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HISTORIAS DE POR ACÁ

Consejos breves para ser mejor persona durante el verano

Repasemos esos sentimientos incontrolables. ¿Podemos hacer algo para combatirlos? ¿O es algo totalmente humano? No estoy seguro de nada.

El rostro de la envidia

La envidia no es buena. Eso dicen todos. Nada se gana con envidiar.
Hay una frase hecha que dice: “Te envidio sanamente”. ¿Cómo sería envidiar sanamente? ¿Es posible eso?

Un amigo muy querido, me decía: “Yo te envidio. Y mi envidia, como toda envidia, no es sana. Quisiera ser yo el feliz, el amado, el exitoso. Que lo seas vos, no me hace igual de feliz”. Lo decía así, sin necesidad de sentirse avergonzado. Era franco, simplemente. Y era mi mejor amigo, al menos uno de los mejores, sin duda. Y lo seguiría siendo si no hubiera tenido la mala idea de partir antes que yo. Él me envidiaba sin temor si había algún motivo. Por suerte para nuestra amistad, los hubo muy pocas veces. Yo también lo envidié alguna vez. Varias veces, quizá. Qué no le haya deseado el mal, que él no me lo haya deseado, no significa que no nos hayamos envidiado.

Pero, curiosamente, quien suele decirnos “te envidio sanamente” no está dentro de nuestros mejores amigos ni mucho menos. Creo que esa frase es solo una confesión. Quien la dice siente envidia y trata de expulsarla diciéndolo y, en todo caso, atenuando el impacto con el “sanamente”.

No hay “sanamente”, como decía mi amigo. La envidia no es sana.

El rostro de la envidia
El rostro de la envidia

Y el sentimiento de venganza tampoco lo es. Más aún, la venganza es mucho peor. ¿Por qué querer el mal de alguien que nos ha causado dolor? ¿Qué ganamos con eso? ¿Hay algo sanador en la venganza?

Un dicho popular dice que “la venganza es un plato que se come frío”, es decir que requiere paciencia y, en ese mismo sentido, Alfred Hitchcok decía que “la venganza es dulce y no engorda”.

Entonces, mejor es analizar los porqués y librarse de la envidia y la venganza.

Por eso, cuando sientan ese placer absurdo de ver a los que están regresando de sus vacaciones con caras largas para reincorporarse a sus quehaceres cotidianos; cuándo deban ahogar una sonrisa cuando los vean desesperados porque les ha llegado el resumen de la tarjeta; cuando los vean angustiados porque el calor de febrero es tan agobiante como el de enero; cuando sientan todo eso, líbrense del mal.

Eso quizás sea humano, pero es cruel. Muy cruel.

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