Aquellos momentos que recordamos de los inviernos de la infancia
De chico nunca entendí a los turistas. Los veía como un montón de gente atolondrada que pagaba por estar en un lugar del que yo me quería ir. En el invierno, ellos rogaban para que nevara, mientras yo hacía nudos en mi pañuelo mugriento para que no cayera ni un copo. Siempre creí que esa gente estaba mal de la cabeza. La verdad es que, en el fondo, lo sigo creyendo.
Para ellos, una gran nevada significaba diversión. Para mí, significaba agarrar la pala para despejar 400 metros de calle, para que pidiera salir el Rastrojero modelo 58 y mi viejo se pudiera ir a trabajar con sus herramientas de jardinería.
Para ellos, la nieve era ir a esquiar. Yo jamás pisé un centro de esquí para divertirme. Las pocas veces que fui, fue para ir a trabajar y jamás aprendí a esquiar y ni siquiera quise hacerlo.
Para ellos, la nieve era disfrutar el paisaje y poder contar la anécdota unas 700 veces, cuando regresaran a su ciudad. Para mí, era caminar cuatro kilómetros para ir a la escuela y pasarse el día con los pies mojados, azules de frío y que me salieran sabañones.
Si alguien me preguntara cómo recuerdo mi infancia y que elija la primera imagen que me viniera a la mente, diría que es la de un pibe de 10 años, bastante mugriento y siempre despeinado, que anda caminando por la ruta y haciendo dedo a cada auto que pasa para tratar de achicar la distancia. No es un recuerdo triste. Quizás sea un recuerdo áspero, pero no amargo.
A veces, un auto de turistas paraba y me levantaba. Para mí, todos los turistas sonaban como porteños y me hacían preguntas absurdas sobre el lugar, el clima y mi vida. Con el tiempo, me di cuenta que yo era parte de ese paisaje que les fascinaba. Que era un personaje pintoresco, curioso y que sería parte de las anécdotas que contarían 700 veces.
Esa experiencia condicionó parte de mi vida, al menos en lo que se refiere a viajar y conocer nuevos lugares. Yo prefiero ir a dónde va la gente del lugar, hacer lo que hacen ellos, tratar de vivir brevemente sus vidas. De mis pocos viajes, yo recuerdo más las caras y las charlas que los paisajes. Quizás haya desperdiciado esas experiencias, pero no supe vivirlas de otra forma.
Por eso, para mí, lo bello y lo despiadado se parecen mucho.
De ese tiempo, recuerdo la soledad impresionante, el silencio absoluto, la total oscuridad de las noches, el frío intenso. La belleza brutal, tremenda, áspera, agresiva.
Los turistas no entienden de eso. Lo ignoran. Tal vez es mejor que así sea.