Historias de por acá

Un cuento sobre la amistad en Mendoza

¿Por qué dos personas se hacen amigas? ¿Cómo se eligen? ¿Qué los une? No hay respuestas, quizá. Esta es una historia de amistad, una de tantas, nacida y criada en Mendoza.


"Lo brutal siempre es la muerte. Ahora y hace años y dentro de unos años: lo brutal siempre es la muerte." — Roberto Bolaño.

Estos hubieran sido recuerdos sin importancia, una historia común, cotidiana, sin condimentos demasiado interesantes que justificaran mantenerla fresca. Pero por lo que ha sucedido cada detalle se transforma ahora en importante. Me sirve para entender las cosas. O para tratar de entenderlas.

Debo retroceder unos 15 o 16 años para comenzar a contar. Volver a ese tiempo en donde Leopoldo Hualpa, a quien conocí cuando éramos jóvenes, ya andaba por los 35. Tenía dos pasiones: el rock y la literatura. A la primera la alimentó tocando la batería cada tanto en algún grupo, en bares casi clandestinos. Lo fui a ver una vez. Se defendía. No era fantástico pero se las arreglaba. Se lo veía absorto, concentrado, aislado de todo, solo metido en el ritmo.

Un día me contó que tocaba también en su departamento de la Cuarta, pero que lo hacía solo las nochebuenas y los años nuevos,
porque en esas noches, decía, “hay muchos petardos y el ruido de tachos no molestan a los vecinos”. A la segunda pasión, además de alimentar una interesante biblioteca, la convirtió en oficio, inventándose periodista gráfico. “Lo único que sé hacer bien es escribir. Durante dos semanas fui mozo pero me despidieron porque me olvidaba los pedidos”, contaba. Taciturno en apariencia, tenía un sentido del humor ácido y espontáneo.  Desgarbado y casi siempre vestido con tonos oscuros, parecía un personaje de película de los años cuarenta.

En ese tiempo yo me había hecho cargo del suplemento cultural del mismo diario donde trabajaba Hualpa. Ya había escrito dos novelas, estaba escribiendo la tercera además de un libro de cuentos y daba algunos talleres literarios. Teníamos una buena relación que se parecía mucho a la amistad, especialmente cuando hablábamos de literatura. Los viernes, cuando yo estaba cerrando el suplemento semanal y él pulía alguna de sus notas de domingo, almorzábamos juntos en alguna pizzería.

Manteníamos conversaciones intensas, casi siempre relacionadas con libros y escritura. Hualpa, que ya tenía una firma con cierto prestigio, había publicado dos libros de crónicas y estaba procesando por esos días una novela de no ficción. Pero decía que yo era “un escritor de verdad” y que él era solo “un aspirante”. No le discutía eso porque, después de todo, cada quien carga con sus propios fantasmas. Que Hualpa se sintiera escritor era solo una cuestión de que aceptara lo evidente y era un proceso que debía hacer solo.

Quizás un día de julio, estoy seguro que fue en invierno, Ricardo Rolón apareció en nuestras vidas. Era un buscavidas que venía del sur. Había pasado por todos los trabajos callejeros, desde canillita a vendedor de chucherías, y tampoco se había negado a actividades un poco más convencionales. 

Tenía una formación casi autodidacta: una curiosidad lectora que lo salvaba de la ignorancia y el aislamiento. Gracias a eso, y a una
biblioteca un tanto caótica y no muy selectiva, había conseguido cierta estabilidad laboral en el periodismo y lo ejercía con algunos giros literarios. Llegó a la ciudad en busca de algo que no sabía bien qué era. Había leído una de mis novelas y me contactó a través de un conocido en común. Buscaba trabajo.

Era bastante parco y tenía modos campesinos, tanto en su forma de hablar como en su manera de vestir. Decía que su única posibilidad de conseguir algún puesto era que lo leyeran y me dio una carpeta con algunas de sus notas. Cuando las leí pensé en Hualpa instantáneamente. Encontré estilos diferentes pero intereses comunes y los imaginé trabajando en la misma redacción o, al menos, en la misma ciudad, publicando historias que solo ellos podrían ver o que, vaya a saber por qué, solo a ellos les interesaba contar.

