HISTORIAS DE POR ACÁ

La lucha entre el desierto y el oasis, ese lugar donde brota el horizonte

En el norte extremo de San Martín, donde el oasis mendocino se encuentra con el desierto, un puñado de familias resiste entre fincas abandonadas, chacras en expansión y casas vacías. Crónica de un distrito que pierde habitantes, cambia su paisaje productivo y observa cómo el horizonte sigue creciendo.

Hay lugares que aparecen en los mapas pero parecen resistirse a formar parte del tiempo. El Divisadero, en San Martín, es uno de ellos.

No tiene plaza, no tiene semáforos, no tiene un centro que reúna a sus habitantes. Son apenas unas pocas casas desperdigadas entre viñas viejas, chacras recientes y caminos que terminan en la arena. Desde algunos puntos, el horizonte parece surgir directamente de la tierra. No hay edificios, ni montes cercanos, ni nada que interrumpa la mirada. Solo campo y cielo.

Quizás por eso el distrito recibió ese nombre. Dicen que alguna vez hubo un médano desde donde se podía divisar una gran extensión del norte mendocino. El médano desapareció hace mucho. El viento se llevó la arena y los años hicieron el resto. Pero el nombre quedó, como suelen quedar las cosas cuando ya nadie recuerda exactamente por qué están ahí.

Llegar hasta El Divisadero implica alejarse poco a poco de todo. Primero por un asfalto razonable. Después por otro cada vez más cansado, remendado una y otra vez. Finalmente, por calles de tierra donde el oasis mendocino parece terminar de golpe y comienza el territorio que siempre estuvo allí: el desierto.

Los lugares de encuentro

La escuela, la capilla y el centro de salud forman una especie de núcleo improvisado. No porque estén en medio de un pueblo, sino porque son los únicos lugares donde todavía es posible encontrarse.

El resto está disperso. Las casas. Las fincas. Las personas. Y también las historias.

Don Luciano tiene 87 años o algo parecido. No parece demasiado preocupado por la precisión. En lugares como este, la edad suele medirse de otra manera. Por cosechas. Por nacimientos. Por ausencias.

Sentado bajo la sombra escasa de una galería, observa el movimiento lento de la tarde.

—Ya somos pocos —dice.

La frase no lleva tristeza ni enojo. Apenas una constatación. Pocos. Cada vez menos.

Durante décadas, el trabajo giró alrededor de las fincas. Viñas, frutales, cosechas. Una rutina conocida que marcaba el calendario de las familias. Pero muchas de esas propiedades cambiaron de dueño, de producción y, en algunos casos, de destino.

Los parrales fueron arrancados. Los durazneros desaparecieron. En su lugar llegaron las chacras.

Oscar nació allí. Es de esos hombres que conocen cada calle de tierra y cada apellido del distrito. Habla de las transformaciones sin nostalgia exagerada, aunque se adivina cierta resignación.

El trabajo ya no es el mismo

Las chacras producen. La tierra sigue dando frutos. Pero el trabajo ya no es el mismo. Muchos vecinos sostienen que las oportunidades para quienes siempre vivieron allí son cada vez más escasas. Entonces ocurre lo que suele ocurrir cuando falta trabajo: los jóvenes se van, las familias se mudan y las casas quedan vacías.

En El Divisadero hay viviendas abandonadas que todavía conservan las cortinas detrás de las ventanas. Como si alguien hubiera salido un momento y nunca hubiera regresado.

También hay escuelas con matrículas cambiantes.

Una docente explica que algunos alumnos llegan con las familias temporarias que trabajan en las explotaciones agrícolas. Permanecen unos meses y después parten hacia otro lugar.

Los registros suben y bajan. Pero la tendencia general parece ir en una sola dirección. Menos chicos. Menos vecinos. Menos vida permanente.

La paradoja es que la tierra sigue trabajando.

A pocos metros de una finca abandonada, cuatro personas avanzan en línea esparciendo fertilizantes sobre un cultivo. El movimiento es casi mecánico. Van y vienen bajo el sol, mientras el campo continúa produciendo.

La actividad existe. Lo que falta es la sensación de arraigo.

Como si el territorio siguiera adelante, pero las personas se fueran quedando al margen.

Una leyenda rural

Quizás por eso las historias de El Divisadero tienen algo de leyenda rural. Como la del empresario español que compró una finca, invirtió dinero, hizo mejoras y un día desapareció sin dejar rastros para quienes lo conocían. La propiedad quedó. El capataz quedó. El dueño no volvió más.

En cualquier ciudad, un episodio así sería una rareza.

En El Divisadero se cuenta como quien habla del clima. Porque aquí las cosas aparecen y desaparecen con cierta naturalidad. Los médanos. Las fincas. Los patrones. Los vecinos. Las oportunidades.

Mientras cae la tarde, el viento vuelve a recorrer los caminos de arena. Levanta polvo, mueve algunas ramas y se pierde hacia el norte.

Desde lejos, el paisaje parece inmóvil. Pero no lo está. Está cambiando lentamente, casi en silencio.

Y quizás esa sea la verdadera historia de El Divisadero: la de un lugar tan abierto que uno puede ver nacer el horizonte, pero donde cada año resulta más difícil encontrar gente para contemplarlo.