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IDENTIDAD MENDOCINA

La Vendimia de los 90 años tuvo alma, pero también un silencio incómodo

Con una música excepcional, escenas cargadas de sensibilidad y un despliegue visual imponente, la fiesta de los 90 años conmovió al público. Sin embargo, la débil presencia del agua dejó una deuda simbólica difícil de ignorar.

Fiesta de la Vendimia 2026

La Fiesta Nacional de la Vendimia 2026 celebró sus 90 años con una puesta ambiciosa, de fuerte impacto visual, con ritmo, emoción y una clara vocación de homenaje. No se trataba de una edición más: el aniversario exigía una mirada a la altura de la historia de una celebración que, desde 1936, se convirtió en el mayor símbolo cultural de Mendoza.

Y en ese recorrido hacia el origen aparecieron, con justicia, los nombres de Guillermo Cano, el gobernador que instituyó la Fiesta de la Vendimia, y de Frank Romero Day, figura clave en el impulso inicial de una celebración pensada para mostrar Mendoza al país y al mundo. La idea de hacer dialogar pasado y presente, de traer simbólicamente a los creadores para que observaran en qué se convirtió aquel sueño, fue uno de los aciertos conceptuales más fuertes de la noche.

Vendimia 2026
Guillermo Cano y Frank Romero Day en e escenario de la Vendimia 2026

También fue central el trabajo del director Pablo Mariano Perri, que asumió el desafío de conducir una edición especialmente sensible por su carga histórica. La fiesta tuvo movimiento, no se hizo pesada y logró sostener la atención del público. Hubo oficio, lectura escénica y un resultado general sólido, con varios momentos de verdadera conexión con la gente.

Ahora bien, si hubo un aspecto verdaderamente sobresaliente, fue la música ensamblada por Paito Figueroa. Lo suyo resultó excepcional: popular, emotivo y con la capacidad de construir una verdadera radiografía sonora de los 90 años de historia vendimial. La música tuvo pulso mendocino, alma popular y una sensibilidad que en varios pasajes logró decir más que cualquier explicación. A eso se sumó la composición original creada para esta edición, brillante y con matices muy interesantes, aportando espesor, identidad y una textura artística de gran nivel.

Uno de los momentos más logrados del espectáculo fue, sin dudas, el cuadro de la Virgen de la Carrodilla, resuelto con altura, respeto y emoción genuina. Fue una escena sensible, bien tratada, sin golpes bajos ni estridencias, que logró conectar con una dimensión muy profunda de la tradición cultural y espiritual de Mendoza.

La propuesta, además, tuvo cuadros eficaces que amalgamaron bien el vino, las lágrimas, los cosechadores, la memoria y el sentimiento de pertenencia. Hubo pasajes de belleza visual, momentos de emoción auténtica y una percepción general de fiesta arraigada en el corazón mendocino. En ese marco, el show de drones aportó un cierre imponente y contemporáneo, aunque por momentos se extendió más de la cuenta.

Vendimia 2026
Vendimia 2026 y el show de drones 

Hasta ahí, el saldo artístico fue claramente positivo. Pero justamente por eso, la ausencia del agua como eje simbólico fuerte se sintió todavía más. Y no como un detalle menor, sino como una omisión de fondo.

Porque si hay un elemento que explica la historia de Mendoza, es el agua. El agua transporta la memoria, ordena el territorio y hace posible la vida en el desierto. No hay oasis, no hay viña, no hay cosecha ni vendimia sin ese bien escaso que define la identidad provincial. Por eso, en una fiesta que eligió hablar de memoria, de raíces y de construcción colectiva, dejar al agua en un plano tan tenue terminó siendo una falta difícil de comprender.

Más aún cuando el propio espectáculo aludió al desierto convertido en oasis, al trabajo de generaciones y a la herencia de los pueblos originarios. Precisamente allí estaba una de las claves más profundas de la identidad mendocina: el manejo del agua y el cuidado de un recurso vital, algo que distinguió históricamente a los huarpes y luego a toda una cultura productiva levantada en condiciones adversas. En una Vendimia que quiso volver a las raíces, esa ausencia pesó.

Vendimia 2026
Vendimia 2026, el único momento que la imagen muestra agua, en el relato jamás hubo mención

Y allí aparece una pregunta válida. ¿Fue una omisión exclusiva del guion o también de quienes tuvieron que evaluarlo, advertirlo y corregirlo? Porque no parece del todo justo cargar ese faltante solamente sobre Silvia Moyano, autora del guion. Una fiesta de esta magnitud no depende de una sola mirada. Supone instancias de evaluación, lectura, dirección, devolución, selección y validación previa.

Por eso, si un aspecto tan determinante como el agua no alcanzó la centralidad simbólica que merecía en una edición tan cargada de historia, la observación no debería recaer sólo sobre la guionista. También cabe preguntarse por el criterio del jurado, por la mirada general de quienes aprobaron la propuesta y por las instancias artísticas que no detectaron a tiempo una omisión tan evidente. Si nadie advirtió ese vacío conceptual en una fiesta que justamente apelaba a la memoria mendocina, entonces la falla no es individual: es compartida.

Y ese interrogante se vuelve todavía más sensible en el contexto actual, donde cualquier referencia al agua se cruza inevitablemente con discusiones de enorme peso social, político y cultural, como la ley de glaciares, los proyectos mineros y la defensa de los bienes comunes. Tal vez por prudencia, por incomodidad o por evitar entrar en una zona conflictiva, el espectáculo prefirió no poner ese tema en el centro. Pero si fue así, la omisión resulta todavía más significativa.

Porque la Vendimia, cuando realmente está a la altura de su tiempo, no sólo debe emocionar: también debe contar con honestidad quiénes somos. Y Mendoza no se explica sin el agua. No como consigna, no como eslogan, sino como verdad histórica, cultural y vital.

Vendimia 2026
Vendimia 2026, 90 años de la misma cepa

Con todo, la Vendimia 2026 dejó una impresión positiva. Hubo un equipo sólido, mucho trabajo, una dirección cuidada y un resultado artístico valioso. Emocionó, tuvo vuelo popular, recuperó figuras fundacionales, propuso escenas de gran impacto y celebró con dignidad una fecha tan fuerte como el 90° aniversario.

Pero al mismo tiempo dejó una duda que no es menor. En una fiesta construida sobre la memoria de Mendoza, no alcanza con celebrar el vino, la cosecha y la emoción: también hay que nombrar aquello que hizo posible todo lo demás.

Y eso, en esta tierra, tiene un nombre irremplazable: el agua.

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