HITORIAS DE POR ACÁ

La inocencia y todas esas cosas que conviene no saber

Las asperezas de la vida, su crueldad, no se lleva bien con la inocencia de la infancia. Pero, a veces, suceden cosas que destrozan cualquier resistencia.

La ciudad estaba dividida por las vías. De un lado, hacia el costado que terminaba en el río, estaba la ciudad del cine, de la iglesia, de la plaza principal, de los restaurantes bonitos, de las escuelas privadas y las escuelas públicas más renombradas. 

Del otro, del lado donde todo terminaba en villas y después en campo, estaba la fábrica, las casas bajas, las calles de tierra y una calle con aspiraciones de avenida que unía todo. La diferencia entre los dos costados se percibía claramente cuando uno llegaba en tren desde la capital. Hacia el noreste, las calles arboladas e iluminadas, los frentes de las casas bien pintadas, con malvones en la entrada. Hacia el sudoeste los pastizales junto a las vías, la fábrica al borde del callejón oscuro, el bar de los obreros al lado de la estación, la parada de colectivos en los que viajaban esos obreros, una ferretería y, arriba de la ferretería, un enorme cartel oxidado que promocionaba un hotel ubicado en la frontera, antes de las villas. “Hotel Zácate”, decía.

Esa inocencia que uno de grande no quiere perder - ilustración: IA

La memoria es extraña. Los recuerdos se guardan fragmentados. Los que quedan bien agarrados, están remachados por alguna emoción intensa que los dejó fijados allí, allí o en el inconsciente, donde quedan agazapados para saltar cobardemente cuando las defensas están bajas.

De sus cinco años de edad, Gustavo recordaba que la calesita, la mejor heladería, la feria de los miércoles, el puerto de frutos, el cine y las comparsas de carnaval estaban hacia el noreste, hacia el río. Allí ocurría la fiesta y el disfrute. Del otro lado de las vías vivía Gustavo y los amigos de Gustavo. Lo mejor de ese lado era el puesto ambulante del manisero, entre las vías y la fábrica. Algunos atardeceres, que muy posiblemente hayan sido los de algunos sábados, su padre lo llevaba a la calesita, donde el niño no se trepaba a los caballos y los aviones, sino que se quedaba parado, agarrado a los caños que soportaban la estructura para poder atrapar la sortija con mayor facilidad. De regreso a casa, el padre le compraba un cucurucho de maní caliente. En esos momentos, durante el tiempo que duraba el cucurucho, casi no extrañaba la ausencia de su madre y sentía que la vida era algo posible, palpable, tibio, sabroso.

Esa inocencia que uno de grande no quiere perder - ilustración: IA

De este lado, desde las vías y durante las 15 cuadras hasta la ruta de dos carriles que venía de la capital y llevaba hasta la pampa húmeda repleta de trigales y girasoles, había un escalonamiento decreciente en la calidad de las construcciones. Las primeras cinco o seis cuadras las casas, salvo tres o cuatro que se destacaban por su amplitud y trabajo arquitectónico, eran simples pero bien construidas. Cuadradas, con diseños de los 50. Y, a medida que se avanzaba hacia la ruta, había cada vez más talleres, fábricas pequeñas, casas con sus paredes sin revocar y baldíos. La ruta, al fondo, era una frontera. Aparecía ahí el campo abierto y algunas villas de casas muy humildes, casi precarias. 

En esa frontera estaba el hotel Zácate, un edificio despintado, de ventanas con las persianas casi siempre cerradas y una entrada polvorienta donde nunca se veía a nadie. Gustavo lo descubrió una tarde en que el padre lo había llevado a la vera de la ruta para remontar el barrilete que ellos mismos, juntos, habían fabricado la noche anterior con caña y papel. Fueron dos intentos fallidos y uno exitoso, pero único. El piolín se cortó cuando el barrilete volaba altísimo, lo llevó el viento y se fue a estrellar tan lejos que resultó imposible recuperarlo.

