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Historias de por acá

La ausencia en los últimos días de diciembre

Todo es más intenso hacia el final del año. Todo. La alegría y la tristeza también. Ocurre que el alma anda más permeable, más sensible. Entonces, ocurren cosas como estas.

Historia de por acá - las ausencias que duelen en navidad

Los últimos días de diciembre siempre fueron difíciles para Bernardo Shad. Desde niño la inminencia de la Navidad le producía una desilusión anticipada. Sabía que, a diferencia de la mayoría de sus amigos que recibirían juguetes, él tendría un pullover tejido por su madre y una herramienta de carpintería regalada por su padre, “para que vayas aprendiendo un oficio”. Nunca le habían permitido la
ilusión de los regalos mágicos ni de los juegos.

Cuando regresaba a la escuela, los meses en donde se reunía con otros niños, se enteraba por ellos que las navidades eran distintas para los demás. Lo único bueno de esos días era el Lebkuchen que horneaba su madre y que, midiendo el consumo, podía durar hasta febrero. Ese sabor a canela, miel y jengibre eran el mejor recuerdo de su infancia.

Su casa estaba en medio de una superficie de 10 hectáreas, propiedad familiar centenaria, muy lejos del pueblo a dónde iban una vez por mes a proveerse de alimentos, kerosene para los faroles y maíz para las gallinas, los gansos y los patos. La familia más cercana a ellos estaba a unos 6 kilómetros y casi no tenían trato. Las únicas visitas eran los camiones que venían a traerle la madera a su padre y los que venían a buscar lo muebles que su padre construía con ella. Bernardo Shad fue hijo único y un niño callado que parecía un hombre, que cumplía las obligaciones impuestas por sus padres sin chistar y se obsesionaba por resolverlas a la perfección. Solo se permitía, al atardecer, adentrase en la estepa por algún sendero y tratar de descubrir algún animal e intentar relacionarse
con él de alguna forma. Ese era su único juego.

Historia de por acá - las ausencias que duelen en navidad
Historia de por acá:  las ausencias que duelen en navidad - Ilustración: IA

A los 16 años ya conocía el oficio de carpintero casi tan bien como su padre. Incluso era más rápido y más efectivo en algunas tareas. A los 18 Bernardo Shad conoció a Rosalía. Fue una tarde en el pueblo, cuando cargaba en la camioneta una bolsa de harina para los panes de su madre. Y la Navidad de ese año quizás haya sido la única que deseaba recordar. El 24 a la noche, después de cenar con sus padres, se escabulló y fue a encontrarse con Rosalía junto al canal. Bebieron de la botella un brandy que ella había logrado arrebatar de la alacena de su madre y luego, medio ebrios, tuvieron sexo.

Se fueron a vivir juntos en agosto del año siguiente a una casita bastante precaria, que Bernardo construyó apurado junto al taller de su padre. Ernesto, el primer hijo, nació tiempo después. El padre de Bernardo murió de neumonía ese otoño y no llegó a conocer a su nieto. A pesar de su nueva familia, Bernardo no pudo disfrutar esa Navidad. Había extrañado a ese hombre frío y distante, pero buen maestro.

La carpintería siguió trabajando normalmente, ahora exclusivamente a cargo de Bernardo Shad, que perdió a su madre al año siguiente por una infección mal curada. Teresa, su segunda hija, nació 5 meses después. Los siguientes 15 años transcurrieron sin grandes novedades, salvo la pérdida de dos dedos de la mano derecha de Bernardo Shad por culpa de la sierra circular.

El hombre, que normalmente hablaba poco, caía en un estado taciturno en esos días que su mujer no entendía. Aun así, les compraba algún juego a sus hijos para el 25 de diciembre, tratando de salvarlos del silencio y la soledad. Por eso también es que consiguió después rentar una modesta casa en el pueblo, para que pudieran seguir estudiando. Con ellos se fue su mujer, que no se animó a dejarlos solos. Y unos años después, para que Ernesto pudiera seguir los estudios de ingeniería y Teresa de medicina, Rosalía y sus hijos se mudaron a la gran ciudad. Rosalía y sus hijos venían a verlo una o dos veces al año, nunca en Navidad porque sabían que era un momento en que Bernardo Shad prefería la soledad absoluta.

A veces llegaba una carta, contando las últimas novedades, especialmente en la vida de sus hijos. Así se enteró cuando nació su primer nieto, hijo de Teresa. Así se enteró cuando enfermó Rosalía. Así se enteró cuando ella murió. Los últimos días de los últimos diciembres, casi siempre los 23, Bernardo Shad armaba un pequeño morral y salía a caminar. Caminaba al menos un día completo, se acomodaba casi siempre cerca de algún canal y pasaba la Navidad allí. Volvía a su casa el 26.

El último diciembre de Bernardo Shad comenzó para él como todos los anteriores. Como siempre hacía en esos días, se sentó por las tardes en la misma piedra, mirando hacia el oeste, viendo como caía el sol. Sin un gesto, nada, solo mirando el crepúsculo. Cuando amaneció el 23, cerró la puerta de su casa y del taller, eligió sin pensar mucho uno de los senderos y comenzó a caminar, esta vez sin morral.

Historia de por acá - las ausencias que duelen en navidad
Historia de por acá: las ausencias que duelen en navidad - Ilustración: IA

El 29 de diciembre Francisco Becker, un vecino que vivía a 10 kilómetros, fue a buscar un mueble que le había encargado. Becker encontró todo cerrado y a las aves de Shad nerviosas y con hambre. Era extraño. El carpintero nunca dejaba su casa sola tanto tiempo.  Becker fue al pueblo y dio aviso a las autoridades. Al día siguiente comenzaron a buscar a Bernardo Shad. Durante las siguientes dos semanas lo buscaron. No encontraron nada. Ni al hombre ni sus huellas.

Un jinete lo encontró tres meses después. Estaba tenido junto a un canal. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como si se hubiera tendido así para relajarse. Supo que era Shad, porque a la mano derecha le faltaban dos dedos. La cara de Bernardo Shad parecía tener dibujada una sonrisa. Pero es imposible asegurarlo, porque nadie lo había visto nunca sonreír. Quizás haya sido solo una mueca.

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