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Historias de por acá

Aquellos días felices del verano

El calor es sofocante, pero también liberador. Menos ropa, más carne al aire, más contacto, menos resguardo e inhibición. Este es el recuerdo de aquellos días felices de calor, días tan comunes a todos.

Carnavales de antaño

Me gusta esta idea de Stephen Vizinczey: "El autor joven siempre habla de sí mismo, incluso cuando habla de los demás. Mientras que el autor maduro siempre habla de los demás, incluso cuando habla de sí mismo". Y me gusta porque eso es lo que intento, que lo que cuento le traiga algo al lector, le devuelva un tiempo, una sensación, un sentimiento, que recupere un recuerdo que ya estaba perdido.

Ahora mismo recuerdo un verano, un instante de ese verano, cuando era muy niño. Por alguna razón estaba yo en un zaguán larguísimo y, cada tanto, había puertas que conducían a departamentos alquilados. En el departamento del fondo vivía mi amigo Beto, un amigo reciente, y su familia me había invitado a almorzar. Creo que debe haber sido un cumpleaños o algo así, porque recuerdo una mesa enorme y mucha gente de todas las edades, comiendo y riendo.

En un momento, al final del almuerzo, alguien le tiró una miguita de pan a otro. Este se la devolvió y le pegó al de al lado, que se respondió. Y así comenzó todo. En un instante era una batalla campal, primero con migas de pan, después tirándose agua con sifones e, inmediatamente después, con jarras, con baldes, con lo que sea. La batalla comenzó adentro, pero después se trasladó al zaguán y, finalmente, a la calle. Y en la calle se comenzaron a sumar algunas familias vecinas. Después era toda la cuadra.

No puedo explicar más. Solo sé que era verano, que hacía calor y que aún no era carnaval, pero que lo ocurrido fue un adelanto de lo que sería ese febrero. Prohibir muchas veces, por no decir siempre, produce el efecto opuesto al buscado. Lo prohibido se va macerando clandestinamente, tomando cuerpo en la oscuridad, en los márgenes, y termina resurgiendo con más energía, a veces con más belleza, con más pasión.

Carnavales de antaño
Carnavales de antaño

Ese resurgir puede ser un estallido y otras un simple levantamiento de la prohibición que produce un efecto menos espectacular pero no menos estruendoso. El carnaval es una fiesta pagana, mal vista desde siempre por la Iglesia. También la alegría popular es algo que le cae incómodo y es combatido por los regímenes dictatoriales.

Por eso en 1976, apenas derrocado el gobierno de María Estela Martínez de Perón, la dictadura prohibió los festejos de Carnaval en todo el territorio nacional. Esto sólo hizo confirmar lo que ya quería erradicar con enorme dedicación el gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía.

Quienes habían nacido en los años anteriores a la prohibición y ya tenían edad para recordar guardaron por 34 años algunas imágenes entrañables de esos festejos y las contaron alguna vez a los más jóvenes con profunda añoranza, suponiendo que esas alegrías pasadas eran sólo un recuerdo más de la niñez o de la juventud.

Entonces hubo que explicar los significados de las palabras murga, corso, comparsa y candombe, entre otras. Si bien la prohibición asesinó los festejos en las grandes ciudades, no pudo impedir aquellos que se siguieron realizando en algunos puntos del interior del país, bien metidos en el corazón de la patria y en donde el carnaval tiene mucha más relación con las costumbres de los pueblos originarios.

Carnavales de antaño
Carnavales de antaño

Curiosamente, los que no protestaron por la prohibición fueron los que por muchos años después aseguraban que “la alegría es sólo brasileña” y admiraban los carnavales de Río. En cambio, nada decían de las magníficas murgas uruguayas porque éstas eran contestatarias y rebeldes. Peligrosas.

Pero los vecinos comunes que añoraron durante años los comunes festejos vecinales atesoraron imágenes simples, alegres y no olvidaron ni perdieron la esperanza del regreso del carnaval. Más allá de los grandes corsos que se celebraban en las principales avenidas de las ciudades, de los bailes de todo pelaje, los recuerdos más entrañables son los festejos barriales, las batallas a baldazos entre vecinos, los pomos y las bombitas de agua. Y también los corsos barriales y las modestas carrozas montadas en la chatita de la cuadra.

Pero el carnaval ha vuelto. Y es como vencer el paso del tiempo. Es bueno que, por un rato, por cuatro días locos, tengamos una vida de carnaval. Que, como dice la murga: Que el letrista no se olvide de jugarle a las tres cifras para ver si se endereza y se puede dedicar a escribir versos de murga frente a un plato de buseca y mandarse alguna letra en honor al carnaval.

(...) No te olvides de cantarle a los cracks que no llegaron, dedicarle alguna estrofa al borracho y su amistad, y no vayas a olvidarte que en lugar de tanto verso cuantas veces el silencio es la voz de la verdad.

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