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HISTORIAS DE POR ACÁ

Los instantes de un mendocino en la Gran Ciudad

Un cuento sobre las etapas de la vida, las emociones y las incertidumbres de un hombre común.

historias de por acá

El recuerdo más nítido que tenía de ella era un grito. ¡No los mires, no los mires! 
Fue una tarde de sábado. Él se asomaba entre sus piernas, en el balcón del segundo piso del departamento de la calle Rivadavia. Casi en la esquina con Suipacha un hombre estaba tirado boca abajo en mitad del pavimento, sobre un charco rojo que se agrandaba. Tenía los brazos abiertos y otros tres lo rodeaban, apuntando con sus pistolas hacia todos lados. ¡No los mires, no los mires!, repetía su abuela, mientras trataba de empujarlo hacia adentro.
 

─¿Por qué no puedo mirarlos, son ladrones?─ había preguntado Miguel. 
─No, son policías─
─¡No, abuela, si no tienen ropa de policías!─
─Pero son. ¡No los mires, te dije! 
─¿Por qué no puedo mirarlos?
─Porque a ellos no les gusta que los miren.
─Y el que está acostado, ¿es un ladrón?
Ella no contestó.
─Eso rojo no parece pintura, abuela.
Habían estado mirando una película de sábado a la tarde. Una de tiros. Él le había preguntado si la sangre era de verdad. Ella le había dicho que era pintura. Habían confundido los disparos de la calle con los de la película.
─¡Andá para adentro y no mires!─ había dicho ella, mientras cerraba la celosía del balcón.
Después había llegado al departamento su tío Ricardo, agitado, con la cara desencajada. 
─Hicieron boleta a otro en la esquina de Bartolomé Mitre ─ había dicho.
El tío Ricardo era bueno con él, pero le daba un poco de miedo. Sus bigotes se parecían a los del general Onganía. La morsa, le decían al presidente.

Miguel tenía recuerdos fragmentados y difusos de ese tiempo, cuando tenía cinco años y su padre lo había mandado unos meses a vivir con la abuela a Buenos Aires después de la muerte de su madre. Recordaba ese instante en el balcón y tres o cuatro cosas más. Aprendete el nombre de las calles, por si un día tenés que venir a buscarnos, le había dicho su abuela. Y él los había aprendido. 

Recordaba esa Rivadavia gris, de veredas angostas, las tripas de los edificios que tenían el frente hacia Avenida de Mayo. Las vidrieras de la juguetería de Rivadavia y Suipacha. Disfrutaba que lo llevaran hasta la esquina de Rivadavia y Carlos Pellegrini y lo dejaran entrar a la Ferretería Francesa para mirar las herramientas y que los vendedores le explicaran sus usos, como si fuera un adulto. 

Que lo dejaban salir a la medianoche con su primo Eduardo, quince años más grande que él. Salían en el DKW de Eduardo. Iban por la 9 de Julio hacia el río, pegaban la vuelta completa en Córdoba y, mientras el motor bramaba y parecía a punto de estallar, volvían a toda velocidad por 9 de Julio y pasaban por sobre una especie de lomo de burro, una imperfección en el asfalto, que estaba entre Sarmiento y Cangallo. 

El Auto Unión se quedaba suspendido en el aire por un instante, para después caer haciendo un ruido tremendo. Que su tío Ricardo lo llevaba con él los sábados a la mañana a tomar el vermouth en una confitería de Piedras y Avenida de Mayo. Una vez le pidió al mozo que le sirvieran a Miguel un vaso con soda con hielo y el tío le puso un chorrito de Cinzano.

 A veces también dejaba que lo acompañara a jugar al billar en el Tortoni. Entraban por la puerta de atrás y los mozos lo saludaban por su nombre. 

Miguel no los vio más. Se imaginó que su abuela había muerto cuando dejaron de llegarle las encomiendas con revistas, libros y algunas golosinas que ella le despachaba una vez por mes. Él acusaba recibo con una carta breve, siempre igual, en donde le decía que iba bien en la escuela, que leía mucho, que no tenía novia. 

