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Historias de por acá

Personajes de pueblo: El pregonero Gatica, el de “¡güevaditas pa´ los chicoooos!”

¿Quién no tiene entre sus recuerdos infantiles, de la Mendoza pasada, algún pregón pintoresco e insistente? ¿Quién no guarda con cariño la imagen de alguno de esos personajes? Aquí va un fragmento de la historia de uno de ellos.

Gatica - Enrique Pfaab

Hay quienes perduran por sus obras, otros por sus ideas. Algunos que sobreviven por sus gestas, otros por sus delitos, y la mayoría simplemente por sus hijos. Pero también hay unos pocos que quedan en la memoria por su pregón.

“¡Patay, arrope, catitas, güevaditas pa´ los chicoooos!”, gritaba Gatica con voz ronca, mientras pedaleaba enérgicamente su pintoresco triciclo desde Palmira a Tres Porteñas, desde San Martín a Junín, y desde su casa hasta casi cualquier parte.

Gatica
 

En el oriente mendocino es casi imposible que haya alguien con más de 50 años que no recuerde ese canto destemplado. Y también es difícil que no se recuerde al triciclo y a su dueño.

Su apellido era Gatica, era familiar del famoso Mono Gatica, y vivía en Palmira, aunque solía dormir en donde lo sorprendiera la noche.

Era un buen hombre y cargaba de todo en el cajón de chapa del triciclo. Gatica, su triciclo y su pregón eran una unidad.

El hombre era delgado pero increíblemente enérgico y resistente, capaz de recorrer los casi 30 kilómetros entre Palmira y Tres Porteñas con su vehículo cargado con baratijas.

Gatica - Enrique Pfaab
 

El triciclo era una reforma de una noble bicicleta inglesa Triumph, las de frenos a varilla, que tenía un inmenso cajón de chapa, de las que usaban algunos cafeteros, heladeros y hasta algún repartidor. Estaba repleta de banderines, espejos y cuanto chirimbolo llamativo su propietario hubiera considerado digno de ser añadido. Una tapa con bisagras y un candado transformaban al cajón de lata en una segura caja metálica, cuando su dueño debía ausentarse por algún motivo.

El pregón de “¡patay, arrope, catitas, güevaditas pa´ los chicoooos!” (para los pendejos, sostienen que decía) indicaba que en ese triciclo se podían adquirir las más variadas e inusuales baratijas. Desde yuyos medicinales hasta condimentos; desde desplumados pajaritos hasta autitos de plástico; desde tortitas hasta alguna plancha usada de procedencia incierta. Lo que más vendía era patay, esas deliciosas golosinas de harina de algarrobo tan difíciles de conseguir en este presente ingrato.

Gatica vivía en una modesta casita de adobe, arrinconada en el fondo de Palmira. Se había juntado con una mujer norteña, posiblemente jujeña o boliviana, retacona y robusta, de ojos perdidos entre pómulos hinchados y cejas tupidas. Solía cargarla en su triciclo y llevarla con él, más para asegurarse que no se le fuera que para cumplir alguna función en el cambalache.

La policía se apersonaba cada tanto en la casa de Gatica. A veces lo usaba como fuente de información.

Cuentan que Gatica solía emborracharse con frecuencia y, cuando la curda le alcanzaba para llegar hasta su casa, solía descargar sus frustraciones con su mujer. Una siesta el alcohol lo puso exageradamente violento y Gatica fue denunciado.

Se lo buscó en los lugares habituales, pero no lo encontraron. Como a las 18 su triciclo apareció frente a la iglesia de Junín, sin roturas ni faltantes, salvo su dueño.

“Pongan un policía de consigna al lado del cachivache ese. El loco este ya va a aparecer a buscarlo”, ordenó el comisario que se había hecho cargo del caso.

A la una de la mañana, el cabo que había sido asignado fue relevado “sin novedad”. A esa altura ya se habían inspeccionado todos los bares, clubes y aguantaderos que Gatica solía frecuentar. Los policías estaban preocupados. Imaginaban que el personaje podría haberse caído a un canal o que se hubiera desgraciado para evitar el calabozo. La teoría menos probable era la de que hubiera abandonado la zona.

Ya eran las 9 de la mañana y se habían hecho otros dos relevos junto al triciclo. El milico pegó un salto cuando se comenzó a levantar sola la tapa del cajón de chapa. Gatica surgió de allí dentro, lagañoso y despeinado. Miró al policía y con su voz aguardentosa lo saludó con un: “¡Güenos díííías!”.

Gatica - Enrique Pfaab
 

Dicen que Gatica estuvo todo ese día preso y que recién lo largaron cuando caía la noche, después de pintarle los dedos e informarle que era propietario de una causa por lesiones. Una semana después, su mujer lo abandonó definitivamente. Dicen que viajó para el norte en busca de una mejor vida.

Bastante tiempo después, cierta madrugada de diciembre, Gatica volvía con su triciclo de Tres Porteñas, después de un domingo de truco y vino. Se le hizo la noche cuando pedaleaba por el carril Chimbas, a la altura de Chapanay, y decidió pararse en la banquina y dormir la mona en el cajón. Un camión cargado con duraznos le pasó por arriba. Se salvó de milagro.

Alguna sobrina suya lo recordó con cariño hace un tiempo y contó que Gatica murió unos años después, acompañado por sus familiares

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