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Historias de por acá

La revancha del agua, un milagro que llegó al final del Tunuyán y a Guanacache

En un enero sofocante en todos los sentidos, la apertura del dique Potrerillos generó uno de los pocos momentos maravillosos en Mendoza. El agua volvió a los cauces que estaban secos desde enero de 2006, la última vez que había sucedido este modesto milagro.

Agua en Guanacache

Como abriendo una procesión, los pobladores del desierto mendocino en estos días escoltaron la llegada del agua a aquellas zonas que son un arenal desde hace mucho y que habían perdido la memoria de la humedad.

A los cauces secos del Tunuyán y del Mendoza, de pronto, comenzó a llegar un hilo de agua, y después más, y más, y así hasta recuperar esa memoria de río.

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Las fotos y los videos subidos a las redes comenzaron a mostrar el milagro a quien quisiera verlo. Algunas de esas imágenes fueron conmovedoras, emocionantes, confirmando que, más allá de tanto ruido en estos tiempos, lo más importante sigue siendo el rubor natural del agua.

Seguro que lo más emocionante ocurrió y aún sucede en el desierto lavallino. Ese hilo de agua, que fue volviéndose caudaloso de a poco, hizo recordar aquellos tiempos de la revolución lagunera, a veces olvidada tanto como el mismo agua.

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Aquellos años del mítico José de los Santos Guayama, quien fue lugarteniente del Chacho Peñaloza y Felipe Varela, y uno de los líderes de la “rebelión lagunera”.

El gaucho les dio varios dolores de cabeza a los gobiernos del 1800, tanto que en distintos comunicados oficiales lo mataron… ¡nueve veces! Sólo la última muerte fue cierta, cuando fue fusilado en un cuartel de San Juan en 1879.

Antes, lo habían perseguido durante años y uno de los que más se empeñó en atraparlo fue el gobernador de Mendoza Arístides Villanueva.

Para disgusto del orden establecido, el asesinato de Guayama solo sirvió para alimentar el mito y que se le comenzaran a atribuir apariciones y milagros.

Todavía dicen que su espíritu aparece cada tanto y que algunos favores y milagros que se le adjudican a San Roque en realidad le pertenecen al gaucho rebelde.

Uno envidia y compite con el que tiene al lado. Por eso, hay un triángulo de inquina entre mendocinos, sanjuaninos y puntanos. Pese a esto, los cuyanos comparten todo, hasta la rivalidad entre sí y hay una región que, por más que no quieran, los une indudablemente: las Lagunas de Guanacache. Por añadidura, también los hermana la figura de Santos Guayama.

Esta crónica no tiene otra aspiración que despertar la curiosidad y que aquellos que la sientan acudan luego a textos mucho más eruditos y profundos para saciarla.

No está muy claro cuándo nació, pero la mayoría se ha puesto de acuerdo en que fue en 1830, en el distrito sanjuanino de Las Lagunas, en la misma zona de Guanacache. Allí –según cuenta en su blog el profesor Daniel Alberto Chiarenza– su padre, Gregorio Guayama, se había asentado en 1826 y adquirió una finca a la que bautizó Cruz de Jume. Ahí se crió y creció José de los Santos, “hasta convertirse en un hombre astuto, alto, de buena contextura física, de cabello renegrido, buen cantor y mejor guitarrero”, dice Chiarenza.

Además, adquirió una gran destreza con el facón y se transformó en un excelente jinete.

Estas cualidades marcaron su destino, que todavía siendo joven lo hicieron conocer y trabar amistad con Ángel Vicente Chacho Peñaloza, convertirse en su lugarteniente y acompañarlo hasta el 12 de noviembre de 1863, cuando el caudillo riojano fue asesinado en Los Llanos. Luego pasó a formar parte de las filas de Felipe Varela, con el que llegó al grado de teniente coronel.

Chacho Peñaloza
 Ángel Vicente Chacho Peñaloza

Pero su fama y su posterior veneración se deben a lo que hizo después, cuando se transformó en bandido rural, quitándoles a quienes más tenían para repartir entre los necesitados. En 1860, lideró la “rebelión lagunera”, cuando las Lagunas de Guanacache se comenzaron a secar por las tomas hechas aguas arriba. La rebeldía y la valentía de Guayama no tenían límites, por lo que terminó transformándose en el sucesor de Peñaloza y Varela. El 7 de agosto de 1868 intentó, sin éxito, capturar la capital riojana y, sin amedrentarse, volvió a la carga el 19 de ese mismo mes. Esta vez logró controlar la ciudad y apoderarse de 200 fusiles y poco después también entró victorioso a Chilecito. Esos eran días de transición en el gobierno nacional. Bartolomé Mitre se estaba yendo y Domingo Faustino Sarmiento tomaba el mando. En una de sus primeras medidas, el “padre del aula” le puso precio a la cabeza de Guayama y, para la misma época, el gobierno riojano ordenó “atacar y destruir” la fuerza montonera comandada por el cuyano. Pero José de los Santos Guayama, por cuyas venas corría sangre huarpe, conocía su territorio como nadie y gozaba de la simpatía de muchos habitantes de la zona, que le brindaban refugio o lo alertaban cuando su vida estaba en peligro. Así, pudo seguir luchando contra el poder dominante durante once años más. El cura gaucho José Gabriel Brochero intentó interceder por él para que se le diera el “perdón oficial”. Guayama, que supo atravesar por una crisis de fe religiosa, llegó a encontrarse con Brochero, pero las gestiones del sacerdote no prosperaron. Mientras tanto, el gobierno central y los de las provincias cuyanas informaron ocho veces que lo habían capturado y fusilado, pero Guayama reaparecía al poco tiempo, con la misma vitalidad de siempre. Arístides Villanueva, mientras gobernó Mendoza entre 1870 y 1873, dedicó mucha de su energía a tratar de capturarlo, teniendo en cuenta que el rebelde se refugiaba frecuentemente en el piedemonte mendocino. Sin embargo, nunca logró dar con él.

Cura Brocher
 El cura gaucho José Gabriel Brochero

Recién en 1979, Guayama fue sorprendido en plena capital de San Juan, mientras caminaba por la ciudad. Sin juicio ni prolegómenos, fue fusilado por un pelotón y esta vez sí murió, a los 49 años, aunque su aspecto para ese entonces era el de un hombre mucho mayor. Murió, pero no tanto. A partir de ese momento, su figura creció y se hizo leyenda y mito. Hay quienes lo adoran todavía hoy: le prenden velas y le piden favores en las numerosas ermitas que hay en Cuyo, especialmente en la región donde limitan las tres provincias cuyanas. Allí, en las Lagunas de Guanacache.
 

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