Historias y cuentos de Mendoza: El que escribía las necrológicas
Estaba sentado ahí, esperando la jubilación y la muerte. Todo lo hecho los años anteriores, había sido una manera de matar el tiempo. La muerte es lo que le da sentido a la vida, pensaba. Era un pensamiento recurrente, casi un principio básico que justificaba su existencia, al menos su presencia allí, en ese rincón oscuro de la redacción donde escribía las notas necrológicas.
Eran sus últimos días de trabajo. Hacía tantos que Orlando Francisco Farruccia estaba allí, que le costaba recordar cómo habían sido los primeros. A veces se detenía a conversar con el portero, el único que llevaba más tiempo que él, para que le contara cómo habían sido aquellos días. Me acuerdo cuando usted entró acá el primer día, con cara de susto, para cubrir una suplencia en policiales, le decía el hombre. Esos primeros cinco años usted parecía un pibe asustado pero feliz, le decía. Farruccia sentía que, en definitiva, él era solo el recuerdo de alguien.
En la redacción se hablaba bastante sobre la historia laboral de Orlando Farruccia y también sobre su vida privada, pero la relataban periodistas jóvenes, que la habían construido con relatos de relatos, contaminados por lo fantástico, lo mítico o lo mal intencionado. Lo apodaban Apagado, porque no hablaba con nadie y porque firmaba sus notas, solo con las iniciales: OFF. Farruccia había sido una joven promesa. Así lo había dicho el secretario de redacción, Bernardo Salvatierra, una especie de prócer mítico en el ambiente.
Obsesivo, detallista y buen redactor debido a su avidez por la lectura, cuando comenzó en el diario Farruccia entraba a las cuatro de la tarde y se iba a su casa cuando ya la edición estaba cerrada. A la mañana tenía la costumbre de hacer algunos llamados a las comisarías y, a veces, se daba una vuelta por tribunales. Farruccia llevaba tres años allí cuando se puso de novio con Marcela, una
muchacha vecina suya. Se casaron un tiempo después. Vivían en un departamentito que habían conseguido alquilar gracias a la ayuda de los padres de ella. ─Esto no es gran cosa, pero es un buen comienzo─, decía Orlando, y Marcela repetía esa frase cuando le preguntaban.
Farruccia salía temprano y volvía tarde. Ella debió acostumbrarse a estar sola. Reclamaba algunas veces por esa soledad, pero era un reclamo tierno, casi un coqueteo. ─Estamos empezando, después vamos a tener más tiempo─ le decía él. Así pasaron los primeros cuatro años en el diario y el primero del matrimonio. Después Marcela quedó embarazada.
Una noche todo cambió. Fue la noche de un día intenso, con tres asaltos y una sentencia por un homicidio. A las veintidós, lo recordaba claramente porque había mirado el reloj colgado en una pared de la redacción, había llamado Marcela. Estaba en el quinto mes. Le dijo que no se sentía bien, que había encontrado un hilito de sangre cuando había hecho pis y que quería ir al médico. Farruccia le dijo que lo esperara, que cerraba la edición y la iría a buscar en un taxi.
A las diez y cuarto volvió a sonar el teléfono en el escritorio de Farruccia. ─Hubo un tiroteo en la Cuarta, murió un policía y un asaltante. Venite ya─, dijo la voz, que reconoció como la de uno de sus mejores dateros. Pasó por el escritorio de Salvatierra y le contó. ─Andate con un fotógrafo, pero no sé si vamos a tener tiempo de revelar. Juntá algunos datos y volvé a escribir lo
que tengas. No tenemos mucho tiempo. Ampliamos en la edición de mañana─, le dijo el jefe. Tan apretado con el cierre, en otro caso hubiera resuelto las cosas por teléfono, pero el venite de su fuente significaba que para conseguir información tenía que ir al lugar.
Todo había sucedido en la puerta de una despensa. El lugar estaba repleto de policías. ─Estamos buscando a un cómplice─, le dijo un oficial conocido. Farruccia le pidió los nombres y las edades del almacenero y de los muertos. El policía le dijo que no los tenía confirmados todavía, que el comerciante estaba muy asustado y que no se le entendía nada, que tuviera paciencia. Farruccia tenía paciencia. Lo que no tenía era tiempo, pero no había otra posibilidad, tenía que esperar.