Un día, un telegrama del tío Ricardo reemplazó la carta de su abuela.  Ahora su padre también había muerto y, quince años después de aquel instante de la infancia, Miguel había vuelto a Buenos Aires. Salvo la ausencia, que no había taxis Siam Di Tella, que el salto en la 9 de Julio ya no estaba y que el tío Ricardo había vendido el departamento y no sabía nada de él, la ciudad le parecía la misma.

Había alquilado una pieza de pensión en la calle Bartolomé Mitre, entre Libertad y Talcahuano. Era lo único que podía pagar.
Lo recibió Magliolo, el mayor de los pensionistas. Debería tener unos sesenta, aunque tal vez tuviera menos. Las personas de las pensiones envejecen rápido. 

Acá nadie pregunta por el pasado de nadie, le dijo Magliolo apenas llegó.  Como en la cárcel, pensó decirle, pero se quedó callado. Como en la cárcel, agregó Magliolo. 
Seis piezas, una cocina y un baño. Le advirtió que tenía que dejarlos limpios cada vez que los usara. Después le contó quiénes vivían ahí y lo único que debía saber de ellos. Bustos era de Santiago del Estero; Quinteros, de Tucumán; Wilson era uruguayo; El Chileno era chileno; Magliolo dijo que no era de ahí. 

Miguel dijo que eso confirmaba lo que pensaba de Buenos Aires. Que era una ciudad repleta de foráneos y el porteño verdadero era un fantasma. Que el gentilicio definía un estado pero no un lugar de nacimiento. ¿Y de dónde sos vos?, preguntó Magliolo. De otra parte, contestó Miguel. 

La pensión estaba en el primer piso de un edificio viejo y mal cuidado, quizás de los treinta. En la planta baja había una despensa y desde arriba se podía ver su patio estilo español, repleto de cajones de bebidas y verduras. Al lado había un cabaret oscuro, sin cartel en la puerta, que solo se reconocía a la noche cuando prendían una luz roja en la vereda. 

Durante el primer mes buscó trabajo mirando los clasificados en los diarios. Los únicos puestos para los que más o menos encajaba, eran para venta a comisión.

El resto del día vagaba por la ciudad. Le gustaba meterse en las librerías de la calle Corrientes y quedarse leyendo hasta que los vendedores detectaban que no compraría nada y lo miraban con insistencia para que se fuera. Los libros que le había mandado su abuela le habían creado el hábito de vivir otras vidas. 

Una tarde encontró una librería jurídica en la calle Talcahuano al 400. Ahí, en el sótano, tenían una sección olvidada de libros usados de literatura y al dueño no parecía incomodarle su presencia. Al tercer día Don Luis, el dueño, comenzó a buscarle conversación y al quinto le dijo si quería hacerse unos pesos, ayudándolo a traer unos paquetes de libros que debía buscar. 

A las diez de la mañana siguiente, fueron en el auto de Don Luis hasta un departamento de la calle Billinghurst, en Barrio Norte. 
─Tenemos que trabajar en silencio. La señora acaba de enviudar y no hay que molestarla. Vos no hables ni la mires. Hacemos todo rápido y nos vamos─, le recomendó el librero, mientras le pasaba un rollo enorme de hilo sisal y una tijera.

El objetivo era una biblioteca enorme, en una sala elegante de un departamento con las persianas apenas entreabiertas. La mujer debía tener unos setenta años y, a pesar que tenía los ojos enrojecidos por el llanto reciente, hablaba claro y con decisión.
─Solo los libros de estos dos cuerpos. Los que están en aquel son para mis hijos─, le dijo la mujer a Don Luis.
─Como usted diga. Ya sabe: si algún día quiere venderlos también, me avisa.

