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Historias de por acá

La fiesta de despedida del Ejército de los Andes, contada en una carta fantástica

Fue en 1817, días antes de que el Ejército de los Andes emprendiera la campaña libertadora. Dicen que algunos oficiales cruzaron correspondencia años después, recordando aquella fiesta en la casona de don Pedro Molina, hoy conocida como Las Bóvedas, en Kilómetro 8. Esta es una carta jamás escrita, entre dos de aquellos que también festejaron, aunque no en los salones principales sino en las caballerizas.

Histórica carta que nunca fue escrita

Sr. D. Anselmo Tomás Zapiola
Mendoza, Julio 20 de 1823

Mi querido compadre y amigo:

Espero que estas líneas primero lo encuentren vivo, luego sano y por último que lo encuentren en alguna parte. Hace mucho que no sé nada de usted ni de su residencia, pero por necesidad mía he decidido escribirle, por más que no sean mi virtud ni las palabras ni las letras. Por ello también he debido pedir la ayuda de mi sobrina Antonia, que ya es señora y que ha aprendido estas artes en casa de sus patrones.

Por lo que recuerdo, compadre, leer tampoco es una de sus muchas destrezas, por lo que espero tenga a mano alguien que le ayude en ese menester.

Histórica carta que nunca fue escrita
Histórica carta que nunca fue escrita - Ilustración IA 

Hace ya mucho tiempo que no nos vemos y lo poco que he sabido de usted ha sido gracias a algún tropero que ha venido desde Chile.

Cuando usted partió en enero 18 de 1817 quise ir a despedirlo, pero mi señora esposa me convenció de que sería imposible ubicarlo dentro de una tropa de 800 hombres nerviosos e inquietos. Además, dijo que lo más probable fuera que el brigadier Juan Gregorio de Las Heras se molestara conmigo y me metiera de prepo en algún batallón, por más que mi brazo tullido fuera signo de mi inutilidad guerrera.

También es cierto que no quise correr el riesgo de cruzarme con el Mayor Enrique Martínez. Todos dicen que ese montevideano es bravo y que su uniforme no es de paño, sino de sangre. Sabe usted que el Mayor, antes de unirse al Ejército de los Andes en el regimiento dirigido por Miguel Estanislao Soler, fue parte del Regimiento de Dragones en 1801 durante la guerra contra Portugal y también participó en la lucha contra las Invasiones Inglesas. También este salvaje fue capitán del regimiento de Patricios de Buenos Aires y participó en la gestación de la Revolución de Mayo y luego prestó servicios en el sitio de la ciudad de Montevideo, que estaba en manos de los realistas. Eso sin contar con que combatió en la batalla de Cerrito.

Entonces, en virtud de todo esto, he preferido dejarlo ir a usted sin adioses y confiando que nos volveríamos a ver. Pero el paso del tiempo quiere negarme eso y entonces, al menos, he decidido enviarle la presente aún a riesgo de que no llegue a sus manos.

Mi espíritu estaba tranquilo hasta hace un tiempo. Supe por rumores que usted había salido entero del cruce por el Paso de Uspallata y el valle del Río Mendoza, en esa columna que fue conduciendo todo el parque y la artillería. Seguramente que la presencia entre Vs. del fraile Luis Beltrán ha ayudado a que el camino haya sido venturoso.

También he sabido de los triunfos para gloria de la Patria que han logrado en los combates de Picheuta, de Potrerillos y de Guardia Vieja y que ha llegado usted sano a Santa Rosa de los Andes en febrero 8. Y supe que ese día se reunieron allí con la división principal que el día anterior salió victoriosa en Las Coimas.

Pero desde allí y desde ese día, a pesar que alguno haya asegurado habérselo cruzado en alguna parte de Chile, ya no he sabido nada de usted a ciencia cierta y no sé si respira aires chilenos, aires limeños y ni siquiera sé si aún respira. Por ello mando la presente a otro compadre mendocino, para que sea él quien intente encontrarlo y entregársela.

Quisiera recordar aquí momentos gratos ya que estos no lo son. No sé si usted estará enterado, pero a nuestro General los unitarios lo tienen entre ceja y ceja. Para colmo, dicen que su señora esposa Remedios está muy enferma en Buenos Aires y él, recluido en su chacra de los Barriales, desea llegar hasta ella pero le han advertido que se arriesga a una emboscada en alguna parte del Camino Real por orden de Rivadavia o por alguno de sus mandados.