De todos los puntos en común que tenían, había uno especialmente claro y evidente: los unía una intensa melancolía, cierta tendencia a la tragedia. Las historias que más les interesaban tenían indefectiblemente algún vínculo con la muerte o con el fracaso, que es más o menos lo mismo. Se sumergían en ellas y después las tejían con las agujas de la obsesión.

Les hablé a cada uno del otro y les pasé sus teléfonos. Se encontraron en un bar de San Martín y Rivadavia, un lugar demasiado limpio y ordenado para ellos y que fue solo escenario de ese primer encuentro justamente por eso: no encajaban allí. Se podría decir que se husmearon como los perros y confirmaron que se correspondían. La amistad, esa que perdura, se cultiva en la infancia y la juventud, cuando las experiencias se comparten. Después, solo se comparten las anécdotas. Que perduren y se profundicen las amistades que nacen en la adultez es casi un milagro. Lo de Hualpa y Rolón fue eso.

Después de ese primer encuentro y con naturalidad, comenzaron a cruzarse en cualquier parte y contarse las historias que cada uno
había descubierto. Hualpa trabajaba en uno de los dos diarios más importantes de la ciudad y Rolón consiguió trabajo en el otro, gracias a recomendaciones de Hualpa y mía. Los periódicos competían y ellos fingían competir. Sin haberlo acordado explícitamente, establecieron un juego: se alababan en privado y se criticaban en público como para alimentar el mito. Esa competencia era una farsa, al punto que solían advertirse sobre alguna historia que le podía interesar al otro. “Esta es justo para que la cuentes vos”, se decían.

Algunas veces llegaron a fantasear con contar la misma historia y analizar las diferencias en los relatos, solo para divertirse. Casi siempre elegían publicar sus mejores historias en las ediciones de los domingos. Ese día, cada quien por su lado, compraban los dos
diarios, cotejaban sus notas y después se mandaban mensajes o se llamaban para comentarlas, para lanzarse ironías pero, sobre todo, para felicitarse por aciertos y recomendarse otras visiones y giros para las notas del domingo siguiente. Muchas veces he creído que Hualpa solo escribía para Rolón y Rolón solo escribía para Hualpa.

Un domingo, por ejemplo, la nota de Leopoldo Hualpa comenzaba: A la entrevista con este diario, Goncálvez se presentó con un pulóver grueso, ideal para el frío que reinaba. Tenía además unos joggings azules, sueltos, y zapatillas deportivas. No medía más de 1,65 pero tenía la espalda grande y brazos gruesos como para “fetear fiambres durante doce horas o más, como hacía en mi trabajo”, tal cual él lo indicaba. Su rostro moreno no infundía el temor del preso peligroso. “No es de hablar mucho”, apuntaba su abogado. Y hablaba mirando a los ojos, sin vergüenza ni arrepentimiento. Disparó un arma de fuego dos veces en la vida: una de ellas para matar al amante de su esposa.

El mismo domingo, la nota de Rolón en el otro diario decía: “Los carteros ya no entregan cartas. Apenas reparten facturas y otras ingratitudes. Para colmo, ya no tienen bigotes ni visten de gris, ni calzan honorables gorras con visera, ni tampoco llevan cruzadas sobre sus hombros esas gordísimas alforjas de cuero. Ya no recuerdan quién vive en cada casa, quién espera con impaciencia ni quien se ha muerto o se mudó. Para colmo, las estampillas han desaparecido. Fueron remplazadas impúdicamente por impersonales adhesivos con códigos de barra que suplantan las imágenes de gestas heroicas, de héroes y de paisajes. Ya nada es igual”.

Después de las lecturas dominicales y de los mensajes personales, el juego seguía en las redes. Hualpa posteaba un mensaje para Rolón, diciéndole sobre su nota: “¡Qué manera de robar! ¡Y yo que creía que había inventado esto!”. Rolón replicaba después, en el mismo tono. Por privado, se reían. Era, creo, una aspirina que compartían para sobrellevar las tardes aciagas de los domingos, cuando ninguno de los dos trabajaba, no buscaban historias, no escribían y no sabían qué hacer con sus vidas.