Esa inocencia que uno de grande no quiere perder - ilustración: IA

El cartel oxidado, frente a la estación de trenes, siempre le había despertado a Gustavo una enorme curiosidad. Algo en ese cartel le producía inquietud. Sentía que había algo oculto en él. “Es un hotel”, decía su padre con parquedad cada vez que lo interrogaba. El niño no entendía por qué había un hotel allí, en una ciudad donde nadie venía de paseo. Cuando vio el hotel esa tarde, la curiosidad no disminuyó, al contrario. Sentía que había algo allí que nadie quería contarle. Las dos primeras palabras que aprendió a deletrear y leer no fueron ni “mamá” ni “papá”, fueron “Zácate” y “Hotel”, esta segunda con mayor dificultad, por la H.

Pasó el tiempo, quizás un año. Su padre, posiblemente también su tía, contrataron a Elsa para que se encargara del cuidado del niño mientras ellos salían a trabajar.

Elsa vivía del otro lado de la frontera, en una de las villas. Era morena, cariñosa, de risa fácil, siempre de buen humor. Gustavo no iba a recordar mucho sobre ella, pero sí que tenía un sobrino. Julio se llamaba. Los sábados, después del mediodía y cuando Elsa completaba su semana de trabajo, a veces le pedía permiso al padre de Gustavo para llevárselo con ella a su casa, hasta el atardecer.

Julio tendría unos trece o catorce años en esos días, bastantes más que Gustavo. En la niñez seis o siete años de diferencia son muchos. Uno juega a las bolitas mientras el otro experimenta con revistas porno.

Julio parecía aceptar con agrado el rol de amigo mayor y de cuidador. Hasta se le notaba cierta actitud orgullosa por eso. Sumó a Gustavo a su grupo de amigos del barrio y se encargó de que lo integraran. Posiblemente Elsa habría adoctrinado a su sobrino para que le prestara atención a ese mocoso que había quedado huérfano de madre hacía poco.

Además de pasar juntos la tarde de los sábados, a Julio se le ocurrió que, para sacar de la soledad al niño, los sábados a la mañana lo podría pasar a buscar con un grupo de pibes, al mando de un profesor de Educación Física que trabajaba para la municipalidad, e ir a realizar actividades diversas en un playón deportivo que estaba del lado coqueto de la ciudad. La propuesta fue aceptada. El grupo venía caminado por la avenida desde la villa, a mitad de camino tocaban el timbre en la casa del niño, y lo llevaban con ellos. Gustavo no disfrutaba mucho de esas actividades. Se sentía torpe y mucho más débil que sus compañeros y prefería quedarse al costado del playón, mirándolos. Incluso hubiera preferido no ir con ellos, pero aceptó el trato por la insistencia de Elsa por algunos sábados. Pero fueron tres o cuatro veces. Finalmente le empezó a pedir a Elsa que atendiera el timbrazo y les dijera que estaba durmiendo. En cambio, le gustaba ir a la villa y encontrarse con Julio.

Eran un montón de casillas muy precarias, muy humildes, rodeando un gran predio baldío que se había transformado en una cancha de fútbol, un potrero de tierra pelada pero con arcos bien construidos. Allí, algún sábado, venía a sumarse a los encendidos partidos un jugador de primera división que había nacido allí y aún tenía a sus padres y hermanos viviendo en la villa. Gustavo no guardó el recuerdo de quién era ese futbolista ni en qué equipo jugaba. Algún indicio difuso en su memoria indicaría después que podría ser de San Lorenzo. Pero si recordaba que, cuando venía, los bordes del potrero se llenaban de vecinos.

La tarde del sábado en que se terminó la primera infancia de Gustavo, también hubo partido. 

Esa tarde, cuando el niño llegó a la villa, había encontrado a Julio exaltado, casi eufórico. 

─Vení, vamos a sentarnos acá a la vuelta, te tengo que contar algo ─ le dijo Julio. 

