Hay un tanque roto en la terraza. Uno de fibrocemento, de esos que decían que provocaban cáncer o alguna peste mortal de ese tipo.
Debe haber sido de ochocientos o mil litros y seguro fue el tanque original de esta construcción de dos plantas. Ahora hay uno de plástico, prolijo, bien tapado, higiénico, impersonal.
El tanque roto está ahí desde hace mucho tiempo y nadie se anima a bajarlo. Ni yo ni nadie. De día el sol pega muy fuerte y quema el lomo, y de noche es muy de noche y no se ve un cuerno.
Hay que bajar dos pisos por escalera para sacar esos pedazos absurdos y filosos y dejarlos junto al cordón, para que el camión recolector se los lleve. Entonces, sin voluntarios ni sacrificados, el tanque permanece ahí, haciendo mugre.
Pero no es una mugre cualquiera. Es una mugre trágica. Una antena vieja e inútil, un tendedero destrozado o los cachivaches en desuso de cualquiera que hubiera vivido aquí, no producirían semejante imagen de desolación. Un tanque roto es la imagen del absurdo, de lo que fue y ya no será jamás, de lo que ya no sirve para nada. Del espanto.
Imagino que con el agua que contuvo se deben haber bañado muchachas bellas, hombres prósperos, niños revoltosos...
Las señoras habrán cocinado riquísimas comidas con esa agua. Las adolescentes se habrán lavado meticulosamente sus meticulosidades, para ir a ver a sus novios ansiosos y para nada meticulosos.
Ahora el tanque roto es inútil. Ha muerto definitivamente y solo es un montón de escombros molestos. Nada queda de él. No hay vestigios de su honroso pasado, de su noble tarea. Está rotundamente roto. Una verdadera porquería.
Un día de estos, una noche de estas mejor, tomaré coraje. Dedicaré la madrugada a bajar el tanque roto a la vereda. Alguien protestará a la mañana siguiente por esa mugre en la vereda. Alguien se preguntará “¿de dónde salió esto?”. Yo no podré contestar, porque estaré durmiendo por el cansancio del cortejo. Quizás me sienta bien. Quizás solo me sienta estúpidamente cansado. Pero, después de todo, alguien tenía que hacerlo.
Ahora, por fin, podré dormir en paz. Ya no habrá nada inútil, nada roto, nada destrozado arriba de mí.



