Lo vi en un almacén, más bien en un minimercado de esos que se da aires de supermercadito, con una góndola en el centro, una muchacha que vende los productos frescos y una carnicería en el fondo. Chiquito. Estaba en una esquina y los dueños no anduvieron pensando mucho y le pusieron así: “La Esquina”.
Yo estaba comprando algo, seguro, cigarrillos y algo más, porque siempre compro cigarrillos por más que todavía tenga. Lo vi entrar con paso lento. Debía tener 65 años como mínimo, seguramente más. Fornido, canoso, de barba, cansado, con calor.
Tenía la ropa gastada y usaba unos zapatones robustos, de trabajo. Había una especie de bruma sobre su ropa. Pensé que podía ser cemento. Seguro resabio de esas bolsas de 50 kilos que lo han hecho transpirar.
El almacén era bastante céntrico, por más que mantenía cierto aire de barrio y la clientela era charlatana y hablaba fuerte. La gente de las ciudades siempre habla fuerte. Debe ser porque sus voces deben sobresalir sobre el ruido de los autos, las bocinas, las frenadas, las otras voces. Entonces, la clientela del almacén hablaba así, fuerte. El hombre no.
Se notaba que era la primera vez que entra ahí y que esa ciudad no era su espacio. Sacó una latita de cerveza de una de las heladeras. Sacó un mantecol chiquito de la góndola. Preguntó si tenían un vasito de plástico. Fue hasta la caja y la dueña del almacén le cobró... pero el hombre no salió, como todos.
Se acomodó en un bordecito del pequeño mostrador de la caja. Destapó la latita, se sirvió el vacito, abrió el mantecol y comenzó a comer y a beber. Muy lento. Todos lo miraron raro, extrañados, pero nadie le dijo nada.
El hombre casi se acodó en el mostrador, bebiendo, con la mirada perdida.
Entonces lo reconocí. Supe quién era. Había visto a muchos como él. Incluso vi a mi padre hacer eso mismo. Si “La Esquina” hubiera sido un almacén de ramos generales, si hubiera sido una despensa de pueblo, nadie hubiera mirado al hombre con extrañeza.
El hombre siguió bebiendo a tragos largos, pero sin apuro. Ya terminó la jornada, ¡para qué correr, entonces!, si ya es tarde para casi todo. Cuando me fui del almacén él seguía ahí, secando hasta la última gota del vaso y de su frente. Era un hombre extraño, fuera de lugar. Como yo.
Quizás ya no haya forma de volver a esas cantinas, esos almacenes. Esos como la que ilustra este escrito, ese almacén ubicado a 50 kilómetros de Santa Fe, el comercio familiar donde se crio el escritor Juan José Saer.
Pero aún quedan esos refugios. A veces al borde del camino, a veces solo en la mente.