“A la vuelta” era el cordón de la vereda, doblando la esquina, debajo de un plátano, uno de los pocos árboles que había en la villa y que daba una sombra amplia y fresca.

Esa inocencia que uno de grande no quiere perder - ilustración: IA

Julio siempre hablaba mucho, pero casi siempre las conversaciones estaban relacionadas con el fútbol o los juegos. Él se ajustaba a la edad de su amigo para animarlo a hablar, cosa que Gustavo hacía poco. En cambio, con sus amigos de la misma edad, la conversación preponderante eran las chicas de la villa y las compañeras de la escuela. Gustavo los había escuchado, pese a que intentaban hablar bajo o en código, para que no los entendiera.

─Mirá, te voy a contar esto porque vos ya estás grande y tenés que saber ─, le dijo. 

Se conocían hacía unos meses, no tantos, y Gustavo no entendía como, de pronto, ya estaba “grande”. Julio quería hablar, necesitaba hablar, más allá de las edades.

─ Vos sabés que las mujeres y los hombres no somos iguales, ¿no? ─ le dijo. Si, Gustavo, sabía, pero las diferencias que sabía ni siquiera llegaban a las presunciones, pero dijo “si”, y trató de poner una cara que significara “¡por supuesto!”.

Entonces Julio contó. Primero hablo de Graciela, la vecinita de a la vuelta. Gustavo sabía quien era. Julio le había pedido varias veces que lo acompañara y se sentaban frente a la puerta de la casa de Graciela, esperando que saliera. Julio utilizaba cualquier excusa. Alguna pregunta escolar, una consulta sobre si había visto a tal o cual por la villa. Cualquier cosa. A Gustavo le había llamado la atención el interés que ponía Julio en esas conversaciones breves e intrascendentes y, especialmente, la forma en que su amigo miraba a Graciela. 

La muchacha tenía quizás uno o dos años más que Julio y su vivienda era una de las más humildes de la villa. Gustavo había notado también que Graciela tenía algunas redondeces más propias de una mujer que las de una niña y también se había dado cuenta que Julio no era el único que se sentaba frente a la casa de Graciela. También lo hacían otros chicos de la misma edad que Julio y algunos más grandes, de diecisiete o dieciocho años. Además había escuchado a Julio y sus amigos cuando hablaban de Graciela. Era un tema recurrente.

Julio, entonces, le habló de Graciela. Le contó que había estado con ella y le explicó, con el lenguaje de la villa, su primera experiencia sexual.

Gustavo ni siquiera entendía claramente el significado de algunas palabras pero eran palabras que, en su casa y en el jardín, eran consideradas “malas”, se usaban para insultar y si él llegaba a utilizarlas recibía el reto de su padre y su tía.

Gustavo escuchó el relato entre abrumado, extasiado y angustiado, sin saber por qué sentía todo eso.

Julio había hecho un relato exaltado de la experiencia hasta que, en un momento, se dio cuenta de la cara espantada de su amigo y advirtió que había ido más allá del límite. Intentando naturalizar la situación, le dijo:

─No te asustes. Todos lo hacen.

─¿Qué significa eso? ─ preguntó el niño.

─¡Qué todas las personas lo hacen, boludo!. Todos. Cuando los grandes lo hacen y no quieran que nadie los vea, van acá, al Zácate. ¿Nunca viste ese hotel que está al lado de la ruta?

─Si, lo vi.

─Bueno. Ahí van los grandes a hacer esto. Y, a veces, cuando los grandes hacen eso, después nacen los niños como vos...

Gustavo pensó en el cartel oxidado, en las respuestas difusas de su padre. Después preguntó: 

─¿Qué? ¿Los padres y las madres hacen eso?

─¡Claro, boludo!

Gustavo se quedó callado un instante, tomando coraje, y después volvió a preguntar:

─¿Mi papá hizo esto con mi mamá?

Julio respondió y Gustavo supo que una parte de su vida, igual que su madre, se había ido para siempre.