Por la ruta 62 pareciera que el futuro no llegará jamás. El paisaje acompaña esa sensación: álamos quietos, viñas interminables, caseríos bajos, bicicletas apoyadas contra un cierre de alambre, perros durmiendo a la sombra y pueblos donde el tiempo parece suspendido en una siesta eterna.
Pero alcanza con correr apenas la superficie para descubrir otra cosa. Porque en esa franja del este mendocino no hay que mirar el presente para entender el territorio. Tampoco sirve imaginar el futuro. La clave está debajo. Literalmente debajo.
Allí, entre La Reducción y La Libertad, en Rivadavia, buena parte de la historia de Mendoza sigue enterrada bajo capas de tierra, adobe y silencio.
Las dos parroquias que hoy sobreviven sobre la ruta son una prueba concreta de eso. No solamente por su antigüedad o por la persistencia religiosa en pueblos pequeños. También porque alrededor de ellas se organizó una forma de ocupación del territorio que mezcló evangelización, apropiación de tierras y sometimiento indígena.
Incluso los nombres parecen funcionar como restos arqueológicos.
“Reducción” remite a aquellos espacios donde las comunidades originarias eran “reducidas”: concentradas, controladas y convertidas en mano de obra bajo supervisión colonial y religiosa. “Libertad”, según diversas versiones históricas transmitidas en la zona, habría sido el lugar donde siglos después algunos descendientes de esos mismos pueblos recuperaron cierta autonomía.
Nada está completamente probado y, como suele ocurrir con las historias rurales, la memoria oral se mezcla con los documentos dispersos. Pero los indicios son demasiados para ignorarlos.
La ruta, entonces, empieza a cambiar de sentido. Ya no es un camino perdido entre fincas. Es un corredor atravesado por cuatro siglos de historia.
Debajo de la iglesia, otras iglesias
La postal más evidente aparece en La Libertad.
Allí, sobre un pequeño terreno elevado y rodeada por un caserío prolijo, se levanta la capilla Nuestra Señora de la Merced. Blanca, sencilla y silenciosa. A primera vista parece una iglesia rural más.
Pero debajo de esa construcción hay otras.
Tres, según las reconstrucciones históricas locales.
Primero hubo un oratorio. Después una capilla más importante. Luego otra iglesia. Y finalmente la actual, levantada en 1960.
Cada nueva construcción fue cubriendo la anterior como si el tiempo no demoliera, sino que enterrara.
La esquina ayuda a confirmarlo. La calle que cruza junto a la parroquia todavía se llama El Oratorio. El nombre quedó cuando el edificio original ya había desaparecido hacía décadas.
La historia oficial conservada dentro de la propia capilla empieza recién en 1876. Allí se menciona que don Felipe Casas levantó un nuevo oratorio “para celebrar las misas de los salineros y los indígenas”. La reseña agrega además una frase que hoy resulta incómoda, pero que resume la lógica de la época: “Así comenzó la conquista espiritual de los indios”.
La palabra “conquista” no aparece usada como metáfora.
En Mendoza, como en casi toda América, la ocupación del territorio avanzó con una combinación persistente de espada y cruz. Las armas sometían. Los oratorios organizaban. Las estancias producían.
Y aunque las espadas desaparecieron hace siglos, las cruces siguen allí.
El origen de las grandes estancias
Mucho antes de que existieran Rivadavia, Junín o San Martín como departamentos, toda esta región formaba parte de enormes extensiones otorgadas por la Corona española.
El 17 de diciembre de 1563, la Capitanía General de Chile —de la cual dependía entonces Cuyo— concedió al capitán español Pedro Moyano Cornejo cerca de “novecientas leguas cuadradas” entre los ríos Tunuyán y Mendoza.
El documento llevaba la firma del gobernador chileno Francisco de Villagra.
Años después, en 1578, Moyano instaló allí su residencia principal. Primero el lugar fue conocido como Rodeo de Moyano y más tarde como Estancia de Reducción.
La historia de los Moyano continuaría expandiéndose durante generaciones.
