La colonización moderna ha sido practicada sobre todo por Gran Bretaña, la que desde el comienzo de los descubrimientos geográficos hasta la primera guerra mundial ha dominado política y económicamente a gran parte del mundo, no sin hallar algunas veces tenaces islotes de resistencia, que no logró siempre reducir completamente, como ha ocurrido con nuestras Islas Malvinas.
En el entender inglés, la superioridad de su cultura era tan evidente como la de su técnica, estimando no tener nada que aprender ni siquiera de países dotados de civilizaciones más antiguas que la suya y de sorprendente riqueza, como la India y la China, pensando siempre tener más que dar que recibir, a no ser bienes exóticos.
La aventura colonial británica comenzó tímidamente a fines del siglo XV, bajo los reinados de Enrique VIII y de Isabel I, siendo sus promotores aventureros de todas clases, incluidos los famosos piratas, haciéndose metódica a partir de comienzos del siglo XVII, con iniciativa privada pero sostenida y dirigida por el gobierno. En 1600 se fundó la famosa Compañía de las Indias Orientales, que desempeñó un papel capital hasta 1858, cuando fue suprimida por la reina Victoria.
Fueron creados por Inglaterra dos sectores de expansión, en la parte septentrional de América y en la India. Ni la independencia de las 13 colonias americanas que venían a formar los Estados Unidos, ni el desarrollo de una corriente hostil a los principios de la colonización, detuvieron un avance que se había hecho irresistible gracias al dinamismo británico y al dominio de los mares que había conquistado.

Gracias a su gran imperio colonial pudo la Gran Bretaña resistir victoriosamente al emperador Napoleón (y a las dos guerras mundiales del siglo XX). Se produjo un movimiento de expansión en el siglo XIX por el notable desarrollo industrial y el poderoso avance demográfico de las islas británicas, las que se atribuyeron la policía de los mares para hacer respetar los reglamentos internacionales, lo que les daba ocasión de frecuentes intervenciones en Latinoamérica, África y Asia.
Hay que reconocer que hacia mediados del siglo XIX, el pragmatismo británico supo dar prueba, pero sólo en los territorios más desarrollados de su imperio, de inteligente flexibilidad que permitió, generalmente sin demasiados choques, terminar con la colonización, lo que por cierto no ha ocurrido con nuestras Islas Malvinas.
A quienes muy livianamente afirman que esas nuestras Islas son territorio británico, les solicitamos se informen debidamente de los títulos argentinos, para lo cual sugerimos los “Estudios Malvinenses”, que en 2018 publicara don Enrique Díaz Araujo.
Y a los argentinos de bien, cualquiera sea su ascendencia familiar, les recordamos lo que dijera a sus compatriotas el General Charles De Gaulle el 18 de junio de 1940, con la Francia vencida militarmente, rendida formalmente, con su territorio dividido en dos y ocupado por el enemigo: “¡Se ha perdido una batalla! ¡Pero no la guerra! Gobernantes de ocasión han podido capitular, cediendo al pánico, olvidando el honor, entregando el país a la servidumbre. Sin embargo, ¡nada está perdido!”.

¡Las Malvinas son Argentinas! Y con el nicaragûence Félix Rubén García Sarmiento (sic), conocido como Rubén Darío, frente a la agresión colectiva anglo-norteamericana y de sus secuaces, decimos:
“Tened cuidado.
¡Vive la América española!
¡Hay mil cachorros sueltos del león español!”
La de las Malvinas fue, sin duda, la batalla aeronaval más importante de la era moderna. La Royal Navy, dispuso de todo su potencial contra un enemigo que no pudo/supo emplear su flota en mar abierto y cuando lo hizo por el aire, puso en graves aprietos a la toda poderosa flota británica. Algunos sistemas defensivos demostraron su poca efectividad, por ejemplo, los misiles radiocontrolados Sea Cat.
Tras finalizar el conflicto la Royal Navy potenció en todas sus unidades de escolta el armamento antiaéreo suplementario y se deshizo de aquellos buques que no cumplieron eficazmente su cometido destacando, sobre todo, la serie completa de fragatas tipo 21 o clase Amazon.
También quedó demostrada la importancia que tiene disponer de un grupo aeronaval y, como en toda batalla importante, el asalto anfibio volvió a ser resolutivo. Sólo la mala suerte y los muchos errores político/estratégico declinaron la balanza hacia el lado británico, como dijo Napoleón Bonaparte: “La guerra es un conjunto de errores por ambas partes que gana aquel que comete menos”.
Errores políticos, diplomáticos, estratégicos y tácticos coadyuvaron a nuestra derrota. ¿Pudo ser una victoria? Tal vez. Pero no lo fue. Las batallas se ganan o se pierden, no se merecen. Mas cierto es que sólo se ha perdido una batalla, y que sólo habrá auténtica paz cuando sean reconocidos nuestros derechos sobre Malvinas, siendo aquélla “fruto de la justicia”.

No podemos dejar de hacer referencia a la primera de las “Disposiciones transitorias” de la Constitución reformada en 1994, a tenor de la cual “La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional ...”, la que nos merece las siguientes observaciones: a) su inclusión como disposición transitoria debe interpretarse como que tendrá vigencia hasta que se obtenga el “objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino” de recuperar ese ámbito usurpado por la Gran Bretaña; y b) si, como dijera S. S. Pio XII, “'Soberanía', en el verdadero sentido de la palabra, significa ... exclusiva competencia en relación a las cosas y al espacio, según la sustancia y la forma de la actividad, si bien dentro del ámbito del derecho internacional, pero no en la dependencia del ordenamiento jurídico propio de cualquier otro Estado”, este es “el ejercicio pleno de la soberanía” que en forma ininterrumpida venimos reclamando y que debemos continuar haciendo, ahora también por mandato constitucional, en base a los antecedentes históricos, políticos y jurídicos que nos asisten, abonados por la sangre argentina derramada en el conflicto bélico de 1982.
Insistimos: en Malvinas se ha perdido sólo una batalla, mas ello no significa que nos dejemos dominar por el “derrotismo” que quieren imponernos, porque de esta suerte se le torna fácil al imperialismo que venció en Malvinas, resultándole muy fácil -se ha dicho- convencer a los decadentes para que toleren, ignoren o hasta aprueben las exacciones económicas a que estamos sujetos, con lo que se cae en la ruindad, y los pueblos sucumben no por débiles sino por ruines.
No olvidemos que los romanos hacían pasar los pueblos vencidos debajo de las “horcas caudinas” -o lanzas puestas en pabellón donde había que agacharse mucho para atravesarlas- y, después, se iban tranquilos: los que se habían humillado en adelante se cuidarían solos, sin necesidad de ejércitos de ocupación ...}
Autor: Jorge H. Sarmiento García. Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales. Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Cuyo. Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba. Presidente Fundador de la Asociación Iberoamericana de Estudios de Regulación. Coautor de la Ley de Procedimiento Administrativo y su reforma y del Código Procesal Administrativo de Mendoza. Director Honorario del Instituto de Estudios de Derecho Administrativo (IEDA). Miembro del Instituto de Derecho Administrativo de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires. Miembro Honorario del Instituto de Derecho Administrativo del Foro de Abogados de San Juan. Profesor en cursos de doctorado y de postgrado en universidades argentinas y extranjeras. Autor y coautor de numerosos libros y artículos sobre temas de Teo¬ría del Estado, Derecho Constitucional, Derecho Administrativo y Historia, publicados en revistas especializadas de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, México y España. Ex Magistrado federal y provincial.