Por todo esto, compadre, prefiero recordar buenos tiempos.

La última vez que tuve la oportunidad de verlo a usted, fue aquella noche de principios del enero de 1817, antes de que partieran las tropas hacia Chile. Seguramente también se acordará usted.

Fue en la casona de Don Pedro Molina, al borde del Carril de las Carretas, cerca de las tierras del tropero Pedro José Arenas, de las estanzuelas de los troperos Juan de Dios Míguez y Nicolás Serpa y limitando con la estancia de Don José Pescara y la del capitán Antonio Fulgencio Moyano, donde la Posta de Rodeo del Medio.

Aquella noche hubo fiesta, ¿lo recuerda? La familia Molina quiso, como buen augurio, hacerle una gran cena y baile a nuestro general y sus oficiales además de permitir que nosotros, la peonada y la servidumbre, plantara unas cruces cerca de las caballerizas e hiciéramos unos costillares.

No lo vi yo, pero dicen que en la casona había en las mesas carne asada, guisada y locro. También perdiz, humita y pasteles de los más variados. Me contaron de algunas delicias, de dulces y mermeladas que jamás he probado.

Adentro y afuera hubo baile, ¿se acuerda? A mí ya me faltaba el brazo izquierdo, después de aquella doma cuando se me quedó enredado en las riendas y el zaino de los Balmaceda me lo dejara colgando, casi arrancado, y el matasanos de Mendoza decidiera cortarlo para evitar el riesgo de la gangrena. Entonces me quedé con las ganas de guitarrear, porque usted sabe lo mucho que me gustaba hacerlo. Y fue por eso que no quisieron enlistarme. A según ver, capaz que el zaino terminó salvándome la vida. ¡Vaya a saber usted si hoy estaría vivo!

Algunas cosas las vi y otras me las contaron después los de la servidumbre.

Yo mismo vi llegar a nuestro General a lo de los Molina. Vino de Mendoza y algunos aseguran que llegó con su esposa Remedios, pero no podría asegurarlo. En cambio, sí vi a su amiga, doña María Josefa Morales. Usted seguramente la recordará como la Pepa. Tiene un hablar particular porque es mexicana. Dicen que es la condesa de los Ríos y viuda de Pascual Ruiz Huidobro. Era buena amiga del general y cuentan que, cuando el Libertador regresó aquí y se recluyó en su chacra de los Barriales, ella es una de las pocas que lo acompaña y que hasta es ella la que ha guardado su sable corvo.

Don José visitaba la casa de los Molina con frecuencia. Siendo gobernador, elegía ese sitio como lugar de descanso. Me han contado que a su capataz Pedro Advíncula Moyano, le ha encargado que ante cualquier imponderable que ocurriera y si el mismo general no está presente para resolverlo, tenga en cuenta a la residencia de los Molina como albergue para sus cosas.

Yo pude reconocer entre quienes llegaron a don Manuel de Olazábal y su mujer Laureana Ferrari de Olazábal. También a la señora Mercedes Álvarez de Segura, a doña Dolores Prats y a Antonio Luis Beruti y Toribio de Luzuriaga. También a muchos otros de la oficialidad.

Recuerdo claramente al alférez Mariano Necochea y a su hermano Eugenio. También al teniente Juan Lavalle. Don Mariano y Lavalle fueron de los más animados en la fiesta y se cuenta que desde ese momento entablaron una fuerte amistad, casi tanto como la nuestra, compadre. Incluso sé que esa noche el teniente Lavalle conoció a Dolores Correa, parienta de los dueños de casa, con quien luego entabló un romance que se transformó en matrimonio, según las noticias que me han llegado.

Pero todo esto es recuerdo, apenas suficiente para sostener viva aquella última vez que estuve con usted, compadre. Ahora, acompañado por mi señora mujer y mis cinco hijos, apenas me queda la ausencia y la preocupación por no tener noticias suyas.

Aquella vez, bastante picados como la mayoría, disfrutamos de la vida antes de la encrucijada de la batalla. Yo solo ruego al Altísimo que podamos reencontrarnos alguna vez, aunque más no sea en un recodo de la huella.

Sepa que aquí lo espera su mejor amigo, pidiéndole a Nuestro Señor que le haya conservado la vida y ahora le guarde la salud.

Siempre suyo:
Arístides Eusebio Buenanueva

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