Cada 27 de febrero se conmemora el Día Mundial de la Anosmia, una jornada que busca visibilizar la pérdida total del olfato y su impacto en la vida cotidiana. Aunque suele considerarse un problema menor, especialistas advierten que este trastorno puede afectar la nutrición, la salud emocional y la seguridad personal.
La anosmia es la ausencia completa del sentido del olfato y, en muchos casos, comienza como hiposmia, una disminución progresiva que puede pasar desapercibida. Según la OMS, cerca del 5% de la población mundial presenta pérdida total del olfato, mientras que entre el 15% y el 20% tiene algún grado de alteración. En Argentina, se estima que millones de personas conviven con esta condición sin diagnóstico.

Las causas son diversas. Puede aparecer tras infecciones virales como resfríos, gripe o COVID-19, traumatismos en la cabeza, exposición a sustancias tóxicas o enfermedades crónicas como la rinosinusitis con pólipos nasales. También puede relacionarse con patologías neurodegenerativas, el envejecimiento o, en casos menos frecuentes, tumores.
Los especialistas advierten que la pérdida del olfato impacta directamente en la percepción del sabor, ya que este sentido aporta gran parte de la experiencia alimentaria. Además, quienes la padecen pueden no detectar fugas de gas, humo o alimentos en mal estado, lo que implica riesgos para la salud. También puede provocar aislamiento social, ansiedad o depresión, al afectar la conexión sensorial con el entorno.
Ante síntomas persistentes, recomiendan consultar a un otorrinolaringólogo, especialmente si la alteración dura más de dos semanas. Un diagnóstico temprano permite iniciar tratamientos que, en muchos casos, mejoran la función olfativa y la calidad de vida. Asimismo, aconsejan mantener una buena higiene nasal, evitar el tabaco y controlar enfermedades respiratorias para reducir el riesgo de esta discapacidad invisible.



