MENU
ZAFIRO 89.5 EN VIVO Radio Zafiro

MENDOZA 12°C

DOLAR BLUE $1410/$1430

MENU

12°C

89.5
HISTORIAS DE POR ACÁ

Jaime, el canillita que alguna vez fue un empresario exitoso

Gastado, viejo y rengo, el hombre era el primero que salía a vender el diario del día. Años antes había sido un próspero comerciante.

canillita

 -¿Y el viejito...? ¿Se murió? -, me preguntó el hombre antes de recibirme el diario. 

-No. Está enfermo. Lo reemplazo yo, hasta que pueda volver a trabajar, le dije.

El tipo me preguntaba por Jaime, que en ese invierno de 2000 tenía unos 70 años o quizás un poco más. Su pierna derecha era casi inútil. Apenas le servía para mantener el equilibrio y, cuando caminaba, la pierna venía rezagada, arrastrándose, como borrando sus huellas.

Jaime era bajito, delgado y arrugado. Su pequeña humanidad quedaba oculta debajo del gorro de lana y el camperón de abrigo, con las mangas manchadas con la tinta del diario fresco.

Desde hacía varios años era el primer canillita que ganaba la calle con el diario del día. A la una de la madrugada salía con los primeros 30 ejemplares a recorrer el centro de la ciudad. Sus clientes eran los dueños de los bares, los guardias de seguridad del casino, los bombistas de las estaciones de servicio y los trasnochados que querían engañar la soledad antes de comenzar otro día sin esperanzas.

En esos días Jaime se había enfermado. El frío lo había empujado a una pulmonía. El invierno era cruel y el frío suele ensañarse con los viejos.

La imprevista baja del viejo canillita que se le animaba a la madrugada, se notaba en la calle y no había remplazo para él. Siempre había muchachos dispuestos para salir a la mañana, pero nadie quería el trabajo noctámbulo de Jaime.

Ganaba apenas 30 centavos por diario

Ese hombre gastado, casi sordo, con una pierna que solo servía para completar el conjunto, que ganaba 30 centavos por diario, había sido años atrás un exitoso empresario. Alguna vez había sido el dueño de una de las tiendas más prósperas e importantes de la ciudad.

La mayoría de quienes le compraban el diario conocían su historia de éxito y fracaso, pero nadie sabía el motivo que su desventura. Especulaban sobre ella e imaginaban y terminaban dando por cierta alguna razón inventada.

“Lo cagó la familia”. “Se fundió con la hiperinflación”. “Se patinó todo en el juego”. “Su mujer tuvo una grave enfermedad”. “Tenía una amante (o varias) que le sacó todo”.

Jaime no hablaba sobre eso y dejaba que pensaran lo que quisieran. Después de todo, no le debía nada a nadie y nadie lo ayudaba ahora a sobrevivir. Él se arreglaba solo para que las ventas de los diarios le alcanzaran para mantenerse y juntar unos pesitos para ir a visitar cada tanto a una hija, ya casada y con hijos, que vivía a 500 kilómetros y que era su única debilidad.

canillita
 

Con un camperón amarillo, guantes y gorro

El viejito aparecía todas las noches enfundado en un camperón amarillo que le había conseguido el encargado de distribución y que era varios talles más grandes. Usaba guantes o gorro y unos borceguíes pesados que entorpecían aún más su ya andar dificultoso.

Se metía al taller y esperaba a que Beto, Tatín y Raúl, los tres muchachones que se encargaban de la impresión, dejaran lista la primera tanda de ejemplares. Entonces agarraba treinta de ellos y salía a la calle. La redacción y el taller estaban en un mismo edificio, en un sector alto de la ciudad, hacia el Este. Desde allí y por la calle principal, Jaime comenzaba su recorrida, aprovechando la pendiente que le hacía menos dificultoso avanzar con su pierna a la rastra.

Sus clientes cumplían todas las noches con la misma rutina: le pagaban el peso, miraban inmediatamente la contratapa, en donde estaban los resultados de la quiniela, y después iban a la página 23, donde estaban los policiales. Recién después miraban la tapa. Luego pasaban al deportivo.

Con el viento del oeste que le pegaba en la cara y que muchas veces hacía que las gotas de lluvia o agua nieve le quedaran ardiendo en la piel, el canillita llegaba hasta la otra punta de la ciudad. Después, empujado por ese viento y sin la carga de los diarios, regresaba hacia el centro y aceptaba tomar un café caliente que le ofrecía el encargado de uno de los bares en donde había dejado el matutino.

Los trabajadores de la noche

Quienes trabajan o frecuentan la noche conforman una fauna especial, una comunidad. Taxistas, prostitutas, serenos, kiosqueros, guardias, vendedores de droga, policías, encargados de pubs y de cafés, insomnes, canillitas... Todos se reconocen entre si y se saludan cada noche, al menos con un gesto. Quizás no sepan sus nombres, pero saben qué rol cumple cada uno en ese mundo y notan inmediatamente cuando hay una baja en esa lista no escrita de noctámbulos.

Por eso, cuando Jaime se enfermó y yo aparecí reemplazándolo, todos me interrogaron, preguntaron por la ausencia del viejo y analizaron si era conveniente aceptarme. 

Al viejo le llevó casi cuatro meses recuperarse. Algunos de sus clientes ya lo habían dado por muerto y enterrado. Pero no. Una tarde Jaime reapareció en el diario. Consciente de que otra pulmonía podría llevarlo a la tumba, dijo que volvería a la calle solo si podía cambiar la noche por la mañana.

 Así fue que se instaló todos los días con sus 30 ejemplares debajo del brazo en el semáforo de un barrio coqueto, después de que el sol de la mañana lograba levantar la helada.

Yo seguí trabajando durante las noches unos meses más. Ante la ausencia de postulantes a ese puesto ingrato, yo, que era cronista de Policiales de ese mismo diario, había aceptado transformarme en canillita durante la noche cuando Jaime se enfermó. Mi sueldo de periodista era tan escaso que un ingreso extra no venía nada mal. Aún más: pronto mi bolsillo notó que ganaba más con la venta del diario que escribiéndolo.

Y para mejor, durante la noche se conseguían más y mejores datos que en cualquier comisaría o en la mesa de entradas de cualquier juzgado. Y también aprendí que nadie detecta mejor un buen título, un título vendedor, que quienes imprimen el matutino. “Hoy vas a vender bien. Llevate diez ejemplares más”, me recomendaba cada tanto Beto Castillo, el jefe de taller, cuando veía una buena portada. Y Beto nunca se equivocaba.

Pasó el tiempo y cientos de ediciones. Jaime ya debe haber muerto con la misma dignidad con la que vivió. Con su orgullo intacto. Tragándose su fracaso. El canillita que lo reemplazó ya no vende diarios y ahora le pone el punto final a esta crónica.  

Suscribite al newsletter

Todas las noticias de Mendoza y del mundo en tu correo