Con el tiempo también compartieron otras cosas. Comidas, alcohol, alguna fiesta. Se prologaban mutuamente los libros que editaban y que reunían sus notas más lúcidas, ya que Rolón había adoptado también esa costumbre que el otro ya tenía. Se apadrinaron en éxitos y derrotas. Hualpa fue padrino de casamiento de Rolón y, al poco tiempo, cuando se separó, fue quien le prestó una heladera, tres cubiertos, dos platos y una olla. “Cuidame la heladerita. Se llama Verónica Castro, porque es mexicana y petisita”, le encargó.

La misma noche que le prestó la heladera le regaló un librito, el más chiquito de Paul Auster: La historia de mi máquina de escribir, con pinturas de Sam Messer. Era un libro usado que Leopoldo Hualpa sacó de su propia biblioteca (como un presagio) y escribió una
dedicatoria. Fue la única vez que dedicó un libro que él no había escrito: “Así como ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón, regalar un broli regalado merece la misma condena... o absolución”.

Rolón lo abrió en cualquier página y leyó: “Hasta entonces, no había tenido especial apego a mi máquina de escribir. No era más que una herramienta que me permitía hacer mi trabajo, pero ahora se había convertido en una especie en peligro de extinción, uno de los últimos artefactos que quedaban del homo scriptorus del siglo XX, empecé a sentir cierto afecto por ella”.

Esa noche Hualpa y Rolón se emborracharon. 

Hasta dónde sé, no eran de esos amigos que se ven constantemente, no. Solo tenían en común la pasión por las historias a contar y esa melancolía desgarbada y silenciosa. Entonces, aún sin verse, siempre
estaban en contacto de alguna manera, incluso escuchando lo que los demás comentaban sobre las historias que contaba el otro.

Tenían una única rutina: cada vez que Rolón iba a la ciudad (no había podido adaptarse a la ciudad y se había radicado en una finca lejana) llamaba a Hualpa y se encontraban en algún café para divagar sobre las historias que cada uno estaba tratando de desentrañar y las que habían contado últimamente.  Uno de los escasos días que destinaban a hablar de ellos mismos en vez de sus historias, Leopondo Hualpa le dijo a Ricardo Rolón que no se había sentido bien, que tenía algunos dolores extraños pero que todavía no había consultado a un médico. “Vamos, entonces”, dijo Rolón.

Durante la enfermedad, la relación entre los tres se profundizó, con encuentros mucho más frecuentes. “Si me muero, llévense cada uno la mitad de mi biblioteca”, nos encargó una tarde que nos encontramos los tres en su departamento.

 

Una mañana, una de invierno, quizás una de julio, Leopoldo Hualpa murió. Rolón me llamó para avisarme.  Cuando llegué, estaba en la puerta del edificio, fumando, mirando al piso.
─ ¿Qué hacemos? ─, le pregunté.
─ Qué se yo. Ahora no sé... no sé ─, dijo, casi en un murmullo.

Le pedí un pucho, a pesar de que hacía mucho que no fumaba, y nos quedamos ahí un rato, pitando, tal vez esperando a que llegara
alguien que nos dijera algo, que nos explicara algo. Pero no llegó nadie. Entonces dije, y me dije, en voz firme, como para darnos coraje: “Vamos”, y encaré. Toqué el portero del 2º J.
─ Hualpa no te va a atender ─ me dijo Rolón.
─ Pelotudo ─ le dije, mientras me reía y lo odiaba o sentía que odiaba.
Sin que se hubiera escuchando ninguna voz, alguien activó desde el departamento la apertura de la puerta.
─Uno no gana para sorpresas ─, dijo Rolón.
─Pelotudo ─ repetí, ahora con más odio, pensando en lo que pasaba arriba.
Por un instante quise creer que todo era una broma. “¡Estos tarados…!”, pensé, o quise pensar. Le propuse ir por la escalera. Él me dijo que ni en pedo y apretó el botón del ascensor. Nunca tardó tanto en llegar un ascensor. Nunca tardó tanto en subir dos pisos. La puerta del “2 J” estaba entreabierta. Media mujer nos miraba desde ahí, mientras bajábamos del ascensor. “Soy la encargada del edificio”, nos dijo mientras nos dejaba pasar. Había unas ocho o diez personas adentro. Nos quedamos quietos, sorprendidos. No esperábamos encontrar a nadie, o a casi nadie.

