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SINTONIA CON EL CORAZÓN

Lourdes Vargas, la voz cálida y atenta que enamora a la noche

A través de Estación Zafiro, entra en los hogares como una charla amiga, con música, mensajes y participación de la audiencia. Para que nadie se sienta solo y siempre haya compañía del otro lado.

LOURDES VARGAS

Con dos programas al aire —de lunes a viernes, de 21 a medianoche, y los sábados de 13 a 15— Lourdes Vargas convirtió el micrófono en un gesto simple y enorme: hacer compañía. Su ciclo nocturno es íntimo y sentimental, pensado para quienes llegan a casa con el alma cansada, para los que atraviesan silencios largos o para los que, simplemente, quieren escuchar una voz amiga.

Lourdes Vargas

A la radio se la suele describir como un aparato. Pero los que la escuchan de verdad saben que es otra cosa: una presencia. Y hay presencias que se instalan sin invadir. Así es Lourdes Vargas, locutora de Estación Zafiro, que cada noche entra en los hogares con una misión clara, dicha con palabras fáciles y a corazón abierto: “Para mí el micrófono es una vía de comunicación para ayudar a las personas que están solas, que están tristes... para llevarles un mensaje de alegría, de amistad, de aliento”.

LOURDES VARGAS

No es una frase bonita para la foto. Es una manera de vivir el oficio. Ella misma lo reconoce: “Yo siento que nací con una vocación de ayuda”. Y si uno la escucha con atención, nota que en su programa nocturno no “conduce” como quien pasa música o rellena minutos sino que acompaña. Habla como hablan las personas de verdad, sin palabras raras ni vueltas. Y por eso llega.

De los actos escolares al micrófono: cuando todo hizo clic

La historia de Lourdes no arranca en un estudio con luces. Comienza, como tantas vocaciones genuinas, en el patio de la escuela y en esos actos donde algunos se esconden y otros, sin saber por qué, se adelantan. “Desde chiquita siempre tuve esa vocación de estar en todos los actos, participar en todas las fiestas... siempre me gustó eso”, recuerda.

lourdes vargas

En la secundaria, mientras se preparaba para seguir una carrera ligada a ciencias económicas —una deuda pendiente que todavía le guiña el ojo— apareció el momento decisivo. Fue en quinto año, en la fiesta de Santa Rosa de Lima pedían una locutora y preuntaban quién se animaba. Ella levantó la mano. Le dieron un micrófono inalámbrico y un guion que se desarmaba todo el tiempo porque los números artísticos llegaban desordenados, tarde, cambiando el orden previsto. La solución fue la más difícil y la más natural para ella: improvisar.

“Terminé improvisando casi todo el acto... me sentí como pez en el agua”, cuenta. Los profesores se sorprendieron, la alentaron y le marcaron un destino con esa frase que a veces te cambia la vida: “esto es lo tuyo”. Ella tenía 16 o 17 años y una certeza rara, de esas que no te piden permiso. Esa misma noche lo dijo en casa: quería ser locutora. Y lo sostuvo con hechos.

Nada regalado: estudiar, trabajar, insistir

La vocación puede ser un fuego, pero el camino se hace con pasos. Se pagó los estudios, entró como secretaria en un terciario y avanzó así, mezclando trabajo con formación. Más tarde hizo pasantías —incluso en la torre de control de la terminal— y con eso pudo costear etapas claves de la carrera. “Nunca me regalaron nada y siempre trabajé muchísimo para lograr todo lo que he logrado”, dice, con ese orgullo tranquilo de quien sabe lo que vale cada cosa.

Con el tiempo llegaron oportunidades en distintos medios: Andes Latina, ciclos reconocidos, temporadas largas, y experiencias en radios históricas como LV8 y LV10. También incursionó en televisión: canal 9, canal 12, noticieros, propuestas propias, formatos distintos. Pero el hilo no cambió: la gente. Esa necesidad de llegar a alguien, de acompañar, de hacer sentir.

Una mención en la Legislatura y un sueño con vendimia

Cuando cumplió 15 años de trayectoria, recibió una mención en la Legislatura. En su discurso dijo algo que la pinta entera: se sentía joven para un reconocimiento así, pero profundamente agradecida. Porque lo vivió como lo que fue; un guiño al esfuerzo, a la constancia, a la pasión por un trabajo que hoy admite se volvió difícil, cambiante, exigente.

lourdes vargas

Y entre todo lo conseguido, guarda un sueño : algún día conducir la Fiesta de la Vendimia. No lo dice como diva, lo dice como mendocina que ama ese mundo. Lourdes fue reina distrital a los 19 años, vivió esa experiencia con alegría y todavía siente que le falta la gran locución vendimial. “Me encantaría hacer la locución de una vendimia... empezar de a poco... ese sería mi sueño”, confiesa.

