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HISTORIAS DE POR ACÁ

Esas cosas que guardamos sin saber por qué

Una tulipa heredada, una infancia interrumpida y la certeza de que algunos objetos solo existen para sostener la memoria de quienes los guardan.

tulipa-Historias de por acá

Uno guarda cosas que no sirven para nada, que no tienen ningún valor, que no significan nada para nadie salvo para nosotros.
Puede ser cualquier objeto: una lata vacía, un llavero medio desarmado, la servilleta de una confitería, cualquier cosa. Ese objeto ya no sirve para nada, no servirá, y solo tiene importancia para nosotros. Cuando ya no estemos, alguien lo encontrará y lo tirará a la basura sin ningún cargo de conciencia, porque no sabrá por qué estaba guardado ahí. No sabrá que era la soga que nos ataba a un recuerdo querido, a una época, a un tiempo que ya se había ido.

Recuerdo uno de esos objetos. Estaba en el zaguán de mi infancia, aquella que transcurrió entre los 5 y los 9 años, en la casa que fue cobijo de mi primera ausencia, después de que mi madre muriera.

La tulipa colgaba del cielorraso como preanuncio de lo que era el hogar de mi tía Rosita, la hermana mayor de mi padre: una casa pulcra, cuidada, sencilla pero elegante, tal como era ella.

Mi viejo había decidido refugiarse allí mientras yo, con 5 años, y mi hermano, con 8 meses, no preguntábamos y nadie nos respondía sobre el porqué. 

La casa tenía el frente sobre la avenida. Las ventanas de los dos dormitorios daban hacia la vereda y, por allí, algunas noches se colaban unos cascarudos grandes y negros y las pequeñas manifestaciones, breves y apuradas, que pedían el regreso de Perón. Como juego, los niños salíamos a la mañana siguiente a repetir los cánticos y nuestras familias nos gritaban, espantadas, para que nos calláramos y jugáramos a otra cosa: a los autitos o a la bolita, cualquier cosa que fuera menos incómoda para el gobierno de Onganía.

Limpiar la tulipa era todo un proceso. Estaba alta. Por suerte, mi padre y mi tía tenían altura suficiente como para alcanzarla, apenas subiéndose a una silla. Pero el procedimiento era lento: de un vidrio tan fino que parecía cristal, la tulipa amenazaba con romperse ante la menor torpeza.

No me consta, pero dicen que era una reliquia familiar. Que mi abuela paterna la trajo de Alemania consigo. Incluso hay versiones que aseguran que ella misma la pintó. Yo no la conocí; solo conocí a la tulipa.

El caso es que estuvo allí hasta que, a los 9 años, nos fuimos de esa casa, quizás buscando algo que ya no estaba. No la vi más. En los años 80, mi tía —que había quedado soltera hasta los 50— viajó a Alemania de paseo, conoció a un alemán (que abundan allí) y solo regresó para juntar sus cosas, regalar otras, renunciar a la florería donde había trabajado siempre —y de la que siempre me traía claveles rojos— y volver a Alemania a vivir su único y final amor. 

Antes de cerrar la casa para siempre, esa casa de la que había sido siempre inquilina, descolgó la tulipa y se la entregó a Angelita, mi tía materna.

La tulipa quedó impecablemente guardada durante los siguientes 40 años. Un día, hace unos meses, mi tía Angelita se la entregó a mi hija con el mismo cuidado con que la había recibido. Mi hija hizo lo mismo y hoy, cuando ya Perón, Onganía y mi tía son parte de mi historia, la tulipa llegó a mi casa, en algún rincón rural de Junín.
 

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