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HISTORIAS DE POR ACÁ

El colectivo de las 7.40 por calle Robert que va hacia Mendoza

¿Realidad o ficción? Vaya uno a saber. Quizás las dos cosas o ninguna. Historia de un viaje en colectivo, de Rivadavia a Mendoza.

Colectivo Lleno

La primera vez que subí al colectivo de las 7.40, pensé que todo era casualidad. Venía lleno y por eso miré con envidia a quienes viajarían sentados los próximos cincuenta minutos.

Cuatro pelados formaban un grupito en los asientos de a dos y conversaban entre ellos animadamente. Dos señoras robustas hacían lo mismo un par de filas más atrás y, casi al fondo, dos señores de ropa de grafa dormitaban con cierta complicidad.
También vi a dos mujeres bien maquilladas, que cruzaban cada tanto algún comentario. Me puse los auriculares, dejé que la música me sacara de allí y me olvidé de los pasajeros y los sacudones.

Al segundo día el chofer ya me saludó con un gesto de cabeza antes de darme el boleto. El micro venía tan lleno como el día anterior y la fauna era la misma y ubicada de la misma forma: los pelados, las señoras gordas, las maquilladas y los obreros. Noté que también el resto de los asientos estaban ocupados por pequeños grupos. Cuatro jóvenes que parecían universitarios, dos mujeres jóvenes con guardapolvo, dos viejos medio arqueados. En los cinco asientos del fondo venían cinco señores panzones de unos cincuenta que entraban apretados, casi encimados.

El miércoles nos saludamos con un buen día con el chofer y en el colectivo todo estaba como los días anteriores. No me puse los auriculares, tratando de escuchar la conversación de algún grupo pero, cuando me acercaba, parecía que se ponían de acuerdo para dejar de hablar, como desconfiando de mi cercanía.

El jueves todo se repitió y noté que, cuando el colectivo llegaba a la terminal, los grupos se bajaban y se mantenían juntos, caminando por los pasillos y yendo a lugares que no pude descubrir, porque se me hacía tarde para llegar a la oficina.
El quinto día fue todo igual en el micro de las 7.40 pero, cuando llegamos a la terminal, decidí ser el último en bajar. Cuando solo quedaba el chofer, me acerqué a él y le dije:
Qué raros son sus pasajeros, ¿no?
─¿Raros? No me parecen raros ¿Por qué lo dice?
Son todos grupitos, que parecen salidos del mismo lugar y que van al mismo sitio.
El colectivero sacudió la cabeza, para hacerme notar que mi razonamiento le parecía absurdo, y me contestó:
No es raro. Ellos trabajan de pasajeros y tienen la función de viajar en este servicio de las 7.40 para que el micro en el que usted se sube vaya lleno. Es un buen trabajo. Mucho mejor que perder el tiempo en una oficina.

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