En 1629, Antonio Moyano Cornejo y Cifuentes, nieto del primer propietario, solicitó nuevas tierras a la Corona española argumentando la necesidad de sostener económicamente a su familia. La respuesta fue favorable: el gobernador y capitán general de Chile, Luis Fernández de Córdoba y Arce, le concedió otra inmensa extensión territorial.
Ese nuevo reparto incluía sectores de lo que hoy es Rodeo del Medio.
La lógica colonial funcionaba así: tierra para consolidar poder, producción y control del territorio. Y dentro de esas tierras aparecían los oratorios.
Un oratorio en cada estancia
En las actuales ciudades del este mendocino quedan pocos rastros visibles de aquellas construcciones. Pero los registros históricos muestran hasta qué punto estaban extendidas.
En su libro Rivadavia, las historias de la Historia, el profesor Gustavo Capone rescata un antiguo informe atribuido al padre José de Coria, doctrinero del Valle de Uco, quien recorrió distintas poblaciones de la región.
El sacerdote menciona Barrancas, Reducción, El Carrizal, Las Ramadas y Santa María de Oro, entre otros sitios, y señala que en todas las estancias visitadas encontró “su pequeña capilla u oratorio”.
Eran espacios religiosos, pero también políticos y sociales. Allí se bautizaba, se enseñaba doctrina, se legitimaban jerarquías y se organizaba parte de la vida cotidiana.
El testamento del cacique Pasambay, fechado en 1737, menciona incluso que el oratorio más antiguo de la zona era el de La Reducción.
Ese edificio ya no existe.
Quedó perdido en lo que hoy es apenas el borde norte del pueblo, entre viñas, algunas casas dispersas y un antiguo zanjón.
Sin embargo, todavía sobreviven restos de aquella historia.
El edificio olvidado
Sobre la calle Reducción, cerca del cruce conocido por los vecinos como El Zanjón, se encuentra escondida una construcción antigua dentro de una finca privada.
Muchos pasan sin saber qué es.
Otros directamente no la ven.
Pero allí funcionó uno de los primeros edificios comunales de la zona. Una pieza mínima de los orígenes institucionales del actual departamento de Rivadavia.
Todavía se conservan algunas imágenes religiosas vinculadas a aquellos viejos oratorios. Entre ellas aparece una figura inesperada para un rincón rural mendocino: el Niño Jesús de Praga.
La imagen replica una talla europea del siglo XVI conservada actualmente en Praga.
En distintos lugares del mundo se le atribuyen propiedades milagrosas, especialmente relacionadas con embarazos y nacimientos.
En La Reducción también circula una historia alrededor de esa figura.
Los relatos populares sostienen que en algún momento la imagen fue robada por una curandera que la utilizaba en rituales particulares. Tiempo después, según la versión transmitida entre antiguos pobladores, los vecinos lograron recuperarla y devolverla a la iglesia.
Como muchas historias rurales, nadie puede establecer con precisión cuánto tiene de verdad y cuánto de leyenda. Pero sigue contándose.
Y eso también dice algo sobre estos pueblos: aquí la memoria nunca desaparece del todo. Cambia de forma. Se vuelve rumor, comentario o mito.
El pasado sigue abajo
La sensación aparece una y otra vez mientras se avanza por la ruta 62.
Las iglesias nuevas descansan sobre iglesias viejas. Los pueblos actuales nacieron sobre antiguas estancias. Los nombres sobreviven aunque ya nadie recuerde exactamente por qué se llaman así.
El presente parece quieto porque debajo hay demasiadas capas acumuladas.
En La Libertad, debajo de la capilla actual, permanecen enterrados los restos de las construcciones anteriores.
En La Reducción, el antiguo oratorio desapareció físicamente, pero el pueblo entero sigue organizado alrededor de aquella memoria.
Tal vez por eso la ruta produce una impresión extraña. No parece un lugar detenido en el tiempo. Parece un lugar donde el tiempo quedó apilado.
Y donde la historia, lejos de haberse ido, sigue enterrada a pocos metros de la superficie.