LOURDES VARGAS

La Lourdes del aire: cercanía real, sin máscara

Hay una pregunta que le hacen seguido, y ella la responde sin maquillaje: si es así también fuera del micrófono. “Esa es mi forma verdadera de ser”, afirma. Y explica cómo entiende su relación con los oyentes: con atención, con humanidad, con memoria. “Me involucro... a tal punto de saber cuando a alguien le operan, preguntarle cómo está... cuando alguien está mal, preguntarle al otro día si está mejor”.

No es prometer amistad a todos —ella misma marca límites sanos—, pero sí tener gestos que hoy parecen de otro tiempo: entregar un premio en mano, dar un abrazo, sacarse una foto, mirar a los ojos. “Yo me pongo en el lugar de esas personas, eso es empatía”, dice. Y suena simple, casi obvio.

El poder invisible: poemas grabados, esperas y “Las Mosqueteras”

La radio tiene esa magia silenciosa de que uno habla y no ve a quién le llega. Por eso Lourdes se sorprende con historias que la dejan pensando. Cuenta, por ejemplo, que una oyente graba los poemas de cada noche y, cuando ella no está, los vuelve a escuchar para sentirse acompañada. “Uno no tiene ni idea lo que puede llegar a provocar en los oyentes”, reconoce.

LOURDES VARGAS

También están las fieles de toda la vida, ese mini ejército de cariño que se bautizó con humor y lealtad: “Las Mosqueteras”. Son oyentes que la siguen hace unos veinte años, que la acompañaron por cada medio, que armaron un grupo de WhatsApp y eligieron un nombre con espíritu de promesa: “todas para una y una para todas”. Se saludan todas las mañanas y se despiden todas las noches, comparten problemas, fotos, consejos, silencios. Una comunidad chica, pero firme

Operadora, corresponsal, bailarina... y la vida detrás de la voz

Lourdes no solo conduce, también sabe lo que pasa del otro lado del vidrio. Fue operadora durante años y tiene carnet provincial. Conoce el oficio completo, la técnica, los tiempos, la urgencia de resolver sin que el oyente lo note.

Además, durante la pandemia sumó una experiencia particular, fue corresponsal para un canal de noticias de Honduras, enviando informes por streaming y por video sobre lo que ocurría en Argentina. Hubo momentos en que salía con frecuencia fija; en otros, aparecía cuando el país se sacudía con noticias grandes. La radio, para ella, no fue una jaula: fue un puente.

Desde ya varias temporadas realiza la cobertura del Festival Internacional de Viña del Mar. La conductora ya confirmo presencia para el próximo año realizando nuevamente las coberturas completas para Estación Zafiro.

Y como si fuera poco, su rutina también incluye cuidado personal y arte: gimnasio,  y danzas árabes desde hace 15 años. Estudió ritmos, historia, percusión, costumbres. Lo cuenta con una pasión que se escucha: “Lo llevo en la sangre... siento que es algo que me corre por las venas”.

LOURDES VARGAS

¿Y el “dato de color”? Ella lo da con una sonrisa invisible: cocina muy bien, cose, hace ropa, sabe tejer, tiene nociones de peluquería aprendidas de su mamá. Porque detrás de la locutora, hay una mujer completa, con manos, con mundo, con oficio de casa y de calle.

Lo que quiere dejar

Cuando Lourdes habla del futuro, no pide grandezas. Pide algo más raro y más noble: ser recordada con cariño. Lo dice con esa claridad que emociona sin cargar la lectura: “Que me recuerden como esa persona que le dio una palabra de aliento... que intentó llegar al corazón de cada uno... y que dejó una huella de amor y de alegría”.

LOURDES VARGAS
LOURDES VARGAS

En Estación Zafiro, cada salida al micrófono la arma como un encuentro cercano, con música elegida para el momento, mensajes en vivo y una audiencia que participa como si estuviera sentada en la misma mesa. Escucha, responde, nombra a la gente  y vuelve sobre lo importante. Y ahí está, al final, el secreto de su programa en la radio de todos los tiempos: no es solo música, ni poemas, ni mensajes. Es la sensación de que, en medio de la noche, alguien te habla como si te conociera. Como si te dijera, sin decirlo: no estás solo.

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