Miguel bajaba los libros de los estantes y los colocaba en pilas. Con destreza y prolijidad, el librero armaba fardos fáciles de cargar, que después Miguel bajaba y ponía en el auto. Dos viajes con el auto repleto hicieron esa mañana.
─Este es el trabajo. Es una changuita que podés tener un par de veces al mes, si es que te interesa─, le dijo Don Luis, una vez que Miguel dejó el último paquete en el sótano.

Don Luis revisaba todas las mañanas los avisos fúnebres de La Nación. Si encontraba un muerto que tenía fama de buen lector, contactaba inmediatamente a los deudos y hacía una oferta para comprarles la biblioteca. Tenía que ser rápido, porque había al menos otros diez libreros en la ciudad que hacían lo mismo. Trataba de comprar la biblioteca entera, pero el objetivo verdadero era encontrar allí una primera edición de un libro agotado hace años, un libro dedicado por un escritor famoso, cosas así. Uno solo de esos libros podía cubrir el total de la inversión y triplicar la ganancia. 

El resto de los libros los dividía en dos: Los que merecían ir a los estantes y los que podían venderse en las mesas de saldos. Justamente fue por este último grupo de libros que surgió la segunda propuesta del librero.

─Una vez por semana te doy dos cajas en consignación. Vos te quedás con el cincuenta por ciento de lo que vendas. La única condición es que no los vendas cerca de acá. Te los doy los viernes y me los rendís el lunes a la mañana ─, le dijo. Miguel aceptó el trato. 

Todos los viernes buscaba las dos cajas y los sábados y domingos se tomaba el subte de la Línea A y se iba a venderlos al Parque Rivadavia. 
Vendía poco, acomodado con sus cajas entre los viejos que vendían estampillas y títulos mejores. El librero de la calle Talcahuano hacía una selección caprichosa. Tratar de vender a mediados de los ochenta un ejemplar usado de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, una edición cualquiera sin ningún valor agregado, no era simple.

Su cincuenta por ciento apenas le alcanzaba para dos comidas semanales y juntar algo para pagar la pensión. Pero se entretenía hablando con los puesteros. A veces se sumaba a las encarnizadas partidas de ajedrez en las que, de vez en cuando, se apostaba. 
 

Magliolo, el pensionista más antiguo, le había agarrado cierto cariño y lo invitaba a que fuera a visitarlo al bar donde trabajaba.
Era un barcito que quedaba en la avenida Las Heras, casi Pueyrredón. La zona era cajetilla, pero el barcito no. Era el punto ideal para los oficinistas durante el día y para los taxistas y las putas durante la noche. Magliolo trabajaba de seis de la tarde hasta la madrugada.

La primera vez que fue, a las once de la noche, el bar estaba vacío salvo por una mesa en el fondo donde había un hombre tomando café.
Magliolo le señaló una mesa cerca de la entrada y enseguida apareció con una Imperial y dos vasos. Se sentó y le dijo, en tono de secreto: 
─¿Ves a ese? Viene hace como dos años, todas las noches. Toma café y fuma. Al principio, yo le llevaba el café y un cenicero, pero el tipo me apagaba los puchos en el pocillo. Un día me cansé y le serví el café en el cenicero. Dejó de venir un tiempo. Ahora ya sabe cómo son las cosas.

Después, una noche por semana casi siempre la de los jueves, iba a visitar a Magliolo, que le daba un sánguche de milanesa y tomaban una cerveza.

A Miguel le gustaba salir a caminar de noche. Caminaba hasta bien entrada la madrugada. Descubrió que había dos ciudades, dos mundos bien distintos que parecían no tener contacto entre ellos. El vértigo del día desaparecía a la noche. En la penumbra era todo más amable. Los recolectores de basura de Manliba, los repartidores de los diarios y los que recibían esos paquetes en los kioscos de revistas, hasta los mozos que hacían el horario nocturno, parecían mejores tipos que los oficinistas, los bancarios y los empleados judiciales. 

