HISTORIAS DE POR ACÁ

La asamblea de los ausentes

Sobre el arte de habitar el recuerdo, donde la vejez y la nostalgia borran las cicatrices del pasado para devolvernos la mejor versión de quienes amamos.

Se fueron yendo de a uno. Casi sin ruido, cruzaron el umbral hacia ese espacio extraño donde el recuerdo se vuelve maleable; una dimensión donde la memoria puede transformarse en ficción sin el más mínimo esfuerzo. Es una ficción bien construida, sólida, sin grietas ni costuras visibles; una versión de los hechos que termina siendo, a la larga, mucho más amable que la propia realidad.

Ahí, en ese rincón de mi mente, vuelven a estar vivos. Nos seguimos encontrando según el dictamen de mi capricho, en un escenario donde no existe el deterioro. En ese refugio gozan de vidas mejores, de aventuras luminosas de las que siempre salen victoriosos. Y cuando la charla termina, mis muertos regresan a su descanso, quedándose en una vigilia mansa hasta que la nostalgia decide convocarlos otra vez.

Esa convocatoria es, ahora, cada vez más frecuente. He descubierto que, a medida que el calendario avanza, la nostalgia y los años empiezan a coquetear, se enamoran y terminan conviviendo sin conflictos en la misma casa. Por eso, en este tramo de mi vejez, mis muertos están más vivos que nunca.

No son presencias que incomoden, ni fantasmas que arrastren cadenas. Al contrario, me inunda una alegría mansa cada vez que me reencuentro con ellos. Lo mejor de todo es el filtro del tiempo: se me aparecen más jóvenes, más radiantes, mucho más perfectos de lo que fueron en la vigencia de su carne.

Mi madre, por ejemplo. Mi memoria antigua la guardaba siempre rellenita, con el cabello desgreñado por la urgencia de fregar y el cansancio asomando en una mirada a veces triste. Pero ahora, cuando mamá se hace presente, está siempre sonriente. Aparece peinadita y prolija, con ese aroma a frescura de quien recién sale de bañarse y se hubiera arreglado con esmero para ir al pueblo a hacer la compra del mes.

Y mi padre también ha cambiado. En estas visitas ha desaparecido de él ese malhumor sempiterno, ese carácter agrio nacido de los azotes que le propinaba mi abuela cuando era apenas un niño. Aquella aspereza que lo acompañó toda la vida, desde el primer albor hasta la noche —y que arreciaba especialmente después de la siesta, cuando se levantaba bufando, capaz de demoler cualquier cosa que tuviera enfrente—, se ha disuelto. Ahora vuelve siempre con una media sonrisa dibujada, respirando con suavidad, con una mirada mansa y predispuesta a la conversación que nunca tuvimos.

Nostalgia, el banquete con mis muertos - Enrique Pfaab

En esa asamblea también se asoma Fito, que ejerció de abuelo con la maestría de los que no necesitan la sangre para querer, y Mary, que sí fue mi abuela de ley. Y Roli, con quien jugamos a ser hermanos bajo el sol de la complicidad.

Pero mi reino no solo pertenece a las personas. También regresan mis perros —¡tuve tantos!— y algunos gatos, aunque de esos hubo menos. Vuelve Barry, cuya imagen el tiempo casi había borrado, y Ben, a quien recordaba con la angustia de su muerte envenenada, pero que ahora corre libre de todo dolor. Y aparecen Batuque, y Beto. Y hasta Simón, que todavía camina a mi lado y no se ha muerto, pero que sé que ya se va a morir un día de estos y ya tiene su sitio reservado en mi banquete imaginario.

Vuelven todos, a veces de a uno y otras de a montones, apareciendo cuando menos los espero. Surgen de la nada, restaurados, bellos y felices. Me habitan un rato, me devuelven los pedazos de mi propia historia y, después, mis muertos se vuelven a descansar, con la promesa silenciosa de volver en cuanto la nostalgia los llame por su nombre.