 

Nunca nos habíamos cruzado con alguien en ese departamento descuidado, con el desorden clásico de los hombres solos. Hicimos un saludo impersonal, inclinando las cabezas, y nos refugiamos por costumbre en la cocina, casi pegados uno contra otro como si
fuéramos niños asustados. La cocina estaba como siempre. La mesa con un par de tazas sucias, las cajas con remedios (alcancé a ver uno que se llamaba Metacalmans, comprimidos) la silla del escritorio, la preferida de Hualpa, que siempre lucía desubicada en ese lugar. La gata estaba echada en la silla, se levantó y se nos empezó a refregar contra las piernas, primero a mí y después a Rolón.
─La gata ─ dijo Rolón, que todavía tenía el pucho entre los dedos y lo apagó en una de las tazas.
─¿Qué tiene la gata? ─, le pregunté.
─Nada, eso, ¿qué va a pasar con la gata? ─ Yo me encogí de hombros. Hualpa la había encontrado un día en la
calle, muerta de hambre. Nunca había tenido mascotas y no pensaba tenerlas. Solo la levantó instintivamente, sin pensar, sintiendo que debía hacerlo. Cuqui, así la bautizó, resultó ser una gata caótica, destrozona, pero Hualpa leyó sobre gatas y analizó estrategias. Hasta le compró una cama de gatos costosísima para que Cuqui fuera un felino civilizadamente doméstico. La gata nunca usó la cama de gatos, pero se adaptó a la vida de su dueño.

Una mujer entró en la cocina. Era la hermana de Hualpa. Lo sabía porque me la había cruzado un par de veces en los últimos meses en el departamento. Nos saludó con un beso.
─¿Quieren verlo? ─, preguntó. El tiempo se había transformado en algo pastoso, lento. Nos miramos entre nosotros hasta que alguno, no sé si fue Rolón o yo, creo que fui yo, dijo que si con la cabeza. Fuimos con movimientos torpes tras la mujer, chocándonos, como marionetas de un mal titiritero.

Hualpa estaba tendido en su cama, como durmiendo. Tenía un gesto calmo, con la boca ligeramente entreabierta. Recordé que algunos compañeros de la redacción que habían viajado con él algunas veces a hacer notas decían que roncaba mucho cuando dormía. Bien podría estar dormido también ahora, aunque en silencio. Ojalá roncara, pensé. 

Recordé también que una vez Hualpa había escrito algo sobre su colchón, quizás el mismo donde estaba tendido ahora. Cuando lo compró, escribió que le había dejado el nylon puesto y que una chica, una novia antigua, se había acostado allí con él. “Entonces me di cuenta de por qué no le había sacado el plástico a mi colchón. De haberlo hecho, una las lágrimas que derramó esa novia devuelta del pasado, lo hubiera humedecido”.

Me di cuenta que no sabíamos nada de sus amores. Ni nombres ni nada. Siempre había sido muy reservado con eso. Hasta era posible que alguna viuda o algo parecido estuviera llorando ahora mismo en el baño del departamento y nosotros, que nos habíamos creído sus amigos más cercanos, pasaríamos por insensibles por no darle el pésame. Ni a ella ni a ninguno de los que estaban allí con los ojos enrojecidos. Todos eran unos perfectos desconocidos.

Hasta la noche anterior, la última, Hualpa había estado leyendo. En su mesa de luz había quedado Frankenstein, novela que por algún motivo había decidido leer o releer. Algo buscaba ahí, seguro. Siempre leía buscando. Recordé que la ene del medio es mi problema. Cada vez que escribo Frankenstein me salteo la ene del medio. Como si no existiera. La primera y la tercera las tengo claras, presentes, pero la del medio me la olvido. Quizás sea porque en el medio, muy en el centro, muy metida adentro, está toda la monstruosidad.

Nos quedamos un rato hombro contra hombro, mirándolo. Después Rolón se sentó en la cama como si cuidara a un convaleciente y se puso a hojear el libro. Leía, miraba a Hualpa y volvía a leer. En un momento la situación me terminó resultando absurda, le dije vamos, me di media vuelta y salí de la pieza. Rolón me siguió y volvimos a la cocina.
─¡Cómo se va a morir ahora este pelotudo! ─ dijo Rolón. Fue lo único que dijo.

