Un reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas alerta sobre la gravedad de la crisis mundial del agua. Según el documento, el mal uso de los recursos hídricos ha alcanzado un punto irreversible en muchas regiones del planeta, donde la sobreexplotación y la contaminación han socavado la capacidad de recuperación de los ecosistemas. A diferencia de una crisis temporal, esta “bancarrota hídrica” representa un daño acumulado que compromete la disponibilidad futura de agua.
En las últimas cinco décadas, el mundo ha perdido más de 400 millones de hectáreas de humedales, equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea. Esta pérdida de servicios ecosistémicos genera un impacto económico anual superior a cinco mil millones de dólares. Casi tres cuartas partes de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica: 2.200 millones de personas carecen de acceso seguro al agua potable, 3.500 millones no cuentan con saneamiento adecuado y alrededor de 4.000 millones experimentan escasez severa de agua durante al menos un mes al año.

La situación de los recursos hídricos superficiales también es crítica. Aproximadamente el 70% de los principales acuíferos globales presentan tendencias de descenso sostenido, más de la mitad de los grandes lagos ha perdido volumen desde la década de 1990 y la criosfera, la parte congelada de la Tierra, ha reducido su masa glaciar en más de un 30% desde 1970. Esta disminución pone en riesgo a cientos de millones de personas que dependen de los ríos alimentados por glaciares para abastecimiento de agua, riego y energía hidroeléctrica.
El uso excesivo de aguas subterráneas está provocando hundimientos significativos del terreno, reduciendo la capacidad de almacenamiento de acuíferos y aumentando el riesgo de inundaciones. Más de seis millones de kilómetros cuadrados muestran hundimientos importantes, con algunas áreas descendiendo hasta 25 centímetros al año. La escasez actual no se debe a fenómenos climáticos excepcionales, sino a la acción humana: sobreasignación de derechos de agua, deforestación y contaminación son factores clave.

En Argentina, la situación es más moderada pero exige atención. Si bien el país aún no enfrenta una bancarrota hídrica, se registran alertas puntuales. La contaminación en el Río de la Plata ha generado floraciones de algas que afectan la calidad del agua y el consumo de acuíferos en algunas regiones, como San Juan, empieza a tensionarse. Por otro lado, ciertas zonas muestran un exceso de agua debido a prácticas agrícolas poco eficientes, provocando inundaciones y salinización de suelos.
El balance nacional muestra que los problemas locales están ligados a características propias del país, como la baja densidad poblacional, la concentración de la población en áreas urbanas y la extensión de la agroexportación. Aún así, es necesario mejorar la gestión del agua, optimizar el uso de acuíferos, proteger los cursos y humedales y adaptar los sistemas productivos a los cambios ambientales para asegurar la disponibilidad de agua a largo plazo.
El informe global funciona como un aviso sobre lo que podría ocurrir si no se actúa a tiempo, ofreciendo lecciones para prevenir daños irreversibles y reforzar la resiliencia frente a la escasez hídrica.
