Su objetivo no fue el logro de proezas, ni la realización de gestas heroicas, ni siquiera la obtención de módicos triunfos. Su fin único fue “la joda”, como lo reconocieron algunos de sus fundadores. El Club de los Pellejudos, de Junín, hizo alarde de ser santuario de la diversión y haber sido conformado solo para eso.
Todo comenzó en mayo del '59. Abelino José y Arturo Shueder eran amigos. Este último era un alemán mal arriado que se había afincado en Junín desde joven, que no dejó descendencia, pero sí cientos de recuerdos.

La casa de Shueder estaba en lo que hoy es la esquina de Salvador González y Luis Marcó. El hombre vivía allí con su segunda esposa. Dicen que no era muy apegado al trabajo y tenía espíritu de dictador, aunque “hasta mandar era para él demasiado trabajo”. Por eso se dedicaba a vender lotería.
Los dos se juntaban en la casa del alemán para desafiarse en el juego de las bochas. Unos dicen que siempre era Abelino el ganador, pero otros afirman que era el alemán el que resultaba victorioso. El dato es solo anecdótico. Lo cierto es que el triunfador, sea el que haya sido, lanzó la siguiente frase fundadora: “Yo te gano hoy y toda la vida, pero no te voy a sacar la plata en apuestas. El que gana pone el vino y el que pierde pone el asado”.
Para compartir ese primer asado, cada uno trajo a dos amigos más, y estos, a su vez, trajeron a otros tantos a la semana siguiente. Ese fue el inicio del Club de los Pellejudos. Shueder se postuló como presidente del club y fue él el que dictaminó que serían “los pellejudos”, porque “pellejo es lo único que nos queda”. La mayoría rondaba los 50 años y todos tenían familia. Sin embargo, las reuniones eran solo de hombres.
La noche fijada para las reuniones fue la del lunes. El juego de bochas terminó por desaparecer al poco tiempo y solo quedó como convocatoria la comida, la bebida, la promesa de la charla y las bromas.
La casa de Shueder quedó chica al poco tiempo y las reuniones comenzaron a realizarse en el Bochín Club, mejor llamado el Bochin Clú, ubicado en diagonal a la plaza departamental. Allí, como para aprovechar la infraestructura, el juego de las bochas regresó por un tiempo.
Pero esa instalación también quedó incómoda a medida que fueron sumándose adherentes y llegaron a más de 50. La noble organización, que tenía la jarana como estandarte, se mudó a las instalaciones del Club Alberdi, su sede definitiva, en donde las reuniones pasaron a realizarse cada 15 días y, de tanto en tanto, se permitía ir acompañado por las esposas.
Los menúes variaban. Había chivos, asados por Antonio José; una gloriosa paella preparada por Juan Alarcón y otras delicias. Los gastos eran repartidos entre todos los pellejudos.
Para inmortalizar esas comilonas estaba el Negativo Mateo, fotógrafo oficial del club. También había algunos que se destacaban en la sobremesa, cuando se daba por iniciado “el varieté”, una suerte de demostración de las cualidades personales de cada asociado y que se exponían con el único fin de amenizar la velada.
Entre los que sobresalían en ese momento, cuando la mayoría hacía la digestión, estaban Vicente Paladini, un rivadaviense que tenía la representación de las sulfatadoras Payen, y el gordo Gerardo Gutiérrez. Dicen que el dúo tenía la virtud de la broma y el ridículo, y no había manera de no reír con sus ocurrencias.
Paladini y Gutiérrez se trenzaban en grotescas partidas del juego de la mora y, con cantos en italiano, arrancaban las carcajadas de los presentes.
La mora ya casi no se practica, aunque todavía conserva cierta vigencia entre la colectividad italiana y, burdamente, podría describirse como una versión mucho más desarrollada y noble que el tradicional “piedra, papel y tijera”.
Es un juego antiquísimo. Sus cultores dicen que en la tumba de un alto dignatario de la XXV dinastía egipcia se ve una representación del difunto jugando a la mora. También en una pintura griega se observa a Elena y Paris practicándolo, y la cultura romana guarda un escrito de Cicerón dictaminando: “es una persona digna aquella con la que se puede jugar a la mora al anochecer”. La mora fue entretenimiento de los soldados italianos en la Gran Guerra y juego prohibido durante el fascismo.
Para jugar a la mora solo se necesitan las manos y la voz y, dentro de lo posible, una mesa cubierta.
Allí, los dos contendientes sacan al mismo tiempo los dedos de una mano a la vez que pronuncian gritando un número. El ganador es aquel que adivine el número obtenido de la suma de los dedos de ambas manos. A todo ritmo, los juegos se van sucediendo hasta que uno de los rivales llega a los 21 puntos.
Los avezados dicen que para jugar a la mora “se necesita capacidad de observación, análisis psicológico del rival y gran bravura, debido al elevado tono en que se pronuncian los tantos y al ardor puesto en su pronunciación”.
Dicen que en el Club de los Pellejudos nunca se jugó por plata y se tenía prohibido hablar de política y religión.
Así, con estos preceptos, el grupo sobrevivió más de 20 años. Pero un día los organizadores se empezaron a cansar y otros a morir. Incluso el podrido carácter del alemán Shueder impulsó a muchos a salirse del grupo. Los asociados dejaron de ser socios colaboradores y se transformaron en comensales cómodos. Quisieron recargar las tareas de organización de las cenas en unos pocos y el club se fue disolviendo, en consonancia con la llegada de épocas más ingratas.
Sin embargo, en Junín y en gran parte de Rivadavia y San Martín quedó en la memoria la historia y el nombre de ese grupo que hizo un culto del disfrute.
En algún banco de la avenida Mitre, cualquiera de estas tardes primaverales, se sentarán dos o tres viejitos y hablarán de aquellos tiempos en que el Gordo Gutiérrez los hacía reír con gusto. Recordarán que el gracioso fue contratado por un circo y volvió a su terruño después de una gira que duró 20 años. Pero esa es otra historia.



