Esta visita, esta charla, se quedó detenida en el tiempo. Ocurrió hace un tiempo, pero podría haber sucedido ahora o hace un siglo. En algunos sitios nada cambia.
Tierra. Al fondo, las ruinas de lo que fue una casa de adobe van desapareciendo con cada lluvia, con cada Zonda. Al costado, otra casa mínima de ladrillos sin revocar, sin terminar, con piso de hormigón apenas nivelado cubierto de barro seco.
Ahí adentro todo parece tener ese mismo color, color tierra, adobe. Ellas también parecen hechas de adobes rajados por el tiempo.
“Se han muerto todos; quedamos nosotras dos nomás”, dice Marta, que se llama Cecilia, "pero la mami me decía Marta, no sé por qué y me quedó». Tiene 68 años, toditos en la viña y por eso parece tener más. La edad de los sufridos es infinita.
“Estamos acá nomás. Acá nos dejaron los papis que se murieron hace bastantito ya... y acá nos quedamos”, dice Chola, que se llama Mercedes, pero ya casi lo ha olvidado. Tiene 78 años, todos en la viña.
Son las hermanas Mercado, las últimas; aquellas a las que en La Dormida las reconocen como símbolo de trabajo. “No fallamos ningún día al trabajo, vea”, dice la mayor. Viven al borde de la ruta 50, entre uno de los principales distritos de Santa Rosa. Allí han vivido sus padres y, alguna vez, los seis hermanos “antes que todos se murieran, menos nosotras”.
Son solteras. Nunca formaron pareja. Apenas está Mariana, hija de Marta, fruto de una excepción que ya nadie recuerda cómo ocurrió. Son analfabetas pero “yo sé firmar”, dice Chola, “y yo sé los billetes”, agrega Marta.
Han trabajado desde niñas, han cosechado desde siempre, desde hace tanto que no tienen historia sin cosechas. Hace un tiempo, Chola estuvo enferma y tuvo que dejar de cosechar.
“A ella le dio una neumonía, ¿vio? Le dio la neumonía por problema del tiempo, el viento, el frío... esas cosas. Además, estaba desnutrida entonces, la dejaron internada como una semana. Desde ahí que no trabaja”, dice Mariana, ordenando el relato. Marta acota: “Yo nunca he sido enferma y ella (señalando a Chola) es la primera vez”.
Marta cuenta que cosechó el año pasado y dice que también cosechará este, a pesar de que hace unas vendimias, cuando iba con el tacho a la finca, se cayó de la bicicleta “y quedé jodida de una rodilla”. Solo por eso “este año voy a busca un tacheador (el que carga los tachos desde la cepa hasta el camión), pero ir, voy a ir igual”.
Las dos se han jubilado “con la mínima” y han seguido trabajando. Marta sigue “haciendo changuitas, arreglando jardines, limpiando casas...”. Dice que no puede dejar de trabajar. “Lloré cuando me jubilaron de la finca”, dice, refiriéndose a una propiedad cercana donde estaba como empleada registrada.
La casa es mínima, precaria, sin terminar. Adentro se amontonan las cosas viejas y las personas. Todo es color adobe, color tierra. Marta duerme en lo que sería la cocina. Hay dos piezas pequeñas más. En una duerme Chola “porque necesita espacio para poder respirar mejor” y en la otra, Mariana con sus dos hijos, dos varoncitos de 2 y 4 años, hijos también de alguna excepción de la soledad. Este año los Reyes no vieron “porque llegaron hasta la casa de al lado y pegaron la vuelta, ya nadie se acuerda de nosotras”, dice la más joven de las Mercado.
—¿Qué ha sido lo mejor y lo peor que han vivido?
—La hemos pasado triste, nosotras...—dice Marta, y después queda en silencio. Hay que salir a interrumpir ese instante para evitar que la pena haga estragos.
—¿Y lo mejor?
—Que hemos trabajado. Eso... que hemos trabajado— contesta.
Entre las dos tienen más de 120 vendimias sobre el lomo, además de haber abierto surcos, envuelto, atado, trabajado en la chacra... “Todo, menos regar”.
“Hemos trabajado en la finca esa”, dice Chola, señalando con el dedo hacia el otro lado de la ruta, “que era la Millordo y ahora es La Auxiliadora. Ahí nos jubilamos las dos”.
En esta casa marrón, la alegría ha sido el trabajo. Las mejores charlas han sido sobre el trabajo como también los mejores desafíos y los breves triunfos.
Marta y Chola se superponen en el relato, se complementan. “Antes se trabajaba mejor... Los patrones hacían que se trabajara mejor... El capataz que teníamos era bravo y hacía que se trabajara mejor”.
“Íbamos a trabajar por 50 pesos que se pagaban los sábados y nosotras, las mujeres, no nos quejábamos”... “Esos espalderos que hay ahí los hicimos nosotras, las Mercado”... “Antes había muchas mujeres trabajando. Ahora son todos hombres y se quejan y no trabajan como nosotras, ¡son pura bulla nomás!”... “¡Vaya usted a ver qué fea está la finca ahora, llena de yuyos!”.
Se puede percibir en ellas cierta sumisión, cierta aceptación del rigor, del destino, como si fuera inexorable, hasta algo bueno, solo por ser el propio destino. Marta y Chola han tenido una vida dura. Pero allí están ellas, las hermanas Mercado, las que “somos guapas para el trabajo”. Las hechas de adobe. Arruga sobre arruga. Están ahora, estarán mañana y pasado mañana, igual que ahora. No esperan nada más de la vida. Solo que termine.

