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HISTORIAS DE POR ACÁ

El día que encontré al muñeco fantasma y sobre lo que sucedió después

Algunos van a creer que esto es un relato fantástico, pero no, sucedió tal como lo cuento. Los vecinos pueden dar fe de ello.

muñeca

La vi una de estas mañanas frías, cuando la escarcha crea un paisaje canoso y el otoño se parece tanto a la vejez.
Estaba sobre la banquina, esa que casi siempre es un cañaveral descontrolado porque detrás de la banquina está el morro y, detrás, el canal. Entonces, de agosto a mayo, la humedad alcanza a filtrarse por debajo y las cañas crecen como benditas.

Yo iba caminando apurado hacia la parada. Son esos momentos en los que me pregunto por qué se me ocurrió vivir acá, en una finca, sin auto y a tres kilómetros y medio de la parada de micros más cercana.

Para colmo ahora, con este frío matinal que hace que las orejas parezcan de cristal y la nariz se transforme en una canilla con cuerito desgastado. Entonces, caminaba rápido intentando un escape imposible y los pensamientos no tenían ningún hilo conductor. Digamos que caminaba distraído.

Entonces la vi. Vi algo que no identifiqué con claridad primero, pero que me puso en alerta. Como si hubiera llegado una señal que me decía que tenía que prestarle atención a “eso” que sobresalía de entre los yuyos y que parecía una pelota pero no era.
El apuro era tanto que pasé de largo, pero “eso” parecía pedirme que me detuviera y regresara. Tuve que obedecer. Y la vi. Era una muñeca destrozada por el maltrato, o el tiempo, o los perros, o todo eso junto. Un bebé de esos que desvelan a las niñas. En realidad, la cabeza de un bebé sujeta todavía a un cuerpo deshilachado y ya sin forma.

La razón indicaba que era un juguete viejo. Pero había algo más, algo que alertaba que era también otra cosa.
La cabeza estaba en una posición extraña y los ojos abiertos estaban opacos, como cubiertos con un velo. Una parte decía que la historia era simple. Que el muñeco había cumplido su vida útil y, entre juegos, había sido arrojado al canal, aguas arriba. Que después la corriente lo había arrastrado varios kilómetros, quedado enganchado en alguna rama o algo y, cuando se cortó el agua, quedó solo y olvidado. Después, cuando limpiaron el cupo, el muñeco fue revoleado a la banquina.
La otra parte es más compleja, más oscura.

El muñeco es así desde hace muchísimo tiempo. Incluso es posible que siempre haya sido así, un defecto de fábrica, un descarte. Que eso, su defecto y el desprecio, hicieron que el bebé creara un espíritu violento, cruel, salvaje, despiadado.
Que el juguete resolviera vengarse de todo el desprecio sufrido y, a cada uno que lo mirara a los ojos opacos, le repartía una maldición.

Me quedé al lado del muñeco un rato, tratando de analizar qué hacer. ¿Me lo llevaba? ¿Lo volvía a tirar al canal para que el primer turno de agosto se lo llevara más lejos? ¿Lo tiraba entre las cañas? No sabía qué hacer. Estuve un rato más y, finalmente, me fui sin haber hecho nada. Lo dejé ahí, mirando a la nada.

Cuando volví a pasar por allí, el muñeco ya no estaba. Alguien había hecho lo que yo no. Alguien o algo. O nadie. Quizás el bebé eligió moverse y buscó otro sitio en donde atravesarse en el camino de alguien más. Lo cierto es que ahora, cada vez que paso por allí, siento su presencia y me tengo que detener un rato, a buscar sin encontrar nada y llegar siempre tarde a los lugares donde voy.
Quizás esa sea la maldición.

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