En casa había una azucarera. Era de un metal difícil de descifrar y con un baño plateado que había desaparecido en algunas partes.
Tenía un diseño elegante que desentonaba con todo el resto de lo que poníamos sobre la mesa. Y una inscripción: "Gambrinus".
Mi padre la había rescatado de entre las cenizas de un incendio que había destruido totalmente lo que en algún momento había sido restaurante, café y lugar de bebida abundante que había en el corazón del pueblo.
No tengo claro cuándo el fuego consumió todo, menos la azucarera, los cubiertos y las ollas, pero tiene que haber sido a mediados de la década del 60.

Tampoco supe cómo había sido esa confitería, hasta encontré de casualidad una foto sepia. Fue la primera vez que vi una imagen de ese lugar que solo había existido en el relato de mi viejo.
Papá siempre compraba el azúcar y la harina por bolsas de 50 kilos. Después de descargar las bolsas del Rastrojero, pasábamos el azúcar a enormes frascos de 5 kilos. La harina quedaba en la bolsa porque se iba bastante rápido con el pan casero y no corría riesgo de echarse a perder, salvo la aparición eventual de algunos gorgojos.
De los frascos, el azúcar iba pasando de a poco a la azucarera, que permanecía siempre en el centro de la mesa por más que fuera hora del almuerzo o de la cena frugal que se acostumbraba en casa.
Recuerdo cuando recuperamos la azucarera de entre los trastos que acumulaba el viejo en el galpón, todavía llena de hollín. Recuerdo haberla fregado y también la sorpresa cuando aparecieron las letras grabadas en el metal. "Gambrinus".
No lo sabía entonces, pero resultó ser que Gambrinus (Jan primus) es un héroe de las leyendas europeas y un icono de la cerveza. Según dicen, la leyenda no tiene un origen cierto, pero se estima que es de los Países Bajos, durante la Edad Media.
Recuerdo la azucarera, desentonando sobre la mesa y reflejando la luz del sol de noche, colgado de un gancho del techo.
Hace años que no la veo. Creo que está en una mesa, de una casa, de una calle, en un lugar cerca de dónde el viejo pasó su infancia y cerca de donde, después de mucho andar, también se murió.

Había olvidado la azucarera. La recordé porque conocí a alguien que colecciona azucareras. Le hubiera gustado esa cosa extraña, elegante y con la inscripción de un personaje de leyenda.
A mí me hubiera gustado invitarla a sentarse a esa mesa en penumbras, mientras el viejo se queda dormido junto al calor de la cocina a leña.



