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Cartas a un Pasado Dorado

Reyes y Recuerdos: De Enrique a Enriquito, una crónica de infancia y magia

Acompáñame a través de un viaje nostálgico, entre juguetes modestos y bicicletas azules, donde las historias se entrelazan con los recuerdos de una infancia llena de vecinos, frutas de higuera y los misteriosos regalos de Reyes. Descubrí cómo estos recuerdos perduran y se transforman en lecciones de vida a lo largo de los años.

Crónica de la niñez - Enrique Pfaab

¿Te acordás? Seguro que te acordás, Enriquito. Papá Noel dejaba los regalos en el living, donde papá armaba el arbolito. Eran buenos regalos, ¿te acordás? No eran exactamente los que habíamos pedido, pero se parecían. A los reyes, en cambio, le poníamos los zapatos en el lavadero, junto a la pileta que estaba siempre llena de cachivaches, junto a las herramientas de papá y los tarros de pintura vieja, las latas con clavos oxidados y esas cosas que se amontonaban ahí. Ellos nos dejaban algún autito de plástico, un puñado de bolitas, cosas así. Era como si Papá Noel tuviera mucho más plata que ellos. Los reyes eran modestos, medio pobres, te diría. Lo mejor que tenían eran sus camellos, que siempre se comían todo el pasto y se tomaban toda el agua que les dejábamos. Eso era lo mejor.

Ya pasó mucho tiempo, Enriquito, pero todavía me acuerdo esa vez que los reyes nos trajeron una bici, ¿te acordás? Un día apareció con una bicicleta azul. Era una rodado 20, usada. A nosotros nos pareció que la habíamos visto en la bicicletería de don Borda, que estaba cruzando la avenida. Don Borda era el papá de Libertad, ¿te acordás? Nunca conocí a otra chica con ese nombre. A veces íbamos a jugar con ella a su casa. En el patio tenían una higuera generosa que se cargada de frutos. Libertad era un par de años mayor que nosotros. Jugábamos ahí y también en la calle del fondo, por la que casi no pasaban autos. Como ocurría en cualquier barrio, todos los que transitábamos la infancia y que vivíamos en un radio de dos cuadras, jugábamos juntos. En ese grupo, aunque un poco mayor que nosotros, también estaba Cecilia, la hija de Don Aldo, el médico. Y Alejandra, y Robertito, y Raquelita.

Era fines de los 60, comienzos de los 70. Estaba Onganía y después Lanusse. Algunos grupos de jóvenes pasaban, cada tanto y con paso rápido, con pancartas y bombos cantando la marcha peronista y pintando algún paredón con letras negras: ¡Perón Vuelve!. Me acuerdo que don Robles, sentado por la tarde en el umbral de su casa, los miraba medio torcido o, al menos, eso nos parecía. Y me acuerdo que papá trataba de contestar nuestros interrogatorios sobre el motivo de esos cantos, de esos bombos y de ese regreso.

¿Sabés una cosa, Enriquito? Encontré a Libertad después de muchísimos años. Ella y su familia se habían ido una tarde no se ha dónde, allá por el 71. Se fue ella, su padre, su madre y su bicicletería. Cuando nos reencontramos Libertad me contó algo. Me dijo: "¿Sabés? No sé si lo recordás, pero yo aprendí a andar en bicicleta en la tuya, en esa que te regalaron los reyes. En casa de herrero…", me dijo. Yo no lo recordaba, no sé vos.

Papá nos llamaba Heini, no Enriquito. La abuela era la única que nos decía Enriquito, pero papá no y los vecinos y nuestros amigos y amigas nos decían "Jaini", con jota, una jota muy fuerte que les raspaba la garganta. Después, con los años, pasé a ser Enrique nomás, pero vos te quedaste ahí, siendo Enriquito, siendo Heini, siendo el Jaini con jota de los vecinos.

Hoy me acordé de vos porque es Reyes. Siempre me acuerdo de vos los 6 de enero. Creo que alguna vez nos vamos a volver a encontrar. Creo que vos vas a tener esa misma cara, mezcla de risa y expectativa, y yo esta de ahora, que tiene marcas de algunas historias. Cuando eso ocurra tendré que decirte algunas cosas. Que no te angusties. Que estarás bien. Que sufrirás algunas veces pero que lo superarás. Que también serás feliz y que la mayoría del tiempo conservarás la esperanza. Que serás buen padre o por lo menos que ese será tu primer objetivo en la vida una vez que lo seas. Que nada se olvida, ni lo bueno ni lo malo, pero que las cargas se acomodan y ya no pesan. Que tu madre fue una buena mujer y tu padre fue un buen hombre. Que te amarán por el camino. Que amarás profundamente y te sentirás intensamente vivo. Que una parte tuya siempre tendrá esa misma cara, mezcla de risa y expectativa. Que todo se perdona. Que siempre se puede volver a empezar. Que nada se pierde.

Creo que nos vamos a encontrar un día de estos. Será un buen día ese. Un buen día. Como este día de Reyes, Enriquito, cuando te recuerdo.

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