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ANTIGUOS POBLADORES

Conoce el arte rupestre que hay en el sur de Mendoza

Se trata de figuras situadas en el sitio arqueológico Corcovo 2. Además, se estudió su presencia en relación a prácticas territoriales de antiguos pueblos que habitaron la zona.

arte rupestre

Un equipo de investigación, compuesto por especialistas del CONICET, la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), realizó una caracterización detallada del arte rupestre del sitio arqueológico Corcovo 2, ubicado en el extremo sur de la provincia de Mendoza

El área, de más de 32.000 metros cuadrados de superficie, destaca por la presencia de un conjunto de bloques grabados con motivos cefalomorfos-mascariformes, es decir, representaciones de rostros humanos o máscaras, que podrían tener una antigüedad de hasta 2500 años.

“En arqueología, llamamos “arte rupestre” al conjunto de imágenes hechas sobre superficies de roca, como cuevas y paredones, y llamamos “motivos” a cada una de las formas que componen el conjunto. Los diseños de los motivos generalmente se repiten más de una vez, sea en un mismo sitio arqueológico o en distintos”, explica Agustín Acevedo, investigador del CONICET en el Instituto de Evolución, Ecología Histórica y Ambiente (IDEVEA, CONICET-UTN).

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Se trata de figuras situadas en el sitio arqueológico Corcovo 2.

Según el científico, los motivos cefalomorfos-mascariformes son representaciones geométricas muy esquemáticas, posiblemente de rostros humanos y/o de máscaras, imposibles de distinguir uno de otro, debido a la falta de acceso al código visual completo de las personas que produjeron las imágenes.

El Corcovo 2 posee una importante producción de arte rupestre asociada a sitios cercanos excavados previamente, como el Corcovo 1, lo que permite establecer posibles vínculos entre las imágenes grabadas y las actividades que se realizaron alrededor de ellas. Contiene 71 bloques rocosos con 169 motivos. 

Entre los más frecuentes están los “rostros y máscaras”, y distintas variedades de figuras curvilíneas: simples, con apéndices, rellenas y conectadas, entre otras. Además, existen diferentes variedades de líneas curvas y rectas, pisadas de aves, figuras humanas y representaciones de animales, muy esquemáticas, líneas quebradas en ángulos ortogonales, zigzags y “clepsidras” (triángulos opuestos por el vértice).

“Algo que nos resultó llamativo del arte rupestre de la zona es que se utilizaron pocas superficies de los bloques rocosos para realizar los grabados. En promedio, de cada bloque intervenido solamente se aprovechó una superficie. Cuando evaluamos las causas posibles detrás de este patrón, notamos que la mayoría de las superficies utilizadas para emplazar el arte se orientan hacia el noroeste y oeste, en dirección al sitio Corcovo 1, donde se asentaban los campamentos, y también en dirección a rasgos topográficos sobresalientes en el paisaje, como cerros y volcanes. 

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Las pinturas podrían haber estado vinculados a comportamientos territoriales.

Esta predilección por utilizar superficies orientadas hacia direcciones específicas indica que las imágenes fueron pensadas para ser vistas por las personas asentadas en Corcovo 1, si es que el arte rupestre fue contemporáneo con las ocupaciones de este sitio, o bien para que estuvieran vinculadas con los volcanes y cerros, que pueden haber funcionado como referencias de orientación espacial o cardinal, y también como referencias a significados valiosos para la cosmovisión de los creadores del arte”, detalla el científico.

“Cuando hablamos de territorialidad en arqueología es importante destacar que esto no remite al concepto actual de territorio ni de propiedad que tenemos en Occidente, ya que se trata de otras sociedades, con otras economías y formas de vida. Así, el concepto de territorio refiere a la tierra y a los recursos disponibles en ella, mientras que el concepto de territorialidad refiere a conexiones entre un grupo humano, la tierra que habita, los recursos que utiliza para desarrollar su modo de vida y las acciones, concepciones y emociones que ese grupo desarrolló sobre dicho territorio como las ideas de ancestralidad, identidad y soberanía del grupo. De esta manera, el arte rupestre, en algunas ocasiones, puede enmarcarse dentro de las acciones o prácticas de territorialidad llevadas adelante por un grupo para controlar las formas de uso y acceso a un espacio determinado, sin que ello implique que haya existido un dominio absoluto sobre ese territorio o una competencia con grupos vecinos”, comenta el investigador.

De acuerdo con lo analizado, el equipo entiende que los motivos cefalomorfos-mascariformes de Corcovo 2 podrían haber estado vinculados a comportamientos territoriales. En primer lugar, porque se encuentran ubicados sobre una vertiente de agua, fundamental para sostener la vida. En segundo lugar, porque los motivos están realizados siguiendo elecciones y procedimientos que favorecen su visibilidad desde el espacio donde se asentaban los campamentos (Corcovo 1) y su realización con técnicas de grabado, resistentes al paso del tiempo. En tercer lugar, por el valor simbólico que se infiere puede tener la morfología de las figuras: los rostros humanos podrían haber remitido a la “presencia” de personas vivas o ancestros y/o a un proceso de “humanización” de las rocas, y por último, porque la orientación de los motivos hacia cerros y volcanes, podría responder a una intención de relacionarse con esos lugares potencialmente importantes para la cosmovisión de la sociedad productora, marcando vínculos territoriales con otros espacios más allá del sitio.

“Los resultados de nuestras investigaciones nos permiten afirmar que los motivos cefalomorfos-mascariformes tienen un epicentro de producción en el sur de Mendoza y que ello explica la elevada frecuencia con que aparecen estos motivos en la región (18 sitios). Además, forman parte de un fenómeno que se concentró fundamentalmente en el oeste y sur de la región y que se habría generado hace dos mil años atrás, aproximadamente, y que estuvo activo desde ese momento en adelante no se sabe hasta cuándo. Esta fecha de inicio coincide con un periodo de grandes cambios económicos y sociales en el sur de Mendoza que incluyen crecimiento de la población, ocupación estable de la región, reducción de la movilidad, entre otros, y que generaron procesos de reacomodamiento de distintos grupos propiciando el surgimiento de mecanismos de organización espacial como la territorialidad”, concluye Acevedo.

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