Recuerdo al niño que fui. Recuerdo la frase: “Firma del padre, tutor o encargado” y la incertidumbre que me provocó leerla por primera vez. ¿Qué es un tutor? ¿Qué es un encargado? ¿Existían niños que iban a la escuela de la mano de un tutor, de un encargado? ¿Quiénes eran esos señores que no eran padres de esos niños y que ejercían esos títulos?
Recuerdo la angustia de ese niño que fui, preguntándome si a mí también me podía pasar que el boletín tuviera que ser firmado alguna vez por un tutor o un encargado. Seguramente serían señores extraños que no conocía y que no me conocerían. Serían señores que se dedicaban a eso, seguramente gentes amigas del director y que concurrían a la escuela inmediatamente cuando el director los convoca para entregarles un niño cuyo padre ya no firma boletines, porque no podía o porque no estaba.
Recuerdo al niño que fui, meditando que un encargado quizá no fuera tan terrible, porque lo más probable era que solo se encargara de conducirme a la escuela y firmar. Pero el tutor seguro era un hombre cruel, con una varilla de mimbre en la mano derecha. Un hombre que jamás sonreía.
El niño que fui pensó que seguro era un déspota, pero solo si hubiera conocido la palabra déspota. Yo, como otros niños que no conocía, quizá también caería bajo la dictadura de un tutor que me mantendría encerrado en casa todo el día haciendo tarea y ordenando mi pieza, salvo cuando estuviera en la escuela. Me sometería a una disciplina rígida y absurda. Se terminarían los paseos a la plaza, las idas a la calesita, los domingos al sol, las respuestas.
Recuerdo al niño que fui y recuerdo el espanto por el futuro incierto. Recuerdo ese primer miedo, tan parecido a los que vinieron después.



