El Gobierno nacional avanza con una reforma de segunda generación del Sistema de Inteligencia Nacional, un rediseño integral que busca “ordenar funciones, eliminar superposiciones y fortalecer los mecanismos de control”, pero que al mismo tiempo introduce una mayor centralización en la conducción del sistema, bajo el paraguas del Decreto 614/24.
Según información oficial, la iniciativa contempla cambios sustanciales en la Ley 25.520, con el objetivo de “mejorar la coordinación entre los subsistemas criminal, militar y financiero, y reposicionar a la inteligencia estratégica como una herramienta clave del Estado en un contexto de amenazas cada vez más complejas.”
En paralelo, propusieron la conformación de una Comunidad Informativa, integrada por organismos que no producen inteligencia pero aportan datos relevantes. Todo el flujo informativo quedará registrado mediante un sistema automatizado, una medida que apunta a reducir la discrecionalidad, aunque su efectividad dependerá del grado real de auditoría externa y acceso a los mecanismos de control.
Otro aspecto relevante de la reforma es la diferenciación entre ciberinteligencia y ciberseguridad. Esta última quedará bajo un nuevo Centro Nacional de Ciberseguridad, dependiente de la Jefatura de Gabinete, mientras que la ciberinteligencia continuará orientada a la producción de conocimiento estratégico, en un contexto donde los límites entre ambas funciones suelen ser difusos.
La iniciativa redefine además el rol de la Agencia de Seguridad Nacional, que pasará a concentrarse exclusivamente en tareas de contrainteligencia, desvinculándose del resto de las funciones. El Gobierno subraya que este cambio busca evitar superposiciones con las fuerzas de seguridad, aunque críticos advierten que la concentración de tareas sensibles exige controles más robustos.
En el plano normativo, se explicita que la contrainteligencia tendrá un “enfoque preventivo frente a amenazas como espionaje, sabotaje o injerencia extranjera, y que no será utilizada para vigilancia política interna”, una aclaración que intenta despejar cuestionamientos históricos sobre el uso del sistema de inteligencia.
La reforma también elimina la Dirección Nacional de Inteligencia Estratégica Militar (DNIEM), dependiente del Ministerio de Defensa, al considerar que duplicaba funciones con el Estado Mayor Conjunto, que desde ahora concentrará la inteligencia militar estratégica, en una apuesta por simplificar estructuras.

El nuevo esquema habilita, además, que el sistema de inteligencia solicite apoyo técnico y logístico de las Fuerzas Armadas y de las fuerzas de seguridad, sin modificar formalmente sus competencias, aunque el alcance práctico de esta colaboración será observado con atención.
En materia de control interno, la División de Asuntos Internos será transformada en Inspectoría General de Inteligencia, con mayores atribuciones para auditorías, investigaciones internas y control legal, presupuestario y de eficiencia, uno de los puntos más destacados por el oficialismo.
Finalmente, la decisión de que los titulares de los órganos desconcentrados sean designados directamente por el Secretario de Inteligencia refuerza la centralización de la conducción, un aspecto que, si bien busca ordenar el sistema, también genera interrogantes sobre el nivel de autonomía y contrapesos institucionales.
Desde el Gobierno aseguran que la reforma implica un recorte real de competencias de la SIDE, que dejará de intervenir en inteligencia interior y en la protección de infraestructura digital, además de un achicamiento estructural de la Agencia de Seguridad Nacional. Sin embargo, el debate político sigue abierto y la implementación concreta será clave para evaluar si los cambios se traducen en mayor transparencia y control efectivo, o si consolidan un esquema con mayor concentración de poder.


