El consumo de bebidas energéticas entre adolescentes crece a ritmo sostenido y preocupa a profesionales de la salud. Muchos jóvenes las eligen para mantenerse despiertos, estudiar por más tiempo o mejorar su rendimiento en actividades deportivas, sin conocer los riesgos que implican.
Estas bebidas contienen altas dosis de cafeína, azúcar, taurina y otros estimulantes, diseñados para generar una rápida activación del sistema nervioso. Una sola lata puede aportar entre 150 y 300 miligramos de cafeína, lo que equivale a más del triple de la dosis diaria recomendada para menores de edad.
Según la Clínica Mayo, superar los 100 mg diarios en adolescentes puede afectar el corazón, los riñones y el sistema nervioso, tanto a corto como a largo plazo. Entre los efectos más frecuentes figuran la irritabilidad, el insomnio, los temblores y las palpitaciones.

El Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS) informó un aumento de casos de disfunción renal en jóvenes consumidores frecuentes. Por otro lado, especialistas en salud mental advierten que estas bebidas pueden alterar los procesos cerebrales que regulan el ánimo, el descanso y la atención.
Adolescentes con ansiedad o trastornos como el TDAH son especialmente vulnerables. El uso frecuente de estos productos se asocia a síntomas como pérdida de concentración, nerviosismo y alteraciones en el sueño profundo.
Un estudio de la Universidad de Minnesota reveló que el consumo repetido durante la adolescencia eleva la probabilidad de desarrollar adicciones a sustancias como el alcohol y el tabaco en la adultez.
Nutricionistas como Jill Castle recomiendan evitar por completo su ingesta en menores de 12 años y limitarla en adolescentes. “La cafeína interfiere con el desarrollo neurológico, sobre todo en áreas del cerebro vinculadas con el aprendizaje y la regulación emocional”, señaló.

Frente a este escenario, varios países europeos ya aplican restricciones: etiquetas con advertencias, prohibición de venta en escuelas y campañas de concientización. En todos los casos, el objetivo es proteger la salud de los menores.
Médicos, educadores y familias coinciden en que la prevención y la información son fundamentales. Fomentar hábitos saludables y evitar la normalización de estas bebidas es clave para resguardar el desarrollo físico y mental de niños y adolescentes.
