Fue un hecho salvajemente real, aunque bien podría ser una historia fantástica. Tanto es así que fue inspiración para que un escritor mendocino, Javier Hernández, creara un cuento.
El caso tuvo ayer su epitafio judicial a comienzos de febrero de 2011 y su epílogo apenas dijo: "Doce años de prisión para Mirta E. F. S. (evitaremos mayores datos porque las culpas, si es que se pueden calificar así, ya están pagadas) por homicidio agravado por el vínculo y atenuado por circunstancias extraordinarias".
Pero el drama, que permanecerá imborrable en la memoria de los habitantes de La Dormida, en Santa Rosa, se va transformando en leyenda con el correr del tiempo.
Todo ocurrió en la noche del 7 de enero del 2010, cuando una tormenta dantesca azotaba la zona rural del Este de Mendoza.
Mirta padecía desde hacía tiempo un cuadro de esquizofrenia con agresividad contenida. Esta patología la había mantenido internada varias veces en el Hospital Psiquiátrico Carlos Pereyra.
Su último ingreso Hospital había sido a mediados de diciembre de 2009 y el 4 de enero siguiente Mirta decidió fugarse y regresar a su casa, ubicada a la altura del kilómetro 925 de la ruta 50.
Allí estaba su pareja, Humberto A., un hombre de 86 años que, según las malas lenguas, había sido años antes también pareja de la madre de Mirta, es decir, que también era su padrastro.
La noche del 7 de enero, una tormenta azotó la zona. En medio de truenos y relámpagos, Humberto, plantado en medio de la cocina, comenzó a insultar a Mirta. "Sos una loca. Desquiciada. Andate de esta casa, puta de mierda", le gritaba el hombre.
La discusión fue presenciada por Romina, una hija de la mujer, quien, pese al aguacero, atinó a salir de la casa y refugiarse entre los yuyos.
La mente de Mirta colapsó, quizá por una conjugación de elementos: era su tercer día sin medicación, estaba atosigada por los gritos, su vida había sido un infierno con ese hombre y se imaginaba a la intemperie en una noche impiadosa.
Mirta fue al cajón de los cubiertos, sacó un cuchillo de 17 centímetros de hoja, y le dio siete puntazos a Humberto.
Humberto logró arrastrarse hasta el dormitorio de su hija y quedó allí, desangrándose. Mirta se sentó en el umbral de la puerta, a esperar.

Romina reingresó en la casa y llamó a la policía.
Un rato después, un patrullero se estacionó sobre la calle de tierra, a unos 50 metros de la casa. Tres policías bajaron y recorrieron el sendero que los llevaba a la casa, previo cruzar un maltrecho puentecito de madera que vadeaba un embravecido canal de riego.
"Ahí está mi marido", les dijo Mirta a los policías, todavía sentada en el umbral, mientras señalaba hacia adentro. "Yo lo apuñalé", sentenció.
Los policías se dieron cuenta de que Humberto no podía esperar la llegada de una ambulancia y decidieron ponerlo sobre una frazada y cargarlo hasta el móvil.
Cuando los tres uniformados (uno de ellos muy excedido de peso) y el herido cruzaban el canal, el puentecito se desplomó y moribundo y salvadores cayeron al agua y fueron arrastrados por la correntada.
"Mientras intentábamos salir, le manteníamos a la víctima la cabeza fuera del agua para que respirara", testificó uno de los efectivos.
"¿Dónde están mis compañeros?", le preguntó a Mirta un cuarto policía que llegó al lugar poco después. "Se cayeron al canal, junto con mi marido", contestó la mujer.
Este último efectivo fue quien rescató a los otros tres y al herido del agua y, entre los sanos, lograron finalmente cargar al moribundo al patrullero y luego transbordarlo a una ambulancia. Humberto todavía estaba vivo y murmuraba: "Tengo frío".
La víctima llegó al Hospital Perrupato solo para morir poco después, como consecuencia de un shock hipovolémico producido por la pérdida de sangre. La autopsia reveló que ninguna herida había sido absolutamente mortal y tampoco había gran cantidad de agua en sus pulmones. Solo la conjunción de todos los factores fue la causa final del deceso.
Los vecinos de Santa Rosa contaron algunas cosas más de la historia, que le dan contexto a lo ocurrido.
Humberto había formado pareja varios años atrás con la madre de Mirta. Esa mujer, la madre de Mirta, se quitó la vida unos años después.
En ese mismo tiempo, Humberto comenzó a mantener relaciones sexuales con Mirta, muy posiblemente sin consentimiento.
Esto produjo en Mirta una psicosis grave y comenzó a recibir tratamiento psiquiátrico, siendo finalmente internada en el hospital Pereyra en distintos momentos.
Cuando Mirta se escapó del Pereyra en ese enero y llegó a su casa, supuso que en su ausencia Humberto también había intimado con alguna de sus hijas.
A raíz de esta presunción, y desinhibida por los medicamentos que estaba tomando, la mujer decidió terminar con la vida de Acevedo.
La historia concluyó al poco tiempo de dictada la sentencia. La Justicia tuvo en cuenta el infierno en el que había vivido Mirta, su estado mental y le redujo la pena y se la dio por cumplida, solo imponiéndole que siguiera con su tratamiento.



