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HISTORIAS DE POR ACÁ

Las diferentes reglas de la ciudad y el campo

No se mide con la misma vara, porque la vida es diferente y las necesidades también. Pero las leyes están hechas para la urbanidad y a veces son injustas en otra realidad. Para entenderlo va aquí una historia, como si fuera un cuento.

Rancho en pleno campo mendocino - Ilustración: IA

El policía se acercó y sacó el papel que se asomaba debajo de la silla del caballo, que estaba allí, quieto, pastando a la sombra del olivo. Después leyó:

Al señor Juez o a quien corresponda:

Se han llevado a los chicos. Y dicen que no los van a devolver. Así nomás. Creo que usted sabrá disculpar la molestia, su señoría, pero he andado por todos lados con esto y no encuentro solución. En los últimos tiempos hemos tenido mala suerte. Y por más que hemos tratado de explicarle cómo son las cosas a los del juzgado de acá, no dejan que los chicos vuelvan con nosotros. La Carmela y yo nos arrimamos hace unos 15 años. Tuvimos tres críos: El Damián, el Jaime y la Lucía. Vivimos en un puesto que queda a unos 50 kilómetros del pueblo, como quien va para el norte, cortando a campo traviesa. Un ranchito modesto, pero bien plantado. El patrón me paga unos pesos por mes, me da algunos vicios y, además, me deja criar algunos chivos junto con los suyos. La Carmela y yo hemos tratado de darle a los chicos lo mejor.

Policía en la escena de hallar la carta - Ilustración: IA
Policía en la escena de hallar la carta - Ilustración: IA

Más que nada hemos tratado de que sean respetuosos y que sepan que con trabajo, honradez y educación no hay de que tener miedo. El Damián es el mayorcito. Anda ya por los 13. El Jaime tiene 10 y después está la Lucía que, con la ayuda de Dios, será la última y ya cumplió los 5. Cuando corresponde, los machitos están en la escuela. Cuando no, ayudan en la casa. El Damián sale conmigo al campo y el Jaime se encarga de ayudarle a la madre: pica leña; se encarga de las gallinas, de un par de chanchos y de esas cosas que le ordena la Carmela. La Lucía parece que nos ha salido buena, porque ya trata de ayudarle a la madre en la cocina y a lavar las pilchas. Por suerte en casa nunca ha faltado la comida aunque, a decir verdad, hubo veces en que la cosa estuvo medio peluda y se hizo difícil parar la olla. Pero nunca faltó un buen guiso y la leche en la mañana para los pibes. En la escuela los críos se la han rebuscado bastante bien. El Jaime hubiera terminado en diciembre el cuarto grado y el Damián, que salió más bruto y repitió el séptimo, después acomodó el tranco y agarró canaleta.

Como le digo, su señoría, todo venía bien hasta que llegaron las fiestas pasadas, cuando los muchachitos volvieron a la casa para las vacaciones de verano. Yo venía complicado con el laburo y una manito del Damián no me venía mal. Hay cosas que, por más que uno quiera, no puede hacer solo. Y lo primero que tenía que hacer era aprovecharlo para arreglar algunos alambrados que estaban volteados. Todo anduvo bien, su señoría. Cuando trabajábamos cerca de la casa, volvíamos para cenar y dormir. Sino, hacíamos noche en el reparo de algún chacay. Habían pasado como diez días y ya casi habíamos terminado con lo más importante. Era viernes y, el domingo a la tarde, el Damián y el Jaime tenían que salir de vuelta para la escuela. Fue ahí donde el diablo metió la cola. Estábamos arreglando una de las últimas alambradas. Le reconozco, su señoría, que por ahí yo andaba apurado para terminar. Por ahí eso fue: el apuro. Estábamos cerquita de la aguada. Ya habíamos cambiado los postes, tirado los hilos y puesto las varillas.

