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HISTORIAS DE POR ACÁ

7 de junio, día de los periodistas, esos ignorantes profesionales

Cada uno ve el mundo desde su ombligo. Yo veo esta profesión absurda desde el mío e intento entenderla.

07 DE JUNIO - Día del Periodista

El periodista es un ignorante profesional y es indispensable que tenga al menos estas dos virtudes: reconocer su ignorancia y saber a quién o a dónde acudir para disimularla.

Esa aceptación de la ignorancia me asusta, pero también me enfoca. Soy eso. Soy un montón de dudas y nada más.

Pero también, en este oficio, debo reconocer que tengo un perfil específico. Es como el ADN, un gen, un mandato, un karma.

Porque hay muchos que son periodistas, pero solo algunos son periodistas de policiales.

Al menos era así antes, en esta generación que va desapareciendo. El de policiales después podía trabajar en otra área: en política, en sociedad, en cultura, pero seguiría siendo esencialmente un periodista de policiales, uno de esos tipos que no recuerda los sitios por sus paisajes, sino por los lugares en donde se cometieron los crímenes.

Uno puede renegar de ese destino o aceptarlo, pero es un destino inevitable. Soy uno de esos, a veces a mi pesar, a veces con un orgullo oscuro y morboso.

Tengo algún amigo con el que compartimos esto. Nuestras charlas inevitablemente terminan siempre ahí, en el mismo punto, recordando muertes, antecedentes, condenas, de vez en cuando absoluciones que nunca serán las nuestras.

Rara pasión esta. Pero es pasión, algo que también va desapareciendo. Y soy también un tipo que escribe.

Podría ser uno que pinta, que toca la guitarra, que esculpe, que baila, que hace de otro en un escenario... pero no, soy uno que escribe. Podría ser también remisero, vendedor de seguros, vigilante, levantador de quiniela, taquillero en una kermese... pero no, soy uno que escribe. Y, más allá de que me gane la vida con un teclado vendiendo mis dedos al absurdo oficio de periodista, soy uno que escribe por otra cosa.

Escribo porque se me acomodan las ideas escribiendo. Porque soy tímido y callado. Porque me cuesta hablar diciendo lo que pienso. Porque escribiendo se me ordena la cabeza, pero también las tripas. Porque siento que soy uno y mejor cuando escribo.

No sé qué haría con mi alma si no escribiera. Andaría por ahí, entre el desborde y la angustia, sin lógica ni destino.

Y seguiré escribiendo, mientras vea y la cabeza funcione. Quizás un día, uno último, escriba lo que siempre quise, lo que me complete.

Después, solo escribiré recordando ese momento.

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