Mendoza siempre fue una fábrica silenciosa de artistas queribles, de esos que se instalan para siempre en la memoria y en el oído. Entre ellos aparece Carlos Romairone: humorista, artista plástico, imitador y, sobre todo, esa especie de animalito de radio que hoy casi no se consigue. Cada vez que su voz irrumpe en el aire mendocino, algo se acomoda: la risa llega mezclada con barrio, con historias de gente común y con personajes que ya sentimos como propios.
El camino de Carlos empieza en la casa de sus abuelos. Allí, el pibe que vivía corriendo detrás de sus amigos terminó con un apodo que le calzó justo: “Rey de los Pajaritos”. Los chicos del barrio lo buscaban con un silbido particular, y su abuela, al oírlo, decía que eran pajaritos llamándolo. Como todos venían por él, estaba cantado: el rey era Carlos. Desde entonces, su vida quedó atravesada por ese gesto simple y hermoso: alguien lo llama, él aparece... y la risa, inevitablemente, se pone en marcha.

El humor, en el caso de Carlos, no fue un oficio aprendido: viene de familia. Su abuelo, Andrés Díaz, era el clásico invitado que nunca podía faltar en un asado ni en una serenata. Bastaba que alguien le pidiera un cuento para que empezara a hilar anécdotas largas, llenas de color, con ese tono bien campero, muy “a lo Landriscina”, que hacía reír hasta al más serio.
En una punta de la mesa, el joven Carlos lo escuchaba embobado, guardando en silencio esos recursos, esos giros, esos remates. Sin saberlo, se estaba formando. Años después, él mismo reconoce: “mi gracia viene de mi abuelo”. Y la historia no se corta ahí: hoy esa veta humorística sigue viva en su hija menor, María Amelie.

A los 16 años, la música fue la primera puerta. Fue DJ en bailes del barrio, en fiestas, en casamientos donde, entre tema y tema, le empezaban a pedir algo más: “las solicitudes de aplausos para novios, padrinos...”. El micrófono se volvió compañero y, sin darse cuenta, el gracioso de las reuniones empezaba a tomar forma de humorista profesional.
El gran salto llegó en 1985, en la vieja Radio Nihuil. Entró como operador volante, pero el destino le tenía reservado otro lugar. De la mano de Jorge Sosa, ese gigante generoso, Romairone dio el paso definitivo al humor. La radio encontró una voz distinta y la audiencia empezó a adoptar a ese tipo que parecía poder prestarle timbre, tono y alma a cualquiera.

Con los años fueron naciendo sus criaturas: el diputado Salvador Versetti, Carlos González Koco, Don Serafín, Pol Naran, el Reverendo HDP, Fortunato y tantos otros. Una galería entrañable que recorrió el dial mendocino y se quedó a vivir ahí.
Carlos los define con una ternura que desarma: “son todos como hijitos”. Algunos personajes salieron “de una”, otros le costaron más, pero a todos los quiere igual. Y entre ellos destaca a Coco, ese “animalito de radio” que se adapta a todo, el que muestra —exagerado y adorable— a esos tipos que, gracias a la radio, parecen poder con todo.
Hoy, después de décadas, Carlos mira para atrás y sabe que la radio le cumplió el sueño. Dejó las consolas, se paró del otro lado del vidrio y eligió el camino más frágil y noble: vivir de hacer reír.
Se jubiló de Nihuil, pero la historia no terminó ahí. Un llamado de Marcelo Ortiz lo llevó a seguir el viaje en Zafiro, y él lo dice con una sinceridad que emociona: “siento que ahora, más que nunca, estoy haciendo radio de verdad, de esa que sale de las fibras íntimas”.

Carlitos está convencido de algo que, en estos tiempos de pantallas, suena casi a declaración de principios: “la radio no va a morir nunca, jamás”. Para él, la radio es “una manera maravillosa, mágica, de transmitir, acompañar, escuchar a la gente”. Ese ida y vuelta con el oyente, esa imaginación compartida, es el territorio donde su humor se mueve como en casa.

Y cuando habla de lo que significa el humor en su vida, la imagen es perfecta: “El humor es como un botecito que me va llevando en este océano que es la vida de radio”. A través de una sonrisa o de un comentario picante, se anima a tocar temas delicados, sin caer en lo burdo ni en lo ofensivo. Porque para él el humor no es un arma; es una llave que abre puertas que de otro modo se quedarían cerradas.
En este Día del Humorista, mientras el mundo corre detrás de algoritmos y tendencias, Carlos Romairone sigue sentado frente a un micrófono, defendiendo una forma de hacer reír que viene del barrio, de la familia, de la calle y del corazón. Es, sí, un humorista radial en extinción, de esos que hacen compañía, que no necesitan estridencias ni golpes bajos, que prefieren un buen silencio antes que un chiste fácil.

Por eso, hoy, más que un homenaje, este texto es un gracias. Gracias al Rey de los Pajaritos que convirtió silbidos de barrio en carcajadas al aire. Gracias al animalito de radio que sigue remando en su botecito de humor contra la marea de la indiferencia.
Y gracias al hombre que, mientras todo cambia, se aferra a una certeza simple y hermosa: mientras haya radio y alguien del otro lado, siempre habrá lugar para una risa más.