Mientras el fotógrafo hacía su trabajo, le pidió el teléfono a una vecina, llamó a Salvatierra y le contó. ─Te espero, pero metele─, le contestó. A las once menos cuarto volvió a llamarlo. Todavía le faltaban datos. Los policías estaban enloquecidos buscando al cómplice y no le habían pasado casi nada. ─Tenés quince minutos más, después venite con lo que haya─. A las once y cinco entró corriendo a la redacción. Le habían guardado treinta centímetros, sin foto, y un título en la tapa. A las once y veinticinco ya estaba revisándola y, cinco minutos después, se la pasó al corrector mientras que con Salvatierra se pusieron a pensar qué título iría en la primera plana.
A las doce menos cuarto ya estaba todo listo para ir a la rotativa. Era tarde para un cierre normal, pero un horario aceptable teniendo en cuenta las circunstancias. Se estaba sirviendo el último café, frío y horrible, cuando se acordó de Marcela. Había dos vecinas en la puerta de su casa cuando se bajó del taxi. ─Se la llevaron en ambulancia al Hospital Central─, le dijo una. En la puerta de terapia estaban los padres de Marcela. La mujer lo miró con desprecio. Su suegro le dijo que Marcela estaba grave y que había que esperar.
Murió esa madrugada.
En la redacción decían que después de la muerte de su esposa y del bebé, Farruccia no había vuelto a ser el mismo. Le dieron un mes de licencia. Regresó desganado, como perdido y comenzó a beber. El jefe de sección comenzó a quejarse con Salvatierra y este decidió pasarlo a Cultura. El viejo lo apreciaba y quería cuidarlo. Pero tampoco funcionó.
Farruccia llegaba tarde casi siempre, muchas veces con algunas copas de más y solía ponerse a discutir con cualquiera por motivos absurdos. Después de pasearlo por todas las secciones posibles, un día el secretario de redacción lo llamó a su oficina. ─Mirá, Farruccia, esto se está terminando─, le dijo ─Te voy a poner en un escritorio, lejos de todos, para que armes las noticias necrológicas de los famosos, de la gente conocida. Se me fue Rovira, el que hacía eso, y necesito cubrir ese lugar. Ahí no vas a tener con quien pelearte ni nadie que se queje de vos. Eso si: dejá de chupar. Cada vez que entres a laburar, pasá por acá. Quiero ver si venís fresco. Esta es la última. Orlando Francisco Farruccia dejó de beber. Al menos nadie lo volvió a ver borracho en la redacción. Pero también dejó de hablar. Solo abría la boca cuando le preguntaban algo sobre historia o literatura.
Los siguientes treinta años Farruccia los pasó en ese rincón. Pasó a ser un mueble más, un decorado, salvo al día siguiente de que moría algún notable, algún famoso. Ese día su nota era la más leída, la que comentaban todos, no solo por el muerto de turno sino por la prosa exquisita del redactor.
Farruccia elegía un famoso cualquiera, reunía toda la información posible buscando en los archivos del diario y también en los ajenos, y escribía con detalle la necrológica, incluso cuando nadie imaginaba aún la posible muerte del protagonista. Se jactaba, solo con algunos de los pocos amigos que tenía y que eran todos ajenos al ambiente de las redacciones, que tenía escrita la muerte de
casi todos los notables del país y también de muchos extranjeros. Elegía a sus candidatos por la edad, pero también aseguraba tener cierta intuición para vislumbrar la cercanía de la Parca.
Farruccia escribía perfectas biografías de sus futuros muertos y, si al terminar el año sus muertos no morían, dedicaba los meses del verano para actualizarlas. El famoso escritor había publicado un nuevo libro, el ex gobernador ahora era
diputado nacional, la cantante había grabado otro long play, el actor se había vuelto a separar y tenía un nuevo romance. Todo se sumaba a la historia del superviviente.
Así pasaron treinta años. Diciembre de 2009 lo había encontrado ahora listo para jubilarse, con todos los aportes, los años necesarios y los trámites hechos. A principios de noviembre ya había anunciado: ─Termina el año y me voy─. Se lo había dicho al hombre que había reemplazado a Salvatierra hacía ya mucho tiempo, un tipo joven que le caía mal y a quien consideraba un ignorante.
