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Martín Flores, el soñador que encontró su lugar en el aire de Estación Zafiro

Desde Estación Zafiro, el juninense recupera el espíritu de las antiguas fiestas populares y mantiene viva una memoria hecha de música, familia y emoción.

FLORES

La historia de Martín Flores no empezó frente a un micrófono. Comenzó mucho antes, cuando apenas tenía cinco años y acompañó a su padre a una fiesta en el barrio Lencinas de Rivadavia. Allí, entre equipos de sonido, cables y música, apareció una fascinación que ya no lo abandonaría. No era una simple curiosidad de niño: era el primer llamado de una vocación.

Recuerdo hasta el día de hoy, que yo quería estar poniendo música, o sea, quería manejar eso, quería tocar eso. Fue mi primera conexión con la música, con los sonidos, con todo eso.” Comenta mientras le brillan los ojos

MARTIN FLORES
Martín con su padre del que heredo el legado por la música

Desde entonces, la música se volvió camino, refugio y destino. Martín creció entre fiestas de 15, casamientos, bodas, fincas, callejones de tierra y reuniones familiares, acompañando a su padre con los equipos de sonido. En esos encuentros entendió que una canción podía ser mucho más que una melodía: podía ser alegría compartida, recuerdo vivo y pertenencia.

Pero en su historia también hubo una escena que, con los años, tomó otro peso. Una noche, cuando todavía andaba con su padre para todos lados y la radio no era un destino cercano, llegó a una carpa de los milagros. Allí, entre pastores y fieles, alguien habló de su futuro. Dijo que algún día estaría en la gran ciudad, trabajando en radio, con su propio programa.

En ese momento, Martín ni siquiera trabajaba en radio. Por eso, aquella frase quedó guardada como esas señales que uno no entiende del todo cuando las escucha, pero que el tiempo se encarga de explicar

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Primero llegaron las radios chicas, los discos, las consolas y los programas locales. Mucho después, apareció Estación Zafiro. Y entonces aquella palabra dejó de ser un recuerdo extraño: se convirtió en una promesa cumplida.

En 1988, en Junín, llegó su primera oportunidad. Trabajaba en una imprenta cuando escuchó que una emisora experimental, Radio Onda, buscaba operadores y locutores. Fue, golpeó la puerta y llevó algo más valioso que cualquier currículum: sus discos: “ una de las cosas más importantes de mi vida eran los discos de pasta. Yo no me compraba capaz que ni una camisa ni un pantalón, pero yo tenía todos los discos ahí, o sea, eran mi tesoro.”

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En sus comienzos rodeado de sus tesoros: los discos.

Así empezó un recorrido hecho de oficio, sacrificio y pasión. Pasó por distintas radios del Este mendocino, abrió caminos propios, creó proyectos como Radio Mega y el diario digital Mega Mendoza Noticias, así fue construyendo una identidad. Pero había un sueño que lo acompañaba desde hacía años: llegar a una radio de alcance provincial.

Desde el Este, Martín escuchaba a quienes para él eran referentes. Entre ellos estaban el Gato Araujo, Delfor Sánchez y Marcelo Ortiz, nombres que admiraba desde la distancia y que después terminarían formando parte de su propio camino.

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Delfor Sanchez, Martín y Oscar “Michi” Araujo

La llegada a Estación Zafiro tuvo para él un peso especial. Martín pasó de escuchar a esos comunicadores con admiración a compartir estudio, café, micrófonos y aire con ellos. De mirar la gran ciudad desde lejos a formar parte de una radio con llegada provincial.

Allí, en ese paso, hay algo profundamente emotivo: Martín llegó. No por casualidad ni por golpe de suerte, sino por todo lo sembrado durante años. Llegó con su historia encima, con la memoria de su padre, con sus discos, con sus primeras radios, con las noches de baile y con esa convicción silenciosa de quienes nunca dejan de empujar. Llegó, pero sin olvidarse de dónde venía.