Se sentía seguro de noche, hasta optimista. De día todo era frialdad. Imaginaba que, si alguna vez esos dos mundos se llegaran a encontrar, se trenzarían en una batalla feroz y combatirían hasta que uno exterminara al otro. Él sabía de qué lado estaría y también que serían derrotados.

Caminaba siempre por el borde de la vereda, casi sobre el cordón, mirando hacia abajo, hacia donde comenzaba el pavimento. Las calles convexas hacían que todo terminara allí. En ese borde encontraba monedas y puchos. En las calles empedradas era más difícil, porque todo quedaba atascado entre los adoquines, esos que habían tallado los presos según su abuela. Los mejores lugares eran las paradas de colectivo. La gente sacaba el dinero para pagar y algo caía, especialmente cuando debían correr para alcanzarse a subir. 

También tiraban el pucho recién prendido para subirse. Miguel guardaba los filtros de los cigarrillos que se había comprado y lo intercambiaba con los de los puchos que había encontrado, para que la miseria tuviese un rasgo higiénico. Había algunas paradas de colectivo mejores que otras para eso. Las del 39, el 29, el 59, el 152 y también el 64, en los recorridos que iban hacia el norte, eran especialmente productivas para su búsqueda. Creía que tenía algo que ver con el poder adquisitivo de los pasajeros. 

Las líneas que iban al sur y al oeste no eran tan buenas. A las monedas, que parecían de aluminio, había que encontrarlas rápido. El material del Austral era blando y si los autos y los micros las pisaban mucho, se deformaban o al menos se borroneaban y los kiosqueros no querían recibirlas. Por el contrario, se alegraban por el cambio cuando iba con un puñado sano. Alguna vez encontró en esas riveras otras cosas. Guardó con especial cariño los adornos de un llavero, un estribo y un cencerro en escala que parecían de bronce y que sumó a su dudoso manojo de dos llaves, la de la puerta de calle de la pensión y la de su pieza.

Prefería caminar desde Avenida de Mayo hacia abajo. Se sentía más seguro y le gustaba llegar hasta donde las calles empezaban a descender hacia el río. Allí había un horizonte más lejano. Pero a veces caminaba hacia el otro lado, aunque nunca pasaba de la avenida Independencia.

Fue justo una madrugada de esas, que había elegido caminar por Salta en contramano. Seguramente fue una madrugada de martes o miércoles, porque en esas noches las calles estaban casi desierta.

Iba caminando como siempre, lento, sobre el cordón, mirando hacia abajo, atento al suelo.
Entre Alsina y Moreno había un auto estacionado. Le llamó la atención, porque era raro encontrar autos estacionados en la calle durante la noche.

Era un Fiat 133 mal cuidado, no había nadie dentro y la ventanilla del acompañante estaba baja. Sin pensar, casi por instinto, se paró y miró hacia adentro del auto. Si había un paquete de puchos ahí, ¿sacarlo era un robo? Si, era, pensó. Igualmente no vio nada. Estaba retomando la marcha cuando escuchó que corrían detrás de él, giró y vio que venían dos sombras. Corrió. 

Después sintió un grito y dos explosiones, luego algo que le quemaba la espalda, justo en el centro. Después sintió el pavimento contra la mejilla izquierda.

Alcanzó a ver un par de mocasines negros, que pisaban la mancha roja que comenzaba a aparecer debajo de él. Casi llegando a Moreno, en la vereda de enfrente, vio que se prendía la luz en un balcón. Escuchó que alguien cerca suyo decía: La cagamos, vamos, dejémoslo acá, y que después prendía un cigarrillo con un encendedor de bencina. 

Lo supo porque escuchó la tapita del encendedor cuando se cerró. Debe haber sido un Zippo o una imitación. Lindos encendedores esos. Siempre le habían gustado. Sintió el olor aceitunado de la primera pitada al cigarrillo. Un 43/70, pensó, mientras la luz del balcón se apagaba.

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