán hambre seguramente porque no ha quedado nada para comer. Con un poco suerte, sobrevivirán.

El fuego empezó en la zona de El Rambloncito, en el campo de los Vignolo, unos 80 kilómetros al sur de la villa, y después quemó La Esquina, La Porteña, parte de La Celada...

Los puesteros se negaron a abandonar sus casas. Con palas y la poca reserva de agua, lograron salvarlas y ahora parecen islas entre los médanos de cenizas.

Antes, unos cuantos años antes, esta gente vivía más o menos bien, con poco menos de 1.000 cabezas. Pero cada vez fueron teniendo menos ganado y cada vez hay menos viviendo por acá. Ahora cada uno no tiene más de 200 cabezas y solo las sostienen como parte de una tradición.

Algunos consiguieron arrear el ganado antes que llegara el fuego. Otros no. Los jotes vuelan en círculo. Primero uno, después otro, después todos. No mueven las alas ni un poco. Se dejan llevar por el aire caliente y lo manejan a su antojo.

Algo hay ahí. Algo hay, muerto. Algo grande. Los jotes no se molestan por pequeñeces. Esas se las dejan a los chimangos. Ellos eligen solo lo grande, una vaca, un chivo, un perro, un hombre. Giran y giran. Algunos bajan, después los demás.

Los jotes son los únicos que ahora están disfrutando el desastre. Se parean de a diez, de a veinte sobre las vacas hinchadas y negras, como de plástico negro, y las desarman a picotazos. Se pelean entre ellos, por más que les sobre carroña.

Están desde el amanecer y estarán hasta que caiga el sol. O hasta que se termine.

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