“Y en un momento, se da la posibilidad de recibir la propuesta de Marcelo Ortiz que me abrió las puertas a nivel provincial en Estación Zafiro, y ahí comprendí que fue la respuesta a lo que dijo ese pastor, esto fue la concreción de uno de mis sueños” comenta Martín.

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El día en que se concretó la llegada a Estación Zafiro

En Zafiro encontró una propuesta que parecía escrita para su propia historia: recrear los antiguos bailes populares. Esos de antes, los de clubes sociales, encarpados, fincas, parrales y callejones. Los bailes donde iba toda la familia y donde la música no separaba generaciones: las reunía.

Ahí está el corazón de Martín Flores. Su programa no solo pone música: devuelve escenas. Una mesa larga. Una pista improvisada. Un patio iluminado. Un padre acomodando parlantes. Una madre bailando. Una familia entera alrededor de la radio, como en aquellos tiempos donde lo simple tenía una grandeza que hoy se extraña.

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Por eso su llegada a una radio tiene todavía más sentido.  No llegó para despegarse de su origen, sino para llevarlo más lejos. Llegó a Estación Zafiro para que aquellos bailes de pueblo, aquellas noches familiares y aquella música que marcó tantas vidas volvieran a sonar con fuerza. Como si la radio le hubiera dado una pista más grande para que bailara toda Mendoza.

“La radio para mí es un instrumento con el que puedo ayudar, con el que puedo acompañar, con el que puedo divertir, con el que me puedo hacer amigo de las personas, de ser un integrante más de la familia” relata el conductor y animador.

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En especial, los bailables de Navidad y Año Nuevo sostienen esa mística. Mientras muchas familias celebran en sus casas, Martín está del otro lado, desde el estudio, acompañando minuto a minuto. Pero ese compromiso también tiene un costo silencioso: las ausencias familiares, las fiestas lejos de casa, los momentos especiales entregados al aire: “mi familia es y ha sido muy importante en esto porque han sabido apoyarme y, en algunos momentos, hasta entender mis ausencias, de no estar en muchos momentos, porque cuando trabajas para la gente es porque también le estás restando tiempo a ellos". 

Por eso su agradecimiento a los suyos, Flor, su esposa junto a sus hijos Ailén, Valentino y Josué aparece como una pausa necesaria. Él sabe que detrás de cada programa hay una familia que lo acompaña, entiende y sostiene.

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Martín y su familia, el apoyo fundamental  en todo lo que realiza.

Y sobre el final aparece una figura decisiva: su madre. Allí la nota baja el volumen, como cuando la radio deja una canción suave después de una noche intensa. Porque cuando Martín habla de ella, no habla solamente de un recuerdo: habla de una raíz profunda, de una mirada que lo conoció antes que todos.

Hay madres que ven antes que el mundo. La mamá de Martín lo llamó soñador, y esa palabra, lejos de quedar en una frase doméstica, terminó siendo una especie de destino. Porque ese niño soñó, sí. Pero también caminó, trabajó, esperó e insistió. Y un día llegó: “interiormente sigo siendo el mismo chico soñador, como me decía mi vieja, ella, no se equivocó, lo sigo siendo a pesar de haber concretado muchos sueños.”

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En la plaza de su Junín natal con su madre.

Esa frase lo resume todo. Su madre vio antes que nadie lo que el tiempo terminó confirmando. Martín siguió soñando, pero no se quedó quieto: golpeó puertas, cargó discos, hizo radio chica, radio de pueblo, radio de cercanía, hasta llegar a una emisora provincial sin perder el alma del Este.

Martín entendió algo esencial: la radio no envejece cuando conserva su corazón, por eso en Estación Zafiro, su programa recupera una costumbre familiar, mendocina y profundamente emotiva

Porque cuando una canción vuelve a sonar y alguien recuerda una fiesta bajo un parral, la radio deja de ser un aparato y se convierte, otra vez, en un lugar al que todos pueden volver.

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