Peleas eran las de antes: Así se resolvían las diferencias en la antigua Mendoza
Muchos dicen, como una sentencia infalible, que todo tiempo pasado fue mejor. También se asegura que la violencia es de esta época. Pero no es así. Antes, para resolver los conflictos, solo había dos posibilidades: o se solucionaban dialogando o se resolvían con un duelo o en una pelea a golpes de puño.
Aun así, hay una idea general de que las épocas pasadas fueron mejores. Más humanas. Más pacíficas. Más justas. Más honrosas. Quien escribe sospecha que esto no es tan cierto. Lo mejor que tiene el pasado es que ya está superado y que en su rescoldo solo queda lo pintoresco, lo anecdótico y lo agradable. La memoria humana es muy generosa. Deja escurrir lo malo y guarda lo bueno.
No hay nada mejor para sostener esta teoría que revisar algunos párrafos de las historias mundanas de los pueblos mendocinos. Las peleas, por lo general, tenían dos orígenes: problemas de polleras o diferencias económicas. En esto quizás no haya muchas diferencias con el presente.
Vamos a retroceder a 1928, a un pueblo que crecía vertiginosamente gracias a la llegada del ferrocarril y en donde se habían instalado, como también había sucedido en la bonaerense ciudad de Junín, los talleres en donde se reparaban las locomotoras. Vamos a la Palmira de ese año.
Un canal, ahora cubierto y hecho avenida, dividía al poblado en dos. Al norte, pegado a las vías, crecía la villa de Palmira. Al sur prosperaba más lentamente villa Dumit, que había tomado el nombre de los dueños de esas tierras.
Cada uno de estos poblados tenía su propia usina eléctrica, que se generaba con motores a gasoil. Del lado sur, quien explotaba la energía eléctrica era la sociedad Rédital - Echegaray, que estaba conformada por los señores Conrado Echegaray y Ángel Rédital.
En la hemeroteca de la Biblioteca San Martín se puede encontrar alguna noticia de esa época. Un diario recuerda lo que ocurrió una tarde jarillera de ese año. Allí se dice que Conrado Echegaray había estado sacando números durante varios días y que estos no le cerraban. Que las ganancias de la usina tendrían que haber sido más suculentas de lo que decían esas cobranzas.
Además, también le había llegado algún chisme de que a su socio las cosas le habían ido mucho mejor en los últimos tiempos y que prosperaba mucho más que él. Entonces, después de acumular enojo y de llegar a algunas conclusiones unilaterales, decidió cortar por lo sano.
Atardecía, como corresponde a toda gran tragedia. El sol se acostaba sobre la cordillera. Don Conrado encaró a su mujer y a sus hijos y les dijo: No salgan a la calle, por más que escuchen lo que escuchen. El hombre abrió la puerta y salió de la casa.
No tuvo que caminar mucho. A pocos metros estaba a quien buscaba: su socio Ángel Rédital. Echegaray desenfundó el revólver apenas lo vio y Rédital dio media vuelta e improvisó una fuga apenas detectó el matagatos en manos de quien había sido su amigo.
No fue lejos. Echegaray lo corrió y cuando lo tenía a poca distancia apretó el gatillo. La primera bala hizo que Rédital cayera. Después el agresor se acercó y vació el tambor del revólver, en medio de los gritos de una de las hijas de la víctima, que lo había acompañado y que rogaba que no siguiera disparando. Echegaray le hizo caso solo cuando se le terminaron las balas.
Este no fue el primer homicidio ocurrido en Palmira. El 26 de julio de 1911 uno de los fundadores de Palmira, Guillermo Fuseo, recibió un balazo que se le introdujo por el ojo izquierdo y lo mató en el acto. Su homicida fue un ex empleado suyo, Juan Nicolás Balobano, alias Nicolo, quien había llegado a la oficina de Fuseo reclamándole una deuda. Pero esa historia ya ha sido contada en estas páginas.
Pero, además de violencia en los actos, también había violencia en las palabras en esos años. Igual que en cualquier otra época. Basta con revisar una vieja carta enviada por un padre a su hijo, que estudiaba en Italia. Estos eran integrantes de una familia que era dueña de una gran cantidad de tierras en Palmira y que habían recibido el pedido de la pujante comunidad para que le donaran al pueblo un terreno para instalar el cementerio allí. En la carta el padre le decía a su hijo:
Lea los diarios que le mando. En la última página los canallas de Palmira quieren que les regale un terreno para cementerio y yo les he dicho que los muertos de dicha localidad ni yo puedo ni de mí dependen. Que los tiren a los cuervos o al río.
No siempre ni para todos, todo tiempo pasado fue mejor. Claro, ahora son solo anécdotas y nadie se espanta.