Había pensado en dedicar esas últimas semanas a actualizar sus notas. Pero el 20 de noviembre pasó algo importante. Habían internado a Sandro en el Hospital Italiano y le habían hecho un doble trasplante de corazón y pulmones. La operación había salido bien, pero el 12 de diciembre la salud de Roberto Sánchez empeoró. Sandro era el preferido de Marcela. A Farruccia le gustaba el jazz, un poco el tango, pero no le convencían los baladistas, aunque reconocía las cualidades de Sandro. ─Es una lástima, podría haber hecho cosas mejores. Es un desperdicio─, le decía a Marcela. Aun así, de tanto escucharlo con ella, sentía que Sandro era la banda de sonido de su película de amor.
Después que Marcela murió, Farruccia no podía evitar las lágrimas y apagaba la radio o salía disparado del lugar en
donde lo escuchaba. Ahora Sandro se estaba muriendo. Diciembre avanzaba, el estado de salud del cantante iba y venía y el secretario de redacción le preguntaba a Farruccia si ya estaba confirmado que su último día de trabajo era el 31. ─Eso quisiera─, decía OFF, ─todo depende de las ganas que tenga Sandro.
─Un texto recién escrito es agua turbia. Cuando se deja reposar, en el fondo se va depositando lo que estaba en suspensión y ensuciaba todo. A veces es un sedimento escaso y otras, muchas otras, más de la mitad es solo barro─, decía Farruccia, mientras miraba la copa de brandy que tenía enfrente.
Era 3 de enero. Un sábado. Un día raro como para que estuviera sentado en el bar. La única distracción que se permitía Farrucchia desde la muerte de Marcela, era el ajedrez. Los martes y los jueves, después de salir del trabajo, iba a ese bar oscuro de la calle 9 de Julio. Apenas quedaban un par de mesas ocupadas, casi siempre alguna pareja de amantes, tal vez un par de jugadores que tomaban un whisky antes de ir al casino. Roberto, el dueño del bar, ponía en la mesa de Farruccia el brandy, el juego de ajedrez, un vodka para él, se sentaba y armaban el tablero. Apenas un poco más tarde aparecía José, un taxista, y Fermín, un martillero público, que se sentaban en la mesa de al lado, Roberto les llevaba otro ajedrez y una botella de Criadores, vasos y hielo. Cada dos partidas, iban cambiando de contrincante. Así, hasta las dos o tres de la madrugada. Las conversaciones dependían de quien fuera el que las iniciaba. Eso era lo que terminaba imponiendo el tema. Desde hacía unas semanas el tema era Farruccia y su jubilación. Esta noche no era la de un martes o un jueves.
Era sábado 3 de enero, pero habían decidido juntarse porque Farrucci quería distraerse, pero monologaba saltando de idea en idea, mientras los otros lo escuchaban en silencio.
─Tengo tres recuerdos antes de mis cinco años. Si fuera una película, esos fragmentos serían dos minutos. De los cinco a los nueve puedo sumar otros seis minutos. De los nueve a los quince hay ocho o nueve y de los quince en adelante quizás pueda sumar otros diez minutos más. Me he dado cuenta que solo soy un resumen de mí mismo ─, dijo, mientras apuraba el trago. Después, dando jaque mate con el alfil, se paró, dijo chau y se fue.
Caminó sin rumbo hasta las cuatro de la madrugada. Volvió a su departamentito y se acostó. Se levantó a las nueve sin haber pegado un ojo. Pasó por un café, desayunó y se fue a la redacción. Se pasó el día ordenando papeles y borrando archivos de su computadora.
Vio como llegaban y se iban los periodistas y los fotógrafos. Ajustó detalles de su última nota y a las 20.47 de ese domingo 4 de enero de 2009, la mandó a corrección, para que se imprimiera. A las 21 salió sin despedirse y volvió a su casa. Pasada la medianoche, cuando escuchó al primer canillita voceando el diario del día, se disparó en la sien con una Bersa 9 milímetros.
Ese día se habló mucho de la mejor nota publicada por Orlando Francisco Farruccia, pero casi nadie habló de él.