HISTORIAS DE POR ACÁ

Ese idioma tan especial de nuestra infancia

Cuando éramos chicos, utilizábamos un lenguaje único, especial, que nunca más volvimos a usar y que quedó guardado en ese territorio mágico de nuestra infancia

¡No te hagas el rogao!, me decía doña Amelia. Fue hace más de cincuenta años y ella ya era vieja. Este año cumplirá 102 años y está entera, lúcida, por más que “a veces se le va la onda, como a la radio”, dice su hijo Leo, uno de los menores, de los nueve que ha tenido en total.
¡No te hagas el rogao!, me insistía, para que me animara a comer otra tajada de pan casero, a agarrar otra presa de pollo, a servirme otra taza de té cuando llegaba el momento de la once.

Las fronteras, especialmente la frontera allá en el sur, son una idea forzada y absurda. Todo pasa de lado a lado con facilidad y las palabras, especialmente las palabras, se escurren de aquí para allá y todos hablamos igual, por más que cantemos himnos distintos.

Durante mi primera infancia estuve lejos de mi pueblo por un tiempo y cuando regresé, con nueve años, me costó reaprender ese lenguaje. Por supervivencia, en la escuela tuve que incorporar rápidamente algunos conocimientos básicos: “pico” era pene; “chucha” era vagina; “poto” era culo. Después venía todo lo demás.

A un compañero de tercer grado le decían “oreja de chapalele”. Es cierto, era medio pailón y supuse que el chapalele era algo que se podía comparar con una oreja grande.

Resultó que el chapalele era una tortillita. Papa rayada, harina y huevo cuando había huevo. La tortillita tenía origen en Chiloé, una de las zonas más castigadas de Chile. En donde yo nací, la mayoría tenía orígenes chilotes. El chapalele era de las mejores y más comunes comidas que había en las mesas de los hogares de mis amigos. Mi viejo también las hacía, aunque para él eran kartoffelpuffer. Era la misma cosa, exactamente igual, pero dicha en alemán. Tortillitas de papa, se podría traducir.

Era una comida barata, de pobre. La exclusión y la marginación de las clases obreras y pueblos originarios de Chile es histórica.

En las casas de mis amigos, donde pasé mi infancia, había poco pero muy amable.

La once, por ejemplo, esa media tarde que doña Amelia me obligaba a comer, era un rejunte de sobras bien regadas con té caliente.

Y también había, en esa infancia de narices mocosas y rojas de frío, algunas palabras de origen difuso.

Guaresnay” tenía el sentido de ganador, canchero, triunfador o alguna cosa parecida. Sonaba a inglés, pero vaya a saber. “No te hagas el guaresnay” era una frase frecuente.

Igual origen difuso es “forfay”. Decíamos “está forfay”, para decir que estaba muerto o, en todo caso, moribundo, vencido, fuera de juego.

¿Forfay sería algo así como “cuatro, cinco” en inglés? ¿Four five? No sé, jamás lo sabré. Si es así, ¿cuál era el enrevesado juego que hacíamos para que signifique muerto, moribundo, chau picho, eh?

A uno de mis amigos, bastante más grande que yo porque debo reconocer que varios de ese grupo eran medios “faltos”, le decíamos Winda o Güinda o como se pueda escribir algo así. No sé por qué.

Ahora que lo pienso el lenguaje hablado, el nuestro, el de la calle, el de los mallines y sederos de ese lugar de donde vengo, no tenía una versión escrita. Nunca la tuvo, ahora que lo pienso. Solo se utilizaba para hablar en forma directa.

Quizás esté cometiendo una traición en este momento. Un sacrilegio o algo así. ¡Chucha, güevón!

Usted, lector, ¿qué palabras solo usadas en la infancia recuerda?