El otoño se parece a la nostalgia, no sé por qué. Y huele a manzanas. Era niño y, en un campo atrás de donde vivía, había una plantación de manzanos.
Eran árboles viejos y descuidados, pero se cargaban de frutas que maduraban en el otoño. Nadie las cosechaba. Las manzanas caían sobre un terreno húmedo y acolchado de hojas, cobres y amarillas. Esas mañanas eran casi siempre brumosas y frías y los atardeceres de un rojo intenso. Cuando me metía al campito para juntar manzanas, y a pesar de que el dueño era de familia conocida, prefería hacerlo sin permiso. Creo que eso aumentaba el encanto.
Juntaba del suelo o las que todavía estaban en los árboles, dependiendo del color y la especie. No cargaba muchas, apenas las que entraban en una especie de bolsa que improvisaba con la campera o el pullover. Quizás unas diez o quince, a lo sumo.
La mayoría las comíamos así nomás, al natural, con cáscara y todo. Otras iban al horno, si es que eran de las verdes. Algunas servían para hacer alguna tarta. Otras, para jalea. Toda la casa se llenaba de olor a manzanas. Un perfume dulce, pero suave.
Muchos años después, cuando tuve a mi primera hija, volví a ese mismo sitio e hice lo mismo. El destino quiso que volviera a vivir casi en el mismo lugar, con el manzanar a mi espalda. A pesar de que ya había madurado (al menos eso creía), el aroma, las hojas y la cosecha furtiva tenían el mismo encanto que en mi infancia.
No recuerdo un lugar mejor que ese, a pesar de que había en ese lugar y en esa época, una profunda sensación de melancolía.
Allí no había urgencia.
Hoy, especialmente por las tardes de este otoño, quisiera caminar por allí. Solo, o mejor no tanto. Extraño ese aroma, el suelo lleno de hojas, la bruma... la nostalgia sin sentido que ahora puedo entender.


