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HISTORIAS DE ACÁ

El campamento en medio del camino

Un auto averiado, una ruta secundaria y un encuentro inesperado con dos empleados de Vialidad abrieron la puerta a una conversación sobre oficios, caminos y una forma de trabajo que todavía resiste.

nota quique

No había nadie. Solo el camino y, después de la curva, más camino. Ni un alma. Apenas una liebre que se cruzó delante del auto, que seguía fallando. Venía así desde hacía cuarenta kilómetros y faltaban, al menos, otros treinta para llegar a algún lugar poblado donde hubiera un mecánico o, por lo menos, alguien que entendiera un poco de motores. Lo sabía porque lo había calculado antes de salir, cuando todavía no parecía una mala idea.

Para colmo, no pasaba nadie por ahí. Nadie desde que había salido. Todo por ahorrarse unos pocos kilómetros. “Andá por esa ruta, está buena, no hay nada de tráfico en esta época y vas a llegar antes”, le había dicho su cuñado. Mientras el motor rateaba, pensó en eso. Para qué lo habría escuchado. Ahora rogaba que apareciera alguien, cualquiera. Recién había clareado y era difícil imaginar a alguien circulando a esa hora. Menos con ese frío, que se le metía por las manos cada vez que aflojaba el volante.

El auto rateaba y la aguja del relojito de la temperatura se acercaba peligrosamente al rojo. La miraba a cada rato, como si así pudiera frenarla. No iba a llegar. Había que parar. Entonces lo vio.

Una campera azul con la leyenda “DPV”

Al final de la recta apareció una silueta. Al principio fue apenas una mancha oscura contra el camino claro. A medida que se acercaba, pudo distinguirla mejor. Era un hombre que caminaba en su mismo sentido y llevaba algo en la mano derecha: una pala, una zapa, tal vez. Le veía la espalda. Tenía una campera azul con una inscripción en letras amarillas o anaranjadas. “DPV”, alcanzó a leer. Eso, sin saber bien por qué, le dio algo de tranquilidad. Se detuvo a su lado.

—¿Cómo anda, don? —dijo el hombre, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes oscurecidos por el tabaco.

—Acá estamos —respondió, mientras apagaba el motor, que ya largaba nubecitas de vapor.

Mientras bajaba, lo miró mejor. ¿Por qué estará tan feliz este tipo?, pensó, con una mezcla de sorpresa y desconfianza.

—¿Usté sabe algo de mecánica? —preguntó, sin demasiada esperanza. No esperaba un sí, apenas un “más o menos”.

—A veeeer... —respondió el otro, como si no hubiera apuro, y encaró sin miedo hacia el capot.

Veinte segundos le alcanzaron para el diagnóstico.

—Se le cortó la manguera de la calefacción.

—¿Y eso es grave? —preguntó, tratando de que no se notara la ansiedad.

—Depende. Hay que ver si se recalentó —contestó el vial—. Pero no se haga problema. Ahora viene el camión y lo llevamos hasta el campamento. Ahí lo vemos bien, mientras desayunamos.

No tuvo tiempo de pensar si quería o no. Asintió. Cualquier cosa era mejor que quedarse solo al costado del camino, mirando cómo la aguja seguía subiendo.

Una conversación parecida a un monólogo

Ese fue el comienzo de una larga conversación, más parecida a un monólogo. El hombre de azul contó que era empleado de Vialidad Provincial desde hacía casi treinta años. Que estaban en esa zona inhóspita desde hacía tres días, “perfilando el camino, tirando ripio y regando”. Que era mejor quedarse ahí que andar yendo y viniendo desde la seccional. “Son casi dos horas de viaje”. Él escuchaba y, de a poco, se iba aflojando.

Al rato apareció el camión. El chofer lo saludó con la misma sonrisa de su compañero. Sujetaron una cadena al auto y lo llevaron hasta el campamento. Desde el asiento, vio pasar el paisaje despacio, como si ya no tuviera apuro.

El campamento era una casilla rodante, maltrecha pero efectiva, acomodada al lado de una inmensa motoniveladora. Apenas bajó, le llegó el olor. Una olla ennegrecida hervía sobre la hornalla de un anafe e inundaba el ambiente con un aroma que no esperaba encontrar ahí. Era un guiso bien completo, grasiento, pero apetitoso.

—Primero desayunemos, después vemos su auto —dijo el hombre de la zapa.

Pensó que las diez de la mañana no eran hora de desayuno y que un guiso así se parecía más a un almuerzo dominical, necesariamente seguido de una siesta larga. Pero no dijo nada. Tenía hambre y, además, ya no había nada que perder. Se sentó a comer y a escuchar.

—Usté va a pensar que este trabajo es sacrificado, pero no es tan así... —empezó a contar el obrero vial.

Historias de un tiempo que no conoció

Mientras el otro hablaba de troceros, camineros y cunetas, él comía despacio, sintiendo cómo el calor del guiso le iba devolviendo el cuerpo. Escuchaba historias de un tiempo que no había conocido, pero que de algún modo le resultaban familiares, como si siempre hubieran estado ahí, sosteniendo el camino por el que ahora viajaba.

El campamento, perdido en medio de la nada, los dos empleados viales y el viajante fueron concluyendo el desayuno. Después escarbaron en una enorme caja de lata donde había herramientas, alambres y alguna manguera que podía servir para reparar el auto.

Encontraron una manguera negra. Cortaron, desenroscaron, unieron. Él miraba, sin entender demasiado, confiando.

—Dele, arranque y déjelo regulando un rato —sugirió uno de los obreros.

Obedeció. Esperaron. El motor levantó temperatura, pero la aguja se quedó en el verde. La miró fijo, como si pudiera tentarla.

—Parece que quedó bien —dijo, y recién ahí notó el alivio en la voz.

—Vaya nomás —respondió el caminero—. Y tenga controlado el relojito. Si calienta, lo para enseguida. Usté no se preocupe: en el peor de los casos, nosotros en un par de horas vamos en esa misma dirección y lo llevamos hasta el pueblo.

Se despidió y se fue. Manejó despacio los primeros metros. Miró por el espejito retrovisor. Vio a los dos hombres de campera azul, de pie junto a la casilla, despidiéndose con la mano.

Y recién entonces se dio cuenta de que ni siquiera les había preguntado los nombres.

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