Yo me acordé de algo que escribió alguna vez Julio Ramón Ribeyro. Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual solo él tiene la llave e, ido el amigo, la gaveta queda para siempre cerrada. Alejarse de los amigos es así clausurar parte de nuestro ser.

Después vinieron lo de la cochería. Pidieron entrar a la habitación y quedarse solos. Al rato salió uno y dijo que necesitaban ayuda para bajar el cajón por las escaleras. Ayudemos, le dije a Rolón. Los arquitectos o los ingenieros o quien sea que diseñan los edificios
de departamentos no piensan en eso, en que la gente se muere y que algunos se mueren en sus camas, en los baños, en alguna parte de esos sitios que habitaron. Los ascensores son demasiado chicos y las escaleras demasiado angostas como para bajar féretros y los muertos con su peso muerto, son siempre muy pesados.

Adelante y abajo, iban los de la cochería. Las manijas del medio las agarraban otros dos hombres que no sabíamos quiénes eran, pero posiblemente hayan sido los verdaderos mejores amigos. Rolón y yo cargábamos a Hualpa desde las manijas de atrás. La escalera bajaba haciendo una curva entre los pisos. Yo iba contra la pared, Rolón contra la baranda.
─¡Se nos va a ir al carajo! ─, dijo.
─¡Agarralo con las dos manos, tarado! ─, le respondí.
─No puedo, la otra la tengo ocupada ─.
Entonces vi que llevaba algo. A Frankenstein llevaba. No dije nada.
Seguimos bajando. Cuarenta y cinco escalones bajamos. Los conté. La hermana de Hualpa había bajado detrás nuestro. Esperamos a que la combi de la cochería se fuera, nos despedimos de la mujer y salimos a buscar un café. Sin un tema de conversación que no fuera Hualpa, nos quedamos en silencio con el libro sobre la mesa.

Dos días después me llamó la hermana y me dijo que iban a esparcir las cenizas en la cancha del club del que Hualpa era fanático. Fuimos. Había unas 20 personas, casi todos hombres, casi todos de más de 50 o de 60. Eran de la hinchada, amigos de Leopoldo. Todos desconocidos para nosotros. Hablaban de las cosas que habían compartido con Hualpa, de las hazañas en esa cancha, de los viajes que habían hecho siguiendo al equipo, de los triunfos históricos en la Bombonera y en el Monumental. Rolón y yo, otra vez pegados hombro contra hombro, los mirábamos como si todo fuera la despedida de un hombre al que no conocíamos. “¿Te das cuenta?”, dijo en un momento Rolón. “Este guacho nos tenía engañados”.

Una semana más tarde Rolón y yo nos llevamos las dos mitades de su biblioteca. La hermana de Hualpa nos esperó en el departamento y, más callados que la última vez, bajamos los libros por las escaleras. No sé por qué elegimos las escaleras. 

Unos días después, una mañana, me llamó y me dijo: “Venite al bar”. Pensé en poner alguna excusa, alguna que retrasara el encuentro un tiempo. Después de todo la amistad, a diferencia de otros sentimientos, se mantiene intacta con la ausencia. Pero no se me ocurrió ninguna excusa que fuera creíble para nosotros tres y fui.

 

Lo encontré sentado en una de las mesas, frente a una taza de café frío, con la novela de Mary Shelley abierta y los ojos rojos. “Mirá lo que encontré”, me dijo. En el capítulo XI había un párrafo subrayado con tinta azul, con trazo tembloroso. Un párrafo en el que habla
Frankenstein, quizás esta vez sin la ene del medio.

Era ya oscuro cuando desperté. Sentí también frío y temor, aunque fuese instintivo, al verme tan solo. Antes de abandonar tu
departamento, y como tuviera una sensación de frío, me había cubierto con algunas ropas, pero estas no eran suficientes para defenderme del rocío nocturno. Era un pobre desgraciado indefenso. Todo lo ignoraba y nada podía distinguir, pero sintiéndome atacado por el dolor, me senté a llorar - Mary Shelley