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Historias de por acá

Historias y cuentos de Mendoza: La pata en el frasco

Si me lo contaban no lo hubiera creído, pero lo vi y, por eso, debo escribirlo aquí para que quede constancia de lo que descubrí allá, donde el desierto de Mendoza pelea con el Hombre.

La para del boliche - Historias de por acá

El boliche tenía paredes de adobe, techo de caña y baldosas gastadas. La puerta estaba siempre abierta y las ventanas siempre cerradas. En el único salón había ocho mesas de madera, cada una con cuatro sillas que a veces se sacaban afuera y se ubicaban debajo del parral. Adentro había poca luz, apenas la suficiente para distinguir si había que volver a llenar los vasos y para ver los naipes. El mostrador estaba al fondo y, arriba de él, dos frascos grandes, uno en la punta derecha y el otro en la izquierda. Aquel tenía cebollitas en vinagre y ajíes. El de la izquierda, con tapa a rosca, había tenido aceitunas, pero ahora tenía un pie. Un pie derecho, con zapatilla y todo, y dos medias, una sobre otra. Todo sumergido en formol. “La pata del gringo”, le decían.

Cuando algún foráneo llegaba al boliche, preguntaba: ¿Y eso…? El bolichero contestaba: Es un pie. Después sobrevenía siempre una segunda pregunta, que podía variar entre ¿de quién? o ¿qué hace ahí? La respuesta a cualquiera de las dos consultas era siempre la misma: Estamos esperando que el dueño venga a buscarlo.

Ocurría siempre lo mismo: El curioso estudiaba el contenido del frasco desde una distancia prudencial y no se animaba a continuar con el interrogatorio. Si le alcanzaba el coraje, pedía algo para tomar y se sentaba en la mesa más alejada. Por lo general se iba sin pedir nada.

El pie tenía puesta dos medias, una blanca y la otra igual, pero con rayas horizontales azules. Eran del tipo toalla. La zapatilla era número 43, blanca con dos líneas rojas en diagonal y de una marca desconocida, posiblemente inglesa. Tenía los cordones atados, con doble nudo.

A continuación del pie venía la mitad inferior de una pantorrilla y las correspondientes mitades de la tibia y el peroné. También se alcanzaba a ver algo de piel, blanca y sin vello.

Algunos contaban que varios rengos llegaron al bar para confirmar si esa era su pata perdida. Pero no tuvieron suerte. A unos les faltaba el pie izquierdo y otros no calzaban el número correspondiente.

─ Yo lo encontré en mi patio y es mío, hasta que aparezca su dueño original. Mientras tanto se queda ahí y ¡ojo del que lo toque! ─ decía don Braulio Bermúdez, el bolichero, que junto a Josefina, su mujer, atendían en ese lugar perdido, al sur de Lavalle, casi en el límite con San Martín.

Algunos comenzaron a profesarle cierta devoción a la pata. Le ponían alguna estampita debajo del frasco o le prendían alguna vela.

─ Antes le ponían plata, pero yo lo prohibí, porque siempre se armaba pelea cuando alguno se quedaba sin un mango jugando al truco y se quería llevar unos billetes ─, me contó don Braulio un día que tuve que ayudar a mi cuñado en el reparto de damajuanas y no pude evitar consultarle sobre el tema.

La para del boliche - Historias de por acá
 

Los milagros que el pie realizaba eran muy variados, según los pocos devotos. Uno aseguraba que “le hace zancadillas a la maldad y no deja entrar ningún espíritu a tu casa”. Había otro parroquiano creyente que decía que “si le hacés una promesa, después podés caminar por siempre, sin cansarte”. Al pie también se le atribuían milagros más modestos, como hacer desaparecer un espolón o el pie de atleta. Un cliente siempre contaba emocionado que la pata del frasco había salvado su matrimonio. “Mi mujer me decía que yo era un sucio, que no me lavaba los pies y que se quería separar. Pero no era cierto, yo me lavo, lo que pasa es que transpiro mucho”. El caso es que el hombre le hizo una promesa a la pata del frasco. “Si me sacás el olor, yo dejo de tomar”, ofrendó el creyente. Y así fue. Los pies del buen hombre comenzaron a oler a alelíes y en cumplimiento de su promesa el tipo dejó de emborracharse y el matrimonio comenzó a transitar por sus mejores años.

El pie había aparecido una mañana en la boca de Fatiga, el perro de la pulpería. El choco mordisqueaba el músculo gemelo cuando fue descubierto por su patrón, quién comenzó a ordenarle a los gritos que abandonara tan jugoso desayuno. Fatiga no tenía intención de obedecer, pero los piedrazos y un escobazo en el lomo lo hicieron entrar en razón.

El bolichero metió la pata en una bolsa de nylon y después la mandó a la heladera, junto con la marotilla y el mondongo. Al día siguiente le contó del hallazgo a un cabo de la policía que vivía cerca del bar. “Haga lo que quiera. Si hay un pie, hay un cuerpo. Y seguro que va a aparecer, tarde o temprano”, le dijo el policía. Pero no fue así. Pasaron los días, las semanas y un par de meses y no hubo novedad de la parte del cuerpo que le seguía a la pata.

Don Braulio decidió meter la pata en un frasco grande de aceitunas. Gracias a un primo enfermero, consiguió una buena cantidad de formol y metió todo adentro. Resolvió ponerla sobre el mostrador por dos motivos: “Capaz que alguien puede reconocerla. Además, nadie podrá decir que la tengo escondida y que quiero ocultar el pie de un finado”, razonó.

Al principio fue la gran novedad, pero después pasó a formar parte del escaso mobiliario y casi nadie le dio más importancia. Alguno se persignaba ante el pie y otros le hacían la promesa del momento, pero más por costumbre que por fe.

Bastante tiempo después, como dos años más tarde, unos pibes que buscaban una pelota en una hijuela, encontraron una cabeza o lo que quedaba de ella. Algo de piel, bastante cabello, todos los dientes… El resto había sido mordisqueado y deglutido por los perros, los caranchos y los pericotes.

La cabeza fue al forense. Allí se dictaminó que el muerto tenía entre 38 y 45 años, que posiblemente fuera hombre y que había ido a un dentista caro. Tenía varios arreglos en sus muelas bien hechos y con materiales costosos. “Tiene que haber medido 1,70 o un poco más”, dijeron, teniendo en cuenta la proporción de su testa. Pero había pasado mucho tiempo del hallazgo del pie y no había forma que ambas piezas fueran parte de un mismo cuerpo. La cabeza, sin el formol en que se conservaba el pie, a esa altura tendría que haber sido solo una calavera.

“Para mí, que es del mismo cristiano”, dijo un vecino incrédulo, ocupante habitual de una de las sillas de la pulpería. “El tipo perdió el pie, y después de buscarlo durante casi dos años sin éxito, se degolló él mismo”, argumentó. Nadie adhirió a esta teoría, que se tornó menos probable cuando, apenas un par de semanas después, un perro apareció con una mano izquierda. El dedo anular tenía un anillo, con una inscripción: “Hasta que la muerte nos separe”, decía.

Un día don Braulio, el bolichero, murió de viejo. Dicen que el negocio lo heredó un hijo suyo, que luego lo vendió. Nadie sabe dónde fue a parar el frasco.

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