Crónicas de una Mendoza futura, episodio 5: Ella
La vi por primera vez en el Archivo de Estabilidad, instalado donde alguna vez funcionó el antiguo Palacio de Justicia de Mendoza. Durante semanas solo había sido una presencia al otro lado de los estantes móviles. Una mujer silenciosa que ordenaba cajas grises y clasificaba registros deteriorados por la humedad de las viejas acequias que todavía cruzan el subsuelo. Nunca levantaba demasiado la vista. Nunca hablaba más de lo necesario.
Eso era normal. Las conversaciones extensas no sirven para nada. Sin embargo, empecé a reconocerla por pequeños detalles: la manera en que acomodaba las hojas antes de guardarlas; la costumbre de detenerse un segundo antes de apagar la terminal; la forma en que apoyaba los dedos sobre las tapas de las cajas, como si estuviera escuchando algo debajo del cartón.
Una tarde coincidimos frente al depósito 3. Ella llevaba un paquete de documentos y yo estaba revisando una planilla de ingreso.
—Te equivocaste de sector, le dije.
Ella miró el número de la caja. Después sonrió apenas. No era una sonrisa incorrecta, como las que había visto en algunos desviados o en personas recién salidas del Área de Corrección. Era otra cosa. Una expresión mínima. Humana.
—Sí —contestó—. Últimamente me pasa seguido.
No supe qué responder. La observé alejarse por el pasillo hasta perderse detrás de los archivos metálicos.
Esa noche pensé en ella. No de manera improductiva. Eso me repetí. Pero pensé. Y eso ya era bastante extraño.
Durante los días siguientes empecé a buscarla sin admitirlo. Sabía a qué hora llegaba. Sabía qué recorrido hacía entre los depósitos. Sabía cuánto demoraba en revisar los inventarios físicos.
Cuando escuchaba sus pasos en el pasillo levantaba la cabeza antes de darme cuenta. Eso me inquietó.
Las relaciones que afectan la estabilidad emocional
Las relaciones personales excesivas afectan la estabilidad emocional. Lo repiten constantemente los sistemas de difusión. Las vinculaciones profundas generan ansiedad, dependencia y conductas irracionales. Por eso las uniones reproductivas son breves y reguladas. Por eso los niños se forman en módulos colectivos. Por eso nadie dice "te extrañé".
Una mañana ella se sentó frente a mí durante la pausa alimentaria. Nadie suele elegir compañía pudiendo comer solo. Apoyó el envase sobre la mesa y comenzó a comer en silencio. Pensé que quizás esperaba que yo me retirara. Pero no. Se quedó allí.
Por la ventana alta apenas se veía la copa de uno de los plátanos de la Alameda, doblándose bajo el Zonda.
Entonces ocurrió algo raro.
Escuchamos juntos el sistema de difusión oral.
—Los vínculos moderados favorecen la productividad social.
Ella levantó la vista y dijo:
—¿Moderados respecto de qué?
Sentí un golpe seco en el pecho. Miré alrededor enseguida. Nadie parecía haberla oído.
—No deberías preguntar eso —murmuré.
Ella siguió comiendo.
—Ya sé.
Después agregó:
—Pero igual lo pensé.
Durante varios segundos ninguno habló.
Yo sabía perfectamente lo que correspondía hacer. Informar conductas de desorientación temprana es obligación ciudadana. Sin embargo, no hice nada.
Eso fue el comienzo.
A partir de entonces empezamos a coincidir más seguido. Al principio hablábamos de trabajo. De planillas. De humedad en los depósitos. De errores de archivo.
Después las conversaciones cambiaron.
Ella me preguntó si alguna vez había escuchado un silencio completo. Le dije que sí. No sé por qué se lo dije. Nunca se lo había contado a nadie.
Ella dejó de caminar.
—Yo también —dijo.
Seguimos avanzando por el pasillo sin mirarnos.
—¿Dónde? —pregunté.
—En el Área de Corrección.
Sentí frío.
La observé recién entonces. Era imposible saber cuántos años tenía realmente. El tratamiento de normalización emocional volvía parecidas a las personas. Pero en ese momento parecía cansada. Muy cansada.
—¿Estuviste allí? —pregunté.
Ella asintió.
—Hace mucho.
Esperé que dijera algo más.
No lo hizo.
Durante los días siguientes empecé a notar cambios en mí. La esperaba. Descubrí que la esperaba. Y eso era lo peor. Esperar a alguien implica imaginar el futuro. Y el futuro es una forma peligrosa del deseo.
Una tarde encontré sobre mi escritorio una hoja arrancada de un registro viejo. No tenía firma. Solo una frase escrita a mano:
"Hay personas que todavía miran el lago aunque no necesiten hacerlo."
Sentí que me faltaba el aire. Recordé inmediatamente la fotografía del rectángulo de diez por quince que todavía seguía escondida en mi espacio de descanso.
La noche que no durmió
No destruí la nota. La guardé. Esa noche casi no dormí. Imaginé a la mujer de la fotografía. Imaginé el lago. Imaginé a ella escribiendo esa frase antes de dejarla sobre mi mesa.
Y comprendí algo aterrador. Ya no pensaba solamente en mí. Empezaba a pensar en nosotros. La palabra apareció sola.
Nosotros.
Nunca nos enseñaron a usarla. El sistema prefiere palabras limpias y exactas:
Ciudadano.
Grupo.
Unidad.
Población.
Nosotros era distinto. Tenía algo desordenado. Algo abierto. Algo que no terminaba en uno mismo.
Al día siguiente no vino a trabajar. Pensé que quizás estaba enferma. Después pensé que tal vez la habían trasladado.
A media mañana aparecieron dos agentes de la Dirección de Orden Público recorriendo los pasillos del Archivo. Hablaban poco. Observaban mucho.
Uno de ellos se detuvo frente a mí.
—¿Conocía a la ciudadana 44128?
Tardé demasiado en responder.
—Sí.
—¿Mantenía conversaciones frecuentes con ella?
Sentí el corazón golpeando igual que aquellos dedos sobre la mesa.
Tac. Tac tac.
—Solo laborales —contesté.
El agente sostuvo mi mirada algunos segundos. Después anotó algo en su dispositivo. Y se alejó.
El misterioso sobre gris
No volví a verla. Pero esa noche, al regresar a mi espacio de descanso, encontré algo debajo de la puerta. Un sobre gris. Adentro había una sola hoja.
Una dirección escrita a mano. Camino al dique. No un código. No un sector. Una dirección verdadera.
Debajo, apenas una frase: "Todavía existe el lago."