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HISTORIAS DE POR ACÁ

Mendoza, tierra rajada, entre el desierto y la literatura

Un paisaje agresivo, impiadoso, que ha sido escenario de la mejor literatura, también es el territorio de las personas más simples, que saben vivir en él y también morir, cuando llegue el momento.

El calor y Mendoza - IA

Llegando al borde del año, la tierra empieza a rajarse. El sol fulmina desde arriba y la tierra arde desde abajo. No hay forma de escapar. Todo lo que está entre medio va cocinándose demasiado rápido, arrebatándose, tostándose hasta el carbón. 

El calor comienza a ser es tan despiadado en Mendoza en esta época del año que hasta la mejor literatura surgió de ese infierno.“Y el hambre de los jotes. Cortito y hondo comenzó a quejarse. Con resuello de gañote degollado se quejaba la Guagüicha. Y cuando las convulsiones le retorcieron el cogote poniéndole los ojos al sol, blancos los ojos, comenzó a rajarse. El bultito salía con chisporroteos como de sampa quemada. Viscoso, blanco. Con un humito como de sampa quemada. Y se quejaba la Guagüicha. Cortito y hondo”, escribió Alberto Rodríguez (h) en su cuento La Guagüicha, que
apareció publicado en 1953 en la revista Voces.

“El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar. Huele, trata de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella
que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales”, escribió Antonio Di Benedetto, en su cuento Caballo en el salitral, allá por 1924. Mismo territorio, misma crudeza, animales sujetos a ella. La vida en jaque, la muerte asechando, siempre venciendo.

El paisaje, el aire, la brutalidad, todo coincide, por más que está escrito a ocho mil kilómetros, con un lenguaje a ocho mil kilómetros. “Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de
arroyos secos. Pero si, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”, escribía Juan Rulfo en su cuento Nos han dado la tierra,
publicado por primera vez en 1943 en una revista de Guadalajara. Eso es literatura. De la mejor. El desierto como paisaje, la muerte, quizás también la vida.

El calor y Mendoza - IA
El calor y Mendoza - IA

Entre tanto, una camioneta 4 x 4, último modelo, avanza rápido por la ruta polvorienta del desierto hacia La Cienaguita, en Santa Rosa, en Mendoza. Un anciano camina adelante. Va lento, muy encorvado, con una chupalla cubriéndole el rostro arrugado. El conductor disminuye la velocidad y se detiene junto a él. Baja la ventanilla y el aire fresco del interior se choca con el infierno de afuera.
─Suba abuelo, que lo llevamos.
El anciano levanta la cabeza y responde:
─¿Para qué?

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