Yo me encargaba de poner las primeras grampas mientras el Damián, que ya estaba ducho, le daba rosca a las golondrinas con una francesa vieja que yo tenía especialmente reservada para eso. No sé bien como fue, porque yo estaba a unos 40 metros del Damián. Cuando sentí el chicotazo yo lo miré y él se miraba la mano. Calculo que la francesa se zafó, que había agarrado el alambre muy corto. No sé, su señoría. Lo que sí sé es que el alambre se soltó, pegó el latigazo y se llevó el dedo del Damián. El del medio, el cochino que le dicen, el de la mano derecha. Se lo arrancó limpito, desde la primera coyuntura.

El momento del accidente en medio del campo . Ilustración: IA
El momento del accidente en medio del campo . Ilustración: IA

El chicotazo mandó la punta del alambre con dedo y todo, a unos 10 metros. Yo fui corriendo hasta donde estaba el muchachito, quietito, blanco, sin una lágrima. Se miraba el dedo mocho y no decía nada. Yo lo sacudí para que me contestara si estaba bien. Él dijo que sí con la cabeza y nada más.

El corte era limpito. Como a propósito. Recién empezaba a sangrar. Se nota que, a donde el alambre lo acogotó, le apretó tanto las venas que apenas podían chorrear. Me saqué el pañuelo del cuello y le envolví el muñoncito. Después me fui a buscar el dedo. Lo encontré enseguida. Todavía estaba enroscado en la punta del alambre, metido en el medio de una mata. Le saqué algunos abrojos que se habían pegado en la carne. Después vacié la tabaquera de cogote de ñandú, lo metí ahí adentro y lo envolví, bien apretadito, como hace uno cuando quiere que el tabaco no se le seque. Montamos y salimos para las casas. Estábamos como a una hora y media. El Damián venía medio enroscado, pero firme, sin ladearse. Calladito. Blanco. Yo lo trataba de tranquilizar. Le decía que no se preocupara. Que, a la final, ese dedo del medio no servía para nada. Qué se yo.

De lejos vi que, parada al lado del corral, estaba la chata del turco. A esa altura del mes el turco siempre pasaba a dejarnos algunos vicios y a cobrarnos los del mes anterior. Cuando entramos a la casa le conté a la Carmela y al turco lo que había pasado. Recién después la vi a ella. Era una mujer rubia, de rulos, calculo que de unos 45 años. Me dijo el nombre, pero no me acuerdo. Dijo que trabajaba para el Gobierno en algo de “no sé qué social”. Yo no la había visto nunca. Cada tanto ha venido alguien por estos lados, pero a esta mujer era la primera vez que la veía.

Se ofrecieron a llevar al Damián hasta la salita del pueblo. Yo les dije que bueno y que si podía ir con ellos. Me dijeron que la caja de la chata estaba llena y que adelante entraban nada más que tres. Me dijeron que, por la hora, me convenía descansar esa noche y que saliera a caballo al amanecer para el pueblo. Que no me preocupara, que ellos se iban a encargar. Les dije que bueno. Subieron al Damián, sentado entre los dos. Yo les di la tabaquera con el dedo y se fueron.

Los chicos y la camioneta afuera del rancho - Ilustración: IA
Los chicos y la camioneta afuera del rancho - Ilustración: IA

Me levanté como a las 5 y monté a eso de las 6. A las 8, cuando iba por el bajo, vi que por la ruta pasaba, como yendo para las casas, la camioneta de la Policía. Me pareció que iban como cuatro personas, pero por el tierral que levantaba no pude saber quiénes eran. Calculé que era el subcomisario, que estaba buscando algún cuatrero. Eran como las 9 cuando llegué al pueblo y me apeé en la salita. La Etelvina, la enfermera, me frenó en la puerta. Me dijo: “Mire, don Bobadilla: el Damián está bien, pero usté no lo puede ver”. “¿Le pudieron pegar el dedo?”, le dije yo. Me dijo que no, pero que no se había infectado y que apenas tenía un poquito de fiebre. “Va a estar bien. No se preocupe. Yo no le puedo decir nada más, pero le pido que vuelva a su casa y después le van a avisar que tiene que hacer”, me dijo, mientras me devolvía la tabaquera, que estaba toda pegotosa. Yo no quise armar lío. A mí el asunto me pareció medio raro, pero le dije: “Está bien”, y me fui.

Cuando volvía para las casas, me volví a cruzar con la camioneta del subcomisario. Me pareció que venía con más gente, pero pensé que habían agarrado a los cuatreros. Lo único que me llamó la atención es que en la caja no llevaban ni cueros ni carne. Después, primero cuando vi los rastros en la tranquera y, más tarde, cuando le vi la cara a la Carmela, se me representó lo que había pasado. “Se llevaron a los chicos”, me dijo ella. Me lo dijo temblando, con una voz rara que no le había escuchado nunca. Tenía los ojos rojos y casi no le podía entender lo que me quería decir. Apenas le pude entender que había venido el subcomisario y que “por orden del Juzgado de Familia” se tenían que llevar al Jaime y a la Lucía a la ciudad. Que al Damián también lo iban a llevar, una vez que le sanara el dedo mocho.

No sé cuánto tiempo estuvimos sentados al lado de la cocina sin hablar. Cada tanto yo agarraba el fierro, abría la puertita y le echaba algún palito para que no se apagara el fuego. De tanto en tanto la Carmela ensillaba el mate. Nada más que para hacer algo. No sé cuánto tiempo pasó. Debe haber sido como al tercer día que juntamos algunas pilchas y salimos para la ciudad. Ya hace tres meses de eso. Mire, su señoría, en el juzgado siempre nos atendieron bien. De entrada. Nos dieron permiso para ver a los chicos un par de veces por semana. La Carmela se quedó en la ciudad y los ve los miércoles y los sábados. Yo voy una vez cada dos semanas, cuando puedo dejar acomodados los asuntos del campo. Pero hay varias cosas que todavía no puedo entender. Tal vez usted me las pueda explicar.

Me dicen acá que nos sacaron a los chicos porque “está prohibido el trabajo infantil”. Además, dicen que, por lo que le pasó al Damián, los chicos están “en situación de riesgo”. No sé qué quieren decir con eso. Dicen que la señora esa que venía con el turco nos denunció. Dicen que ellos entienden la situación, pero que la jueza de familia es una sola, que está con mucho trabajo, que tiene causas muy graves y que tengamos paciencia. Antes nos decían que pronto todo se iba a arreglar. Que usted iba a abrir otro juzgado de familia y que nuestra causa iba a ser la primera que se iba a solucionar. Yo les dije que estaba bien. Que bueno. Pero no pasó nada. O pasó lo peor, según se ve.

Dijeron que la cosa era definitiva. Que todos los que estudiaron en caso decidieron que los pibes no tienen que estar acá con nosotros, en medio del campo. La Carmela dice que por eso no quiere volver. Que si está en la ciudad capaz que se los devuelven. No sé, su señoría. Parece que con lo nuestro la cosa ya no tiene vuelta. Pero, por si acaso, yo le cuento esto para que usted sepa que acá, los paisanos no somos mala gente. Nada más es que no vivimos igual que allá, en la ciudad. Además, ¿Sabe porqué el Damián terminó con el dedo arrancado? Porque yo quise dejarles a mis hijos lo único que tengo: trabajo, honradez y educación. Porque si uno tiene eso, no hay de que tener miedo, ¿no? No sé, yo digo. Quizá esté errado.

Con respeto, un servidor

El policía volvió a doblar la carta y la metió al bolsillo. Agarró las riendas del tordillo y lo empezó a llevar al palenque mientras atrás, colgado de una de las ramas del olivo, todavía se bamboleaba el cuerpo de su